Escribir como mujer

Por: Eli Bartra
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Con respecto al libro de Giulia Sissa, El poder de las mujeres. Un desafío para la democracia que publicó no hace mucho en Xalapa la Universidad Veracruzana, en la nueva colección Feminismos, quisiera señalar que es un libro fantástico (o como bien se dice en la contraportada del libro en francés: ¡brillante! Le pouvoir des femmes, Odile Jacob, 2021). Es de una erudición helenística envidiable y de una enorme riqueza.
No estoy segura de que a ella le guste lo que voy a decir, pero a mí me parece que escribe como mujer, diría que es una escritura en femenino, y se parece a muchas mujeres que he leído. O, por lo menos, a mí me recuerda, por ejemplo, a la forma de escribir de alguien como Marguerite Duras. Párrafos breves y algunos súper cortos, una frase o dos. O a la también francesa Annie Ernaux, aunque quizá esta última va más lejos en ese estilo. Algunas japonesas escriben de manera semejante y pienso en autoras como Banana Yoshimoto, Mieko Kawakami o alguna chino-norteamericana como Lisa See. Además, la autora hace uso de una fina ironía a lo largo del texto, un recurso muy de las mujeres, sabido es. Solo en esto, me hace pensar en la escritura de Rosario Castellanos. Y a mí, personalmente, es una forma de escribir que me agrada mucho.
Al leerlo pensé también en el libro de una mexicana que quisiera aprovechar para mencionarlo: Mujeres, diosas, musas tejedoras de la memoria de Margarita Dalton (otra margarita!!!) que representa una crítica a varios de los filósofos de la Grecia antigua, entre ellos Platón y Aristóteles. Es también, como este de Guilia Sissa, una relectura de ciertos clásicos griegos desde el feminismo.
Me gustó recordar (y se lo recuerdo a ustedes) el pensamiento de Rousseau cuando dice que “como las mujeres no somos similares a los hombres (¡¡¡desde luego que no lo somos!) no podemos ser iguales; en efecto, tampoco podemos ser iguales, estaba en lo cierto… O bien cuando dice que las mujeres se hallan enredadas en experiencias corporales y sensuales… pues quizá es así, quizá tenía razón, pero no únicamente en eso nos hallamos “enredadas” sino en muuucho más. Somos cuerpo, ni duda cabe, ¡pero no únicamente cuerpo!
Al principio me quedé un tanto varada (o tal vez mi cuerpo enredado) con la afirmación de la autora de que a Condorcet (quien, entre otros, sustituye las leyes de la naturaleza por los derechos humanos) (léase, evidentemente, derechos humanos de los varones) de que a Condorcet (siglo XVIII) le debemos la posibilidad de la emancipación y de la igualdad. Para él, las mujeres son incapaces, la prueba es que no hay mujeres en liderazgos, decía (pero sí los hubo, nos recuerda la autora).
Asimismo, se da el crédito siempre, inevitablemente, a François Poulain de la Barre (La igualdad de los sexos) como pionero en cuanto a los derechos de las mujeres. La autora reivindica, con todo y todo, “el feminismo” de estos pensadores del XVIII, pero en particular a Condorcet.
Me pregunto, sin embargo, por qué no aparecen como las precursoras de Condorcet -desde un principio y no en las conclusiones- por ejemplo, Christine de Pizan (La cité des dames) y no aparece ni la mención de alguien como Flora Tristan (La peregrinación de una paria y La emancipación de la mujer), ambas del siglo XV francés, anteriores a los dos señores.
La sospecha, dice la autora, hace dudar a las propias mujeres de si son tan inteligentes, tan capaces como los hombres, dudan de su legitimidad; este es el punto de partida de Sissa. Pero pienso que la sospecha nos lleva también a realizar nuevas investigaciones, necesitamos la sospecha, la duda. Una variante del escepticismo clásico ha desembocado, tal vez, en la sospecha que utiliza el pensamiento feminista en investigación hoy en día. La sospecha es necesaria para revisar todo lo producido por el pensamiento y la investigación androcéntricos y es lo que hacen las pensadoras, las académicas, feministas. Por ello, la sospecha tiene un par de vertientes importantes:
- Se sospecha (hombres y mujeres sospechan) que las mujeres no pueden, que ellas no son capaces, son intelectualmente inferiores. (Por ejemplo, ¿por qué no ha habido grandes mujeres artistas? Una pregunta falsa que lleva a una respuesta falsa: porque son incapaces, porque no pueden.)
