El canon de la poesía mexicana

Por: Alejandro Higashi
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Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.
La primera vez que escuché hablar del canon, como toda mi generación, fue a través de comentarios indignados contra una obra de no modestas proporciones cuyo título contenía, de forma protagónica, la palabra canon. No entendía el enojo contra este volumen, pero recuerdo que la gente repetía “es que no puedes dejar fuera a Juan Rulfo…” y otros nombres, aludiendo a una lista que abarcaba las 33 páginas que cerraban el libro en la edición de Anagrama. Fue tal la insistencia en ellas, que varias veces tuve la impresión de que la gente directamente se iba a leer este apéndice final sin pasar por las 536 páginas previas.
Yo conocía a Harold Bloom gracias a un enorme maestro que después sería un amigo todavía más descomunal, José Luis Martínez Suárez. Me había obsequiado años atrás un volumen clave en mi formación como filólogo, La angustia de las influencias, y nada más natural para él que regalarme El canon occidental para mi cumpleaños número 26, el 14 de marzo de 1997. Paladeaba entonces el néctar de volver a estudiar, en vez de ser yo quien diera las clases, en el primer año del doctorado en El Colegio de México. Fue un regalo espléndido, especialmente si consideramos que por aquella época mis ingresos como estudiante becado no me hubieran alcanzado jamás para este codiciado volumen.
El libro se evaporó literalmente entre mis manos; cada página me hacía desear con avidez la siguiente. Debo haberlo leído de inmediato, porque por esas fechas cruzó la puerta del salón Walter Mignolo, profesor de Duke University, para impartirnos la asignatura de Teorías literarias II. Teníamos muchas expectativas: el semestre anterior habíamos tenido un curso espléndido con Tatiana Bubnova, la traductora al español de la obra de Mijaíl Bajtín, quien comenzó haciéndonos navegar por las aguas turbulentas de Emmanuel Kant para luego sumergirnos en las profundidades del dialogismo bajtiniano; un concepto que, hasta entonces, sólo habíamos visto tras un cristal muy empañado por versiones que del ruso pasaban al inglés o al francés y de ahí anidaban no sé cómo en un español lleno de tropiezos, empedrado como estaba de anglicismos o galicismos… o las glosas escolares de los muchos neófitos y néofitas que se autoproclamaban bajtinianos, como si fueran miembros de una secta gnóstica muy selecta, y que juraban haber desentrañado los misterios de sus escritos, atropellados a menudo por las malas traducciones.
El curso de Walter Mignolo fue brillante: en la primera sesión memorizó nuestros nombres y a partir de allí cuestionó nuestras certezas con marcaje personal. La selección de textos teóricos de un curso de Teorías literarias II estaba muy lejos de ser convencional. Nunca había escuchado hablar de varios libros que parecían capitales para la materia, como Gloria Anzaldúa, Borderlands/La frontera: The New Mestiza, de 1987, o Autopoiesis and cognition: the realization of the living (1980), de Humberto Maturana y Francisco Varela, de 1980, cuyo título sugería una novela de ciencia ficción de Philip K. Dick, era un trabajo de filosofía de la biología… y no sabíamos cómo encajaba en la asignatura. Otros parecían más estudios antropológicos que manuales de teoría literaria, como el libro de Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, de 1982. Por aquellos días, gracias a su estancia en México, nuestro docente de Duke University conoció un libro recién publicado y llegó a contarnos de él como si lo hubiera visto en un sueño y acabara de despertar: Carlos Lenkersdorf, Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, de 1996. Sobra agregar que en pocos días se integró al programa.
A través de una lectura guiada del libro de Gloria Anzaldúa y los trabajos de Humberto Matura y Francisco Varela, Walter Mignolo nos introdujo a la epistemología fronteriza y de ahí fue muy fácil comprender la discusión que había protagonizado en uno de sus artículos más influyentes de aquellos años, “Entre el canon y el corpus: alternativas para los estudios literarios y culturales en y sobre América Latina”; con Rigoberta Menchú entendimos la complejidad tras el concepto de decolonización (especialmente a través de la polémica figura de Julia Burgos, su intermediaria) y con Carlos Lenkersdorf, los vínculos entre lenguaje, cultura y visión de mundo. Fue un semestre muy estimulante: verlo llegar, con el cuerpo siempre un poco asimétrico por esa mochila de espalda que embrazaba sólo en un hombro; con ese brillo en la mirada que anuncia una agitada inteligencia; sonriente, exultante, casi eufórico porque ese día nos traía algún reto nuevo para sacarnos de nuestra zona de confort. Nunca extrañé las clases de Renato Prada Oropeza en la Universidad Veracruzana; hoy, lo recuerdo muy bajito de estatura, pero encumbrado en el pináculo de nombres que repetía con tono dogmático y autoritarismo: Roland Barthes, Gérard Genette, Paul Ricoeur. Los pronunciaba con corrección exagerada, con la pátina de quien vivió deslumbrado por la francofonía en Lovaina, pero sin pasión; como si al llegar al aula, simplemente encendiera un piloto automático encargado de difundir absolutos desde el fondo cavernoso de un cerebro totalmente colonizado y vacío de ideas propias. Sus clases consistían en leer y repetir… y las de Walter Mignolo en leer y rebatir sin tregua y sin trinchera. Siempre nos dio un poco de pena escuchar por los pasillos que Renato Prada Oropeza tenía familia y que castigaba a sus hijes obligándoles a leer capítulos enteros de El Capital de Karl Marx cuando obtenían malas notas en la primaria.
Walter Mignolo se ganó mi admiración desde la primera clase. Esa mañana, nos pidió que nos presentáramos y que habláramos un poco sobre nuestras expectativas del curso. Cuando fue mi turno, con esa arrogancia que sólo da la inexperiencia de la juventud, le dije que desconfiaba de los Estudios culturales y que para mí sólo se trataba de una estrategia administrativa para enfrentar la crisis laboral de las humanidades en la universidad norteamericanas, mediante la creación de departamentos mixtos que agrupaban a quienes se negaban a abandonar el barco tras la desaparición de los antiguos departamentos de Historia, Antropología, Lengua y Literatura, Filosofía, etc. Y rematé mi intervención aclarando que había leído El canon occidental y que consideraba, con su autor, que era urgente volver a un canon que nos defendiera contra la desarticulación imperante de las disciplinas. Mientras