El vampiro y la novela gótica en la poesía mexicana contemporánea

Por: Alejandro Higashi
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Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.
La literatura vampírica moderna empezó por una ocurrencia: una noche de 1816, durante una estancia en Suiza, Lord Byron desafió a su secretario, John W. Polidori, y al matrimonio Shelley (Mary y Percy Shelley), a escribir una obra de terror. Mary Shelley compuso Frankenstein or The Modern Prometheus (1818) y Polidori, “El vampiro” (1819), cuento largo donde dibujó a un aristócrata, seductor y con una moral de amplio criterio, que homenajeaba a Lord Byron. En este cuento estaba el germen de un subgénero muy próspero en la literatura y el cine, desde el Drácula de Bram Stoker (1897) hasta el Låt den rätte komma in de John Ajvide Lindqvist (Let me in, 2005), ambas con excelentes adaptaciones a la pantalla grande.
El vampiro moderno encarna la fascinación del peligro extremo y de una belleza perfecta e inhumana. Un conde rumano o una niña que aparenta tener 12 y tiene 200 años son las encarnaciones de un erotismo siniestro. Su palidez nos recuerda que el personaje vampírico ha recorrido la eternidad, acumulando experiencias y cumpliendo fantasías que están más allá de cualquier comprensión. Su avanzada edad lo vuelve seguro y experimentado. Eros y Thanatos, amante y depredador. Su mirada electriza el aire, su tacto enciende apetitos primarios muy profundos antes desconocidos y su voz despierta la necesidad de dejarte dominar por él, pero de una forma inesperadamente placentera. Inalcanzable, pero a la vez irresistible. Su atractivo está en la sutileza de ese juego entre la seducción y lo terrible. El vampiro es un deseo profundo y sin resolución, una invitación a cruzar esas fronteras que, en el fondo, nunca pretendimos que nos detuvieran.
La libertad sexual que proponía la narrativa gótica, decimonónica y contemporánea, pese a todo, fue una ilusión subordinada al poder moralizante de la literatura. En el Drácula de Bram Stoker, el deseo sexual de Lucy Westenra desafía al patriarcado, pero su muerte violenta restaura simbólicamente su control sobre el cuerpo femenino. La saga de Crepúsculo (2005-2008), de Stephenie Meyer, promueve la abstinencia sexual antes del matrimonio.
La poesía no sintió la necesidad de transmitir un mensaje edificante, de modo que el vínculo entre el vampirismo y la pasión sexual existió por sí mismo y no como un pretexto para moralizar. “Der Vampir” (1748), de Heinrich August Ossenfelder, narra el ingreso de una joven al mundo íntimo y vibrante de su naciente sexualidad. Ante el dilema de seguir los consejos de su madre (en la ruta de la moral dominante) o los del vampiro, se imponen los festejos de la piel y un beso en el cuello la libera de la tensión sexual que se ha ido tejiendo entre ambos personajes, sella el pacto vampírico y le otorga vida eterna:
Entonces tendrás miedo
cuando te dé un beso
y sea el beso de un vampiro,
cuando un temblor intenso
te recorra hasta dejarte desmayada
Entonces te preguntaré:
¿No te convienen más mis enseñanzas
que las de tu buena madre? (la traducción es mía)
Alsdenn wirst du erschrecken,
Wenn ich dich werde küsse
Und als ein Vampir küssen,
Wenn du dann recht erzitterst
Und matt in meine Arme,
Gleich einer Todten sinkest.
Alsdenn will ich dich fragen:
Sind meine Lehren besser,
Als deiner guten Mutter?
En México, la elegancia y la sensualidad del vampiro se identificarían mejor con la poesía decadentista, afín a su estética refinada y a su afán de explorar situaciones límite. En 1916, dentro de la colección de sonetos eróticos titulada Caro victrix (algo así como El triunfo de la carne), Efrén Rebolledo dio una vuelta de tuerca a la tradición y dibujó a una vampira que asume el control del encuentro sexual para explorar, sin concesiones, su placer y el de su pareja:
EL VAMPIRO
Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
por tus cándidas formas como un río,
y esparzo en su raudal crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.
En tanto que descojo los espesos
anillos, siento el roce leve y frío
de tu mano, y un largo calosfrío
me recorre y penetra hasta los huesos.
