El precio de la mexicanidad

Por: Stephanie Rendón
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Desgarrados juntos,
creados juntos,
sólo vivimos para nosotros, aislados.
La región más transparente, Carlos Fuentes.
Llevar en la maleta de viaje la versión del libro de bolsillo de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, al mudarse a un nuevo país, en particular, cuando uno se va a vivir a un lugar como Estonia, donde no hay nada que recuerde a México, es algo tan básico y necesario como llevar una pastilla de paracetamol en el bolsillo o en la guantera del coche. Uno nunca sabe cuándo será necesario usar la medicina, pero es mejor pecar de precavido que lamentar no haberlo sido, decían las abuelas. Uno nunca sabe cuándo será necesario recordar qué es la mexicanidad.
En México nos resulta muy fácil definir qué significa ser mexicano. Las señales están al alcance de todos. Ser mexicano es ir a dar el grito el quince de septiembre, comer pozole, cantar a todo pulmón El son de la negra, saber de memoria el Himno nacional, saber quién es Emiliano Zapata y Pancho Villa, haber hecho la Primera Comunión o haber asistido a alguna, celebrar los goles de la Selección Nacional de México, comer tacos de pie, tener un largo historial de golpizas a las piñatas, tener credencial del INE, poner ofrendas el uno y dos de noviembre, haber hecho fila afuera de algún banco o de las oficinas de Hacienda, sentir la piel chinita al escuchar el Huapango de Moncayo, esperar todo el año con ansia que las panaderías horneen pan de muerto, usar la palabra «ahorita» tantas veces como sean posibles, y muchas cosas más. Tantas otras cosas, como las que enumeró Ibargüengoitia en Instrucciones para vivir en México: nuestra extraña manera de hablar en diminutivo, nuestra manía por solicitar formatos con letra de molde para todo, dar propina en todas partes, el dramatismo con nuestras madres y el exotismo de ponerle limón y chile a la comida. Pero da la casualidad, de que después de muchos años de vivir allende las fronteras, en un lugar donde no hay nada en absoluto que recuerde, que conmemore el más mínimo detalle de lo que es la mexicanidad, es posible dudar sobre su significado y olvidar cómo se sentía ser mexicano. Y con esto me refiero, a cuando se vive en un lugar donde el clima es extremo y a todas luces gris, donde más de la mitad del año el país entero está cubierto de nieve y de nubes que no dejan que entren los rayos de un sol resuelto, que a pesar del esmog, asoma siempre en México. Quiero decir, habrá que imaginarse cómo es vivir en un lugar donde la población total del país equivale al número de habitantes que hay en un solo estado de la República Mexicana, como Nayarit. Un país donde la única palabra en español que sus 1.3 millones de habitantes entienden es tequila. Un lugar donde por más que se busque con la mirada hacia el fin del horizonte, no pueda encontrarse otra cosa más que una planicie preñada de infinito, donde las montañas no sean más que un deseo imposible, un sueño de postal bucólica. Vivir en un lugar donde nadie recuerda el verde, blanco y rojo, en tal orden, donde los aguacates se pudren en un rincón del supermercado y donde encontrar el olor a tortilla frita que hay casi en cualquier calle de México se convierte en una utopía.
Es verdad que muchos mexicanos triunfan en el extranjero sin la marcada añoranza que encomian las canciones y clichés populares, y son a ellos a quienes envidio por sus posturas más pragmáticas que la mía. Quizás para ellos el nacionalismo no esté tan marcado. Toca a los sociólogos y antropólogos especializados estudiar estas cuestiones. Todo en México para mí tiene una fuerza atrayente, potente y seductora. La mexicanidad no puede reducirse a la pobreza de un nacionalismo, es más que eso, es una alternativa a ella. La mexicanidad es un estilo de vida integrador que está en movimiento porque es forjada por el pueblo de México, por sus etnias, por su cultura, por su cosmogonía, por su filosofía, por sus expresiones artísticas, y por su historia. Es una visión de conjunto, que enaltece nuestros valores y nos muestra el destino nacional.
