El sábado en que las serpientes emplumadas bebés escaparon de su incubadora

El problema con las crías de serpiente emplumada es que tienen un carácter terrible. No podía ser de otro modo tratándose de las descendientes de Kukulcán; corre sangre real por sus venas y resulta imposible esperar que lo obedezcan a uno, así nomás porque sí. También son condenadamente listas; era la quinta vez que se las ingeniaban para escapar del cunero donde se encontraban resguardadas desde que eran huevitos del tamaño de una moneda de diez pesos, dentro del santuario de criaturas mágicas Sor Juana Inés de la Cruz.

— ¡Otra vez no! — Exclamó Luisa cuando, al llegar al cunero el sábado por la mañana, se encontró la incubadora vacía. Sobre las tres, mullidas camas que había dentro quedaban únicamente plumas verdes, rojas y amarillas.

— Parece que tendrás que ir a buscarlas de nuevo, Luisa — Dijo Hortensia, su mentora, mientras terminaba de alimentar a un axolotl arcoíris bebé—. Apresúrate, antes de que nuestros colegas en Yucatán marquen para preguntar por ellas.

Como Luisa era la médica veterinaria zootecnista de criaturas mágicas más joven del santuario, enfrentarse a tareas engorrosas formaba parte de su formación y entrenamiento. Suspiró resignada, agarró la mochila transportadora donde metería a las serpientes emplumadas una vez que diera con ellas, empacó su pelota chillona favorita, mazapanes para sobornarlas porque les gusta mucho el azúcar y, por si las dudas, un par de gruesos calcetines de lana que le llegaban hasta las rodillas: otro gran problema con las crías de serpiente emplumada es lo mucho que les fascina jugar a morderle los tobillos a la gente.

El santuario está muy bien escondido en el corazón del Bosque Los Colomos, uno de los parques más grandes e importantes de la ciudad de Guadalajara. La entrada resulta invisible para la mayoría de las personas, pero, por si las dudas, también se encuentra oculta dentro de uno de los numerosos túneles secretos distribuidos por todo el lugar. Al inicio de su entrenamiento Luisa solía perderse en ellos; ahora conoce mejor la zona que cualquiera de los guardabosques o centinelas. También se conoce muy bien al trío de serpientes emplumadas a las que ella misma nombró en el momento en el cual rompieron su cascarón y emergieron a la vida: Kukul, Kuk y Quetzalito.

Al primero de ellos lo encontró en el jardín japonés. Kukul era un gran nadador, el único de los tres al que le gustaba zambullirse en el agua en cuanto tenía la menor oportunidad. Luisa lo divisó bajo uno de los puentes de madera que atravesaban el lago artificial del jardín; flotaba panza arriba junto a un grupo de tortugas y peces koi. La fauna que vivía allí ya no se inmutaba con su presencia, no era la primera vez que cuando se escapaba, Kukul se iba a chapotear con ellos. Expulsaba agua de su hocico como si estuviera jugando a ser un delfín y agitaba de un lado para el otro la larga cola emplumada, formando olas sobre la superficie del lago. Cuando pasó por debajo del puente soltó un ruidito culpable y abrió los brillantes ojos amarillos como platos: Luisa lo miraba desde arriba, el ceñó fruncido y la boca torcida.

— ¡Kukul! ¡Ven aquí en este instante! — lo reprendió la joven, con medio cuerpo colgando del puente hacia el agua.

Lo bueno es que era muy temprano en la mañana y el jardín japonés estaba desierto, de otro modo los visitantes habrían quedado sumamente desconcertados al encontrarse a una chica de once o doce años de edad, tendida cuan larga era sobre uno de los puentes, gritando e intentando disciplinar a un pez muy grandote. Por tratarse de una criatura mágica serían incapaces de distinguir su forma verdadera. No habrían conseguido ver a la serpiente emplumada bebé escalar con gran agilidad la estatua que se halla a la mitad del lago. Tampoco lograrían verla batir sus alas, que todavía eran pequeñas comparadas con el resto de su cuerpo, para salpicar a la joven veterinaria. Ni la escucharían reírse burlona cuando Luisa tuvo que quitarse los lentes con el cristal empapado, lo que realmente es una lástima porque la risa de una serpiente emplumada bebé es de lo más agradable y contagiosa.