Tus pupilas caóticas y hurañas
destellan cuando escuchan el suspiro
que sale desgarrando mis entrañas,
y mientras yo agonizo, tú, sedienta,
finges un negro y pertinaz vampiro
que de mi ardiente sangre se sustenta
Su alta temperatura encendía la fantasía y aceleraba el pulso… el roce de su mano erizaba la piel… En Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaños, Juan García Madero relató su turbación ante este mismo poema: “La primera vez que lo leí (hace unas horas) no pude evitar encerrarme con llave en mi cuarto y proceder a masturbarme mientras lo recitaba una, dos, tres, hasta diez o quince veces”. Esta sensual vampira probablemente encarnaba el miedo del patriarcado ante el derecho de las mujeres a sentir placer sexual y a buscarlo. No fue la primera ocasión que una mujer hermosa se vampirizaba. Carmilla, en la novela homónima de Sheridan Le Fanu (1872), era una sombra que por las noches se deslizaba entre las sábanas, al lado de Laura, quien recibía sus besos y caricias con una mezcla de confusión y deseo… hasta que esos labios que tiernamente se posaban sobre los suyos se convirtieron en “two great needles of pain darted into my breast”.
En 1991, Vicente Quirarte publicó “Elogio del vampiro”, poema donde el vampiro es un ser embellecido por la poesía (“El Vampiro es tan bello / que el azogue se niega a reflejarlo”) y también un ser paradójico que, a lo largo de una eternidad, nos promete vivir el instante de una forma muy intensa:
Ábrele tu ventana.
Cuando pruebes su vino,
sentirás que la vida se prolonga
y el agua de sus copas es de vidrio.
Acepta sus mentiras:
nunca estarás más vivo que en sus brazos
En Otra vida (2004), Grissel Gómez Estrada publicó “La condesa sangrienta”, un homenaje a la novela histórica de Valentine Penrose sobre la vida Erzsébet Báthory, condesa húngara del siglo XVII, célebre por haber asesinado a mujeres jóvenes para bañarse en su sangre como fuente de la eterna juventud (La Comtesse sanglante, 1962). Aunque no tenemos pruebas de que la condesa haya sido una vampira, la sangre y el sacrificio de mujeres jóvenes (más de 650) naturalmente la vinculó al mito en el imaginario popular. Con una mezcla de horror y admiración, Grissel Gómez Estrada recrea escenas enmarcadas en la ambigüedad vampírica de quien desea y asesina al mismo tiempo:
La Condesa muerde
la curva de la cintura,
marea nocturna amarajada,
como si ese cuerpo fuera un espejo.
Qué hermosos eran esos cuerpos.
Cómo hubiera deseado, ella misma,
tener esos pechos, ese pubis, esa cintura:
ser ese cuerpo hermoso,
y para siempre,
ser una guirnalda
como esas flores blancas
desparramadas en el lecho.
[…]
(Como pesadilla,
colgar esos cuerpos desnudos,
soportar los gritos
(¡qué armonía reina
después de coserles los labios!)
abrirles las muñecas
luchando contra los muslos,
desangrarlas…
después veía sus cuerpos.)
Escenas llenas de terror y sensualidad que inevitablemente recuerdan los versos inaugurales de “Destino”, de Rosario Castellanos: “Matamos lo que amamos. Lo demás / no ha estado vivo nunca”.
Este año, Vanessa Fens publicó “Vampiras con babydoll”, una fantasía ciberpunk que retrata la versión más actualizada de esta figura seductora y terrible, caminando por el filo de la navaja entre el placer y el dolor hiperbólico. Estas “vampiras con babydoll / de porcelana” habitan un mundo apocalíptico de edificios de 33, 54 y 72 pisos, en una modernidad líquida de “mil y una noches desmaterializadas: / impalpable transhumanismo”; son “criaturas cósmicas entretejidas en lejanas zonas artificiales” y también “sombras diamantinas que palpitan / dentro del aliento polar”. ¿En qué se parecen al personaje vampírico tradicional? Vanessa Fens lo expresa radicalmente: “siento atracción / por algo incomprensible”.
Besar a una vampira en un castillo decimonónico o en el estacionamiento de un centro comercial debe parecerse a besar la eternidad: en ese instante no hay futuro, ni pasado, ni edad, ni tiempo; solo el aquí y ahora de la fascinación que provoca y la necesidad urgente de ceder a sus encantos. Antes de hacerlo, piensa si quieres formar parte de las almas que gimen a la puerta del averno, donde ya nada nos exime, nada.




