El Drácula de Bram Stoker

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Pocas novelas han dejado una marca tan indeleble, una huella tan pronunciada en el mundo como Drácula (1897), la novela del escritor irlandés Bram Stoker (1845-1912). Pero para entender lo que representa su protagonista, el conde Drácula, habitante de Transilvania que, como un viajero compulsivo, se traslada a la capital del mundo moderno, Londres, para seguir viviendo a expensas de los mortales con que se topa en su camino, debemos contemplar esta obra como parte de una corriente viva y procaz de la literatura fantástica y como un eslabón de una historia oral que le antecede por siglos. Porque para leer la novela de Stoker hay que conocer la genealogía del vampiro en la tradición europea y cómo, hacia el siglo XVIII, la aparición de personas que sus vecinos tildan de chupadores de sangre, de muertos que vuelven a la vida, de criaturas que se alimentan de los demás, va tomando forma, estableciendo un discurso de pánico social, creando una histeria colectiva que lleva a linchamientos y asesinatos de gente a la que se acusa de ser un vampiro o una vampira. Es tal el escándalo, que muchos escritores de la época, desde Hume a Voltaire, examinan con sentido escéptico estas leyendas que se extienden por toda Europa.
Para el siglo XIX, el vampiro deja las páginas de los periódicos y pasa a la literatura. Primero en forma de poemas y luego, gracias a la famosa reunión de 1819 en la Villa Diodati en Suiza, donde Mary Shelley comienza la escritura de su famosa novela, Frankenstein, también aparece el cuento de John W. Polidori, El Vampiro. A este cuento seguirían otras narraciones como Varney, el vampiro (1845) de Thomas Peckett, Carmilla (1872-1873) de Sheridan Lefanu y Olalla (1885) de Robert Louis Stevenson. Pero no sería hasta la aparición, en 1897, de la novela Drácula, de Bram Stoker, que este ser sobrenatural acabaría por adueñarse de la imaginación de la humanidad, terminaría por definir los rasgos esenciales de una criatura que desafiaba los tabúes de su época, pero que ha subsistido más allá de su tiempo por su enigmática presencia, por la sorprendente fascinación que ha causado a sus lectores desde entonces.
Y si aceptamos lo anterior, tenemos que aceptar que Drácula no es una simple obra de fantasía, una simple novela de horror, sino que su historia revela muchos rasgos inherentes al ser humano que no habían sido tratados literariamente, con una vivacidad impresionante, por ningún autor anterior a Stoker. Entre las múltiples preguntas que expone esta narración están: ¿Qué clase de animales somos? ¿Cuáles son nuestros límites como especie? ¿Qué importancia tiene la sangre para nuestra cultura? ¿A qué actos estamos dispuestos para conseguir la inmortalidad, para vencer al gran fantasma de la muerte? Frente a los cultos establecidos y el razonamiento científico, lo insólito, lo misterioso, lo intangible y lo macabro permanecen como parte de la psique común de la humanidad, como basamento de nuestra percepción del mundo.
Stoker usa lo sobrenatural, el vampiro imposible de existir pero muy posible de imaginar, y lo lleva al espacio de la literatura sin quitarle los aspectos mórbidos, de escándalo, de profanación en una sociedad victoriana que trata de venderse a sí misma como una comunidad racional, progresista, sana, cuando en su seno prosperan los temores ancestrales, los monstruos medievales, los deseos reprimidos. El vampiro de nuestro autor es todo menos un ser victoriano. Representa, en todo caso, sus antípodas: la criatura lujuriosa, posesiva, manipuladora, que sólo busca perpetuarse a sí misma, extraer vida de otros para ser inmortal. El conde Drácula es un chupasangre voraz, un seductor nato, un latifundista de infinitos recursos para salirse con la suya. Por eso Carlos Marx utilizó la figura del vampiro como metáfora del capitalista que vive de la sangre de sus trabajadores, como el parásito social que se dedica a vivir de los que contrata con ese fin.
Pero el conde Drácula es más que todas sus alegorías. Stoker le insufló una personalidad ambigua, un temperamento calculador, una fuerza sobrehumana. Su saga es la saga de la ambición desmedida, del poder que existe para perpetrarse a como dé lugar. Visto desde el siglo XXI, Drácula es un control freak, un jefe que no tiene piedad con los que trabajan para él. La suya es una vida inmortal pero llena de peligros, de zozobras. Siempre a un paso de volverse ceniza al menor descuido, al menor error. Más allá de que la novela es contada desde el punto de vista de sus víctimas,
Drácula es la presencia omnipresente en ella de principio a fin, la figura que preside encuentros, pesadillas, escapes y accesos de locura. El ser que da muerte para seguir con vida y por ello se parece tanto a nosotros. Y es ahí donde reside su aterrador encanto, su perdurable fascinación. Ya lo dijo David J. Skal, en su monumental Something in the blood. The untold story of Bram Stoker, the man who wrote Dracula (2016): “Stoker, trabajando para sí mismo, transformó el futuro de la cultura popular al crear la superestrella más mediática de todos los tiempos, una criatura nacida de las tradiciones orales del folklore, gestada en el mundo literario y hecha inmortal en la era de las imágenes en movimiento”.
Drácula ya es, hoy en día, una criatura más en el circo de esperpentos de la humanidad actual. Un influencer que sólo busca adeptos para alimentarse de su credulidad, para vivir eternamente a base de sus despojos. ¿Pueden darle rostro a los Dráculas actuales, a los que se alimentan de sangre ajena con el pretexto de la ley del más fuerte, bajo el disfraz del nuevo orden mundial? En un mundo lleno de verdugos dispuestos a todo, ¿quién no es un monstruo sediento de vidas ajenas, de sangre palpitante, incapaz de contenerse en su consumo voraz?
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