Solamente existía una manera de engañar a Kukul para hacerle entrar en la mochila transportadora: un duelo de pelota chillona. Luisa sacó el juguete del bolsillo de su sudadera y lo sujetó en lo alto para que la serpiente emplumada bebé pudiera verla muy bien. Kukul alzó la cabeza de inmediato, sus enormes ojos se clavaron como hipnotizados en la pelota.

 — Ya te tengo — la joven apretó la bola de hule y un chillido igualito al de los juguetes para perro resonó por todo el jardín japonés. 

La bebé no se lo pensó dos veces; tomó impulso agitando frenéticamente las diminutas alas, estiró el cuello recubierto por plumas y abrió la boca tanto como pudo. Iba decidida a arrebatársela de las manos, podía saborear la victoria, estaba tan cerca de lograrlo… sin embargo, en el último segundo y con la agilidad de un mago, Luisa levantó la mochila transportadora utilizando el brazo que le quedaba libre y Kukul aterrizó dentro con un gruñido de protesta. Sacudió irritada sus plumas mojadas y miró a la chica llena de resentimiento. Las serpientes emplumadas pueden ser sumamente rencorosas, además de terribles perdedoras, si no se les contenta rápidamente, así que Luisa, que no quería tener que enfrentarse a más berrinches ese día, se apresuró en entregarle la pelota chillona junto a un trozo especialmente grande de mazapán de la rosa. Kukul se relajó y lo devoró encantada. Después se hizo rosquita sobre sí misma, cubrió su cuerpo con las alas verde-amarillas y, como nadar le había dejado de lo más exhausta, no pasó ni un minuto cuando ya estaba roncando profundamente.

 — Una menos, quedan dos — murmuró Luisa, moviéndose cautelosa a través del bosque porque nada pone de peor humor a una serpiente emplumada que despertarla cuando está en el medio de su siesta.

La cosa con Quetzalito es que le gustaba comerse a las ardillas. Era un muy mal hábito, porque como todo el mundo sabe las ardillas no forman parte de una dieta saludable para las serpientes emplumadas bebés. Luisa lo fue a cachar con las manos en la masa… o más bien con la cola de la ardilla entre las fauces.

— ¡Suéltala! ¡Quetzalito, suéltala ya! —pero, por supuesto, después de reflexionarlo unos instantes la serpiente emplumada llegó a la conclusión de que los gritos de Luisa eran más bien una amable sugerencia.

La chica dejó la transportadora con Kukul dentro en un escondite seguro e intentó acercarse lentamente para acorralar a la segunda cría fugitiva. El plan fracasó; Quetzalito la obligó a perseguirlo a través de la pista para corredores. Francamente, alguien tendría que haberle dado a Luisa una medalla porque completó todo el circuito de cinco kilómetros en un tiempo excelente, rebasando incluso a maratonistas experimentados. Hasta el mismo Quetzalito estaba impresionado; se había divertido de lo lindo jugando a que la veterinaria intentara darle alcance, pero ahora le había entrado sueño y su hermanita Kukul parecía tan cómoda, durmiendo plácidamente en el interior de la transportadora, que se le antojaba estar ahí, enroscada a su lado. Se acercó por voluntad propia a Luisa mientras ella trataba de recuperar el aliento recargada en una banca y le entregó la ardilla intacta como premio a su destreza atlética. Lo malo fue que el roedor no se quiso quedar, apenas se vio libre se internó de volada en el bosque. Quetzalito la vio perderse entre el abundante follaje, pensando en lo maleducadas que eran las ardillas, verdaderamente. Y como no quería recorrer ella misma el camino de regreso a donde Luisa había ocultado la transportadora, se acomodó en los hombros de la veterinaria y de una vez se quedó dormida.

