Escribir y no morir en el intento

Por Ethel Krauze
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Cuando el poema deja de tener palabras para convertirse en el sollozo atado al silencio; o, al contrario, cuando el golpe de dolor deja una herida abierta que sólo puede escucharse en el brillo de un verso. De ambos modos, este largo poema es un espejo a ese abismo donde hay que nombrar lo impronunciable.
¿Qué más puede decirse después de que las palabras emigrarían, para buscarte, / que me quedaría sola en un silencio / que mis ojos, desorbitados, / inundados de un mar turbio y salado / buscarían inútilmente / descifrar los designios de un Dios / terrible y solo que me abandona en la tormenta.
La poesía, he dicho siempre y lo suscribo, es el género autobiográfico por excelencia, y es, por eso, un lienzo donde leer la propia incertidumbre. Gela Manzano llora la pérdida de su hija, y nosotros bebemos la belleza de esas lágrimas que nos obligan a mirar lo incomprensible, a entrar en el misterio: Soy paciente, / espero la luz / ante el enigma / de la vida y la muerte. // ¿Dónde acomodo mi fe?
La poesía en su punto de luz, en su crisol de humanidad. Nadie sale incólume de esta lectura.
Esto escribí para dar la bienvenida en la contraportada a este libro entrañable. Gela Manzano hace de su vida fuente de poesía. Dice que “la poesía te salva, te permite a través de los símbolos, metáforas, nombrar las cosas que no puedes decir con palabras llanas, la poesía te permite utilizar el lenguaje para nombrar el dolor”. En su caso, soy testigo de este desgarrador milagro. Cuando Ani, su hermosa hija de 34 años de edad es arrebatada por el lupus que la aquejaba años atrás, una enfermedad que hace su aparición como un relámpago impredecible, minando las defensas propias del cuerpo, desaparecieron las palabras, todas, desapareció incluso la voz. ¿Cómo se puede hablar de algo contra natura? No hay manera de estar en el mundo si no hay palabras donde uno pueda colocarse en el mundo, donde uno pueda entenderse como parte de él.
Gela no podía siquiera hablar. La acompañamos con la presencia. Y con la paciencia. No podía escribir tampoco. Había nulificado lo más humano que tenemos, el lenguaje. Pero las lágrimas, como en todo poeta, fueron haciendo su trabajo de orfebres hasta que de ellas brotaron algunos versos, la única manera de expresar lo que no tiene nombre. (Página 13)
Hay una conexión muy íntima entre su vida y la poesía, como ella misma dijo en la primera presentación de este libro, y no ha encontrado la separación y no tiene interés en encontrarla. Porque no es posible. Nada más unido que la vida y la poesía porque viajan juntas, conmigo es así. Con ella, igual. Esto nos ha hermanado desde que descubrimos nuestras afinidades y ya no nos hemos soltado. Conozco su obra ensayística que es espléndida y que está prácticamente consagrada a las mujeres poetas, en las que, honrosamente, me encuentro, especialmente su dedicación a estudiar la obra de Enriqueta Ochoa, a la cual dedicó su tesis de doctorado. Conozco su poesía, en libro anterior, El territorio de la noche, donde el amor, el dolor y la fe se conjugan en un tríptico con gran profundidad.
Sabía que llegaría a escribir de nuevo. Se lo dije muchas veces. Al fin, un día me mostró el inicio de “Nadie me dijo”, sí, así, sigue, sigue, por favor, y la acompañé en el recorrido de la escritura, en esa oscuridad que se volvió luminosa conforme iban creciendo las páginas. He tenido que contener mi propio llanto para hacer observaciones que consideré pertinentes a la hora de trasladar las emociones de primera intención a la segunda intención poética que requiere distancia y pulido. No fue fácil el trance. Pero es tarea de la poesía y quien la busca y la procura, saltar el puente entre causa y efecto. La emoción que lo origina es personal, pero el resultado es un poema, poema un texto para todo mundo. Así, del dolor de una madre llegamos el canto de la poeta. Qué maravilloso fue conectarme con el profundo sentido de la vida, con los intersticios de la fe que se pierde, a la que se de invoca, la que de pronto se atisba, la que no deja de husmear detrás del hombro. Y hacerlo con las cadencias de su poesía, con esa legión de anáforas, metáforas, imágenes, recursos del lenguaje para hacer de una plegaria un campo minado donde los versos brotan como flores cultivadas.
Nadie me dijo… sigue la gran tradición de la elegía, que es el perfecto espacio para tratar los grandes temas de todos los tiempos, a los que, indefectiblemente tendremos que tocar: la tragedia intrínseca y universal del ser humano: tener conciencia de la propia mortalidad y tener que transitar hacia su imposible entendimiento. Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique,
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
Algo sobre la muere de mi padre, de Jaime Sabines,
Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.
Gela Manzano nos introduce en otro de los ríos de esta tradición, donde se canta por la muerte de la hija, una dimensión desconocida en la que nadie quisiera entrar. En la poesía de Gela Manzano, hay un lugar para la luz y la palabra.
Leyéndola, me he vuelto una mujer más madura y mis ojos literarios han profundizado su percepción y su agudeza, gracias a este bellísimo poema, que, más allá del dolor, es un diálogo con la hija recobrada en una eternidad interior, con la madre que empuja a vivir, con la abuela que todo lo sabe, y la voz poética que sigue haciéndose preguntas, y que también, de pronto, encuentra una respuesta. (Página 93)
El poema resuma autenticidad, está lleno de la humedad de origen, todo concuerda con el lector que se entrega, y el lector no tiene otro modo que entregarse cuando abre el libro y empieza a leer. Leer es sentir con ella, atreverse a cruzar el silencio, descubrirse cantando en el oleaje de la vida.
NADIE ME DIJO… de Gela Manzano
Editado por Los libros del perro, 2024
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