- Se sospecha que las mujeres sí pueden, pero lo han tenido todo adverso. Es preciso, aún hoy, seguir “demostrando” que sí hemos podido, que sí podemos. Lo que hace Giulia Sissa es justamente partir de ahí, de la sospecha, e interrogar ¿qué “pueden” las mujeres? Y en tanto filósofa helenista se centra en la Grecia antigua.
Preciso es señalar que el término “poder” no es para ella solamente dominación, sino la capacidad de hacer, de acción.
Con el telescopio hacia la Grecia antigua analiza el sexismo de la democracia. Es ahí donde se da el primer desencuentro entre “el pueblo” y las mujeres. El pueblo: esa abstracción que nunca ha incluido a las mujeres. El pueblo aparentemente neutro, pero que en realidad se lo concibe, se lo representa, como masculino. Nos lo muestra la autora de manera contundente y detallada y con la imagen escultórica de Demos, el pueblo, en Atenas como un bello varón. La democracia, como el voto universal o libertad, igualdad y fraternidad ¿para quiénes? son eminentemente sexistas, clasistas y racistas, por decir lo menos.
Habría, entonces, que sospechar siempre del concepto democracia y no tomarlo como lo mejor que existe, como la panacea, lo positivo socialmente por excelencia. La democracia se organiza con base en representantes del pueblo y estos han sido todos, en el pasado y hoy, en su mayoría, varones. Y en la Grecia democrática ni las mujeres ni los esclavos ni los metecos tenían ciudadanía… ¿De qué democracia estamos hablando entonces?
La democracia nació sexista, dice la autora. Esos guerreros atenienses exclusiva y rigurosamente masculinos que se gobiernan ellos mismos en lo que se llama democracia se enfrentan a una mujer, Artemisia, que guerrea, manda y gana, dice la autora. (p. 118 de la edición en francés).
Explica en su libro, con una claridad enorme, el androcentrismo sustancial, inherente, desde su nacimiento, a la democracia. Y también que el binomio política-guerra es una cuestión eminentemente viril. Sin embargo, menciona también que en Atenas sí se concebía la posibilidad del poder femenino. Para la autora no es todo blanco o negro, justamente lo que hace, por medio de su agudo análisis, es explicar los grises, las ambivalencias, las contradicciones, el sí, pero no, el no pero sí de las cosas. Por ejemplo, Andreia, o la masculinidad, la virilidad, es una presencia predominante en el mundo griego antiguo, pero no está para nada distanciada de lo afeminado.
Me parecen importantes sus reflexiones, a lo largo del libro, sobre el género. La caracterización de lo masculino y lo femenino, la masculinidad y la feminidad en la Grecia antigua, cruzan todo el texto. Son reflexiones y análisis específicos sobre el género sumamente enriquecedores para el pensamiento feminista. En este caso habla de Andreia, la masculinidad, ante todo como una experiencia intencional y en específico, una experiencia del cuerpo (que en palabras de Judith Butler sería la performatividad del género). Y, por supuesto, la autora no puede concebir al género solo sino desde una perspectiva interseccional, cruzado por la edad, el sexo, la etnia, la racialización…
Imposible hacer un recuento, no es mi intención, del contenido de este libro que se adentra en los personajes masculinos clave de la historia y la mitología de la Grecia antigua y los analiza, los deconstruye para profundizar tanto en los orígenes del androcentrismo en Occidente como en las posibilidades de poder de las mujeres. Se enfoca en las mujeres en la literatura, específicamente en la tragedia griega, y en la capacidad de ejercer poder, (en monarquías imaginadas) de representar otros papeles de género que en la sociedad y en la filosofía les son negados. Es ahí en donde es posible criticar el machismo de la democracia existente: Herodoto, Homero, Sófocles, Eurípides nos entregan a mujeres poderosas y asimismo lo hace la autora: Artemisia de Halicarnaso (reina que existió), Yocasta (reina en la mitología), Etra (en la mitología), quienes se enfrentan al poder y a la democracia, las dos últimas como madres en acción. También nos menciona a las Amazonas quienes solo perdieron frente a los atenienses ¡el epítome de la virilidad! Todas ellas fueron mujeres fuertes.
La discusión sobre la igualdad es iluminadora, y nuevamente llena de claroscuros.
Me parece, sin embargo, que este texto como mucho de lo que se escribe desde Europa o los Estados Unidos peca un tanto de eurocentrismo o de gringocentrismo -ya me disculparán. Pienso que se tendría que hacer un esfuerzo adicional y constante de voltear a mirar, ni que sea someramente, al sur global porque seguramente hay cosas que valen la pena y se siguen ignorando.
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