Kuk era la más curiosa de los tres bebés. Le fascinaba acercarse sigilosamente a las personas para revisar lo que traían en el bolso, en la cangurera o dentro de los bolsillos de sus sudaderas. También le parecía apropiado quedarse alguno que otro souvenir de sus exploraciones: una cartera aquí, un lápiz labial allá… Por el motivo que fuera lo que más le llamaba la atención eran las ligas para el cabello. Se le daba muy bien arrebatárselas a los visitantes de las muñecas, del peinado o de donde fuera que las tuvieran guardadas. Ellos, al darse cuenta, simplemente suponían que las habían roto o perdido dentro del parque. Era un robo menor, inconsecuente, si no se tomaba en cuenta lo que Kuk hacía después con ellas: quitarles el resorte y fabricar con él una liga muy grandota que luego se las ingeniaba para pasar a través de los agujeros respiradores de la incubadora, engancharla en el seguro, levantarlo y abrirla.

Escondía su colección debajo de su peluche favorito; ligas coloridas, donitas de terciopelo, elásticos transparentes, hasta tenía ligas de plástico con forma de espiral, de ésas que sirven para que no se le enrede el cabello a uno. La liga formada por varios resortes que utilizaba como ganzúa para fugarse del cunero la guardaba en un escondite inclusive más seguro: entre el plumaje que enmarcaba su cabeza.

Y hablando de cabezas, Luisa encontró a Kuk colgada de uno de los árboles que rodeaban la cafetería ubicada frente al lago de los patos, esforzándose por hurtarle la liga a una señora que desayunaba tranquilamente con sus amigas en la terraza. La colita de caballo alta con la que se había detenido el cabello esa mañana quedaba en la posición perfecta para que la serpiente emplumada, enredada en una rama, acercara el hocico e intentara enganchar la liga en el colmillo.

 — ¡Ay no! —Luisa estudió detenidamente la situación, era necesario actuar de forma rápida pero certera para no llamar la atención de los comensales, quienes disfrutaban su taza de café y sus chilaquiles sin sospechar nada.

Por fortuna esa mañana, antes de salir de casa, Luisa había decidido adornar su chonguito con la única cosa que le gustaba a Kuk más que las ligas: un listón. Lo desató sin perder el tiempo y empezó a moverlo en el aire para llamar la atención de la última serpiente emplumada bebé que quedaba vagando por el Bosque Los Colomos sin la supervisión adecuada. Kuk movió la cabeza de un lado para el otro, indecisa entre la liga que ya casi tenía en las fauces o el listón de Luisa, de un atractivo color amarillo y que al moverse formaba unas ondulaciones muy bonitas. Eran tan lindos los patrones que hacía en el aire que Kuk tuvo ganas de replicarlos. Se soltó de la rama y voló hacia la veterinaria de criaturas mágicas, imitando con su cuerpo las espirales que ella creaba con el listón. Luisa recibió a la bebé en los brazos, sonriendo ampliamente porque era la primera vez que Kuk volaba, aunque la cría estaba más interesada en atrapar el listón y en alcanzarle los tobillos para morderlos, que en su propia, gran hazaña.

— ¿Alguien ha visto a Luisa? —preguntó Hortensia al grupo de veterinarios y cuidadores que trabajaban en el cunero del santuario ese sábado por la mañana—. ¿Saben si ya ha regresado con las crías de serpiente emplumada? Cuiden mucho sus talones hasta que las tres estén de vuelta en la incuba…

Hortensia dejó el final de la oración al aire. Acababa de ver a Luisa recargada en la pared a la mitad de un pasillo: se había quedado dormida en el suelo. Se hallaba mojada, sudada y despeinada, tenía los lentes empañados y torcidos sobre la punta de la nariz, la bata de veterinaria manchada de tierra, huellas de ardilla y musgo, además de plumas rojas, verdes y amarillas pegadas por todo el cuerpo. Kukul, Quetzalito y Kuk estaban enredadas entre sus brazos, roncando estrepitosamente y reposando la cabeza en su regazo.

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