Ahora relataré al distinguido lector sobre el día en que mi destino se redujo a un solo instante, el instante en el que supe para siempre quién soy. El luciferino juego del azar de la vida me llevó recientemente a tomar una decisión, la cual vista desde cierta perspectiva, parecerá un franco desquiciamiento de mi parte.
En los últimos cuatro años he tomado cursos de lengua estonia que el gobierno de Estonia me ha facilitado de manera «gratuita», y a esto de lo gratuito volveré en unas cuantas líneas. Los cursos tienen el objetivo de llegar a las personas que desean obtener la nacionalidad estonia. El detalle es que para obtener dicha nacionalidad es necesario renunciar a la que uno tenga, pues en Estonia no se acepta la doble nacionalidad. Al inicio de los cursos firmé un contrato donde se indica que al final de completarlos estoy obligada a tramitar la nacionalidad estonia, es decir, a hacer el examen oficial que me acredita con un nivel suficiente de idioma estonio, el examen de la Constitución y a enviar la documentación que pruebe que renuncio a mi actual nacionalidad.
Todo iba viento en popa con mi proceso: concluí los cursos, aprobé los exámenes y lo último que me quedaba por hacer era renunciar a ser mexicana. Y entonces fue cuando me detuve a pensar lo que estaba haciendo, con la entereza y la profundidad del discernimiento que tenía el Papa Francisco. ¿Dejar de ser mexicana? ¿Y qué carajos es eso? Y es que nunca me había detenido a reflexionar lo que significaba tal cosa. Para empezar, analicé mis motivos más frívolos, los del pragmatismo. En estos tiempos de incertidumbre, en los que no se sabe cuál será el siguiente paso de Rusia a partir de la guerra con Ucrania, me pregunté: ¿Y si se les ocurre invadir los países Bálticos? ¿Y si llegan a Estonia? Si fuera así, sería una locura renunciar a mi pasaporte mexicano. Lo deseable en tiempos difíciles es tener opciones, las más posibles, así que no tenía sentido reducir mis opciones geopolíticas. Con el permiso de residencia de largo plazo en Estonia, el cual ya tengo, se puede hacer todo lo que hace un ciudadano estonio común y corriente, menos votar. Por otro lado, estaban mis motivos familiares. Tengo familia en México y vínculos económicos. Dejar de ser mexicana complicaría mis asuntos familiares, financieros y legales allá. Y por último, estaban los motivos del lobo, los emocionales. Dedico todo el tiempo libre que tengo a ser misionera, a evangelizar al pueblo estonio con la palabra divina de la cultura mexicana a través de mis esfuerzos literarios. ¿Cómo seguiría predicando con bandera mexicana sin serlo? ¿Acaso era posible? ¿Podría continuar viviendo como creyente insobornable de mi patria sabiendo que renuncié con orgullo a un amor que todo me dio, hasta las raíces? Me pregunté si ser mexicana iba más allá de tener un pasaporte que lo afirmara. ¿No lo había dicho todo ya, Chavela Vargas, cuando dijo que los mexicanos nacemos donde se nos daba la gana? Si ella, que nació en Costa Rica, afirmaba que podía ser mexicana, yo que era mexicana y dejaría de serlo, podía seguir siéndolo, al menos para mí. ¿Qué más daba renunciar a ser mexicana, si dentro de mí, yo seguiría siéndolo? No sabía qué hacer. Renunciar a mi nacionalidad o no. Entonces recordé a Montaigne que escribió que hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos, como entre nosotros y los demás. México huía de mí a mis espaldas, cada vez más dudoso, más distante y caliginoso. Sentí que me iba a quedar sola y estuve a punto de apretar la tecla Enter cuyo poder electrónico haría que se enviara mi solicitud de renuncia de nacionalidad a la embajada. Me entró la angustia, era una de la forma de un objeto indescifrable que no me dejaba llenar de aire los pulmones, una especie de circunferencia que no estaba en ninguna parte y cuyo centro estaba en todas partes. Me ahogaba, me atosigaba y no me dejaba pensar con claridad. Si renuncio es igual que negar a Dios porque significa que no tengo fe. Dios mío, ¿por qué me atormentas así? Fue allí, en ese momento cuando supe que esa fisura, esa fractura no era real. Yo seguiré siendo mexicana, no porque un documento legal lo diga, no, sino porque los mexicanos no solo nacemos donde queremos sino que vivimos donde se nos da la regalada gana y además, no nos dejamos sobornar ni por todos los cursos «gratuitos» de idiomas del mundo. Gracias por ser fuente de inspiración, señora Vargas. Y así fue como decidí que no me convertiría en estonia solo porque la frialdad demoniaca de un contrato firmado con sangre me lo ordenaba. Me reí de buena gana, achinando los ojos y envié una carta de motivos a las contrapartes del contrato explicando mis razones para romperlo. Con amabilidad y diligencia estonia me respondieron que podía cancelar el contrato pero que debía pagar los cursos que había tomado, pues era yo quien incumplía las condiciones del contrato. Utilicé recursos públicos del gobierno estonio y no cumplí mi parte del trato. El país necesita más ciudadanos de nacionalidad estonia y por eso existe el programa en el cual me registré. Yo, ahora residente non grata, tenía que pagar mi deuda cívica. Por supuesto que las comunicaciones oficiales no especificaban nada de lo anterior, se trata de meras especulaciones mías, pero bien fundadas. La suma por pagar ascendía a 1700 euros, que debían ser liquidados al cabo de seis meses en una cierta cuenta gubernamental. Después de ir y venir cartas, correos, reclamaciones, amenazas, solicitudes y lloriqueos de mi parte, logré reducir la cuenta por pagar a 350 euros. Y así fue como tuve que pagar al gobierno de Estonia para no convertirme en estonia y seguir siendo mexicana. No sé si alguien más haya tenido que pagar por mantener su mexicanidad, de manera oficial, como lo hice yo. El lector no puede imaginarse la felicidad que sentí cuando se resolvió el problema y solo pagué lo mínimo. Aquel día todo lo que vi en la calle me pareció hermoso, dotado de ternura y mexicanidad: el niño que acariciaba un gatito maullante en el parque, el viejito que abría la puerta del coche a su esposa, la monjita que daba las buenas tardes afuera del único convento católico de la ciudad, el señor que llegaba a trabajar a la obra, con su botella de coca en el pantalón, y que se ponía los guantes de trabajo para empezar su jornada. Había algo de rebelde, de furia justiciera, de indómito. Había algo distinto no por nuevo sino por antiguo y olvidado, algo de una dureza, de un coraje, un humor que pertenecían a la Stephanie anterior, la que llegó hace doce años a Estonia con su esperanza y su obsesión de vivir en un país frío y exótico. La mexicanidad se la lleva uno dentro y allí la encuentra, para luego verla en todo lo que haya alrededor, sin importar dónde esté uno.
Mientras viví en México todo lo que fuera de otro país me parecía mejor: los productos electrónicos, la comida, la ropa, la educación, todo. El pasto siempre es más verde allá fuera, se dice por ahí. Cuando uno está finalmente lejos de México, uno se da cuenta del alto valor de lo dejado atrás, de lo importante que es la cultura de las raíces propias. Volver, regresar, la humana necesidad de interpretar el destino invita a repasar nuestros orígenes. Hay veces que no se puede volver. Ha pasado el tiempo ya y no hay vuelta atrás. La evocación, la reminiscencia de lo primero, el regreso al pasado sirve para desentrañar el significado de momentos que inadvertidos condujeron nuestra existencia hacia trayectorias inesperadas. El pasado es un país extranjero: allá las cosas se hacen de un modo distinto, afirmaba en el prólogo de su novela The Go-Between, L.P. Hartley.
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