El gato se fue

Por: Irene González
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El gato se fue, pero dejó sus pelitos.
— ¿A dónde fue Caramelo? — pregunté a mamá, mientras ella lavaba los trastes.
— A acompañar al abuelo, que en el cielo está solito.
Lo consideré un momento. El abuelo sí que estaba solo allá arriba, pues la abuela aún vivía. Pero su soledad no me convencía.
El gato se fue, pero dejó sus juguetes.
— ¿Con qué va a jugar Caramelo? — pregunté a mamá, mientras ella barría.
— Con la dentadura del abuelo, que ya no la necesita en el cielo.
Lo imaginé unos minutos. A Caramelo le gustaba jugar con objetos raros: con llaves y bolígrafos, la cola del perro y los cabellos de mi madre.
Pero… ¿y si la dentadura cobraba vida e intentaba morderle la pata de repente?
A veces encontraba sus juguetes bajo el sillón. Otras, bajo la cama. Los recogía y los guardaba, por si algún día Caramelo volvía. Había pelitos en mi ropa, en el sweater y en las faldas. Mamá usaba un rodillo quita pelusa y todos se los llevaba. Los juguetes tenían pelitos y los pelitos flotaban por el cuarto de la nada.
El gato se fue, pero dejó su comida.
— ¿Cómo se alimentará Caramelo? — pregunté a mamá, mientras ella preparaba el desayuno.
— Se alimentará de rayos de sol y brillo de luna. Si se porta bien, tu abuelo le dará de postre nubes de azúcar.
Reflexioné sobre ello varios días. Él prefería los premios de atún y de salmón, los pedacitos de carne y un poquito de jamón. Había mil trescientos sobres de todo eso en la alacena. Había de su pescado especial, congelado para siempre en la nevera.
Lo veía y me preguntaba, ¿quién se zampará todo esto ahora? A mí no me gusta el pescado. Lo que me gustaba era dárselo al gato. Venía ronroneando, feliz en cuanto lo olfateaba. Sin decoro y con escándalo maullaba, el muy desvergonzado.
Le ofrecía un pedacito, un trocito nada más. Se relamía lleno de gusto, ronroneaba sin parar. Otro poco le daba, al final se iba a dormir. Con la enorme panza llena, la siesta le gustaba repetir.
El gato se fue, pero dejó atrás su cama.
— ¿Dónde dormirá Caramelo? — pregunté a mamá, mientras ella me arropaba.
— ¡En las estrellas, por supuesto! Hay un espacio muy cómodo, entre la osa mayor y la osa menor, muy cerca de la estrella polar. Ahí, tu abuelo le pondrá una mantita, hecha de polvo estelar. ¡Verás qué calientito estará!
El problema era que, allá tan lejos, ya no podría oírle roncar.
El gato y el abuelo se fueron, pero yo me quedé aquí.
— ¿Cuándo volverán a casa? — pregunté a mamá. Ella dejó de tejer y me miró a la cara.
— A veces, los que más queremos deben irse a jugar, a maullar y a leer, donde nosotros ya no los podremos ver. Pero siempre estarán contigo. Extrañar es amar para toda la eternidad.
Me dio un beso en la frente y nos quedamos en silencio.
Extrañaba el cascabel del gato, su lomo suave y su lengua rasposa.
Extrañaba la voz del abuelo, su cabello cano y su mano callosa.
Extrañar estaba bien, decidí ese día. Extrañar era amar, y para siempre yo los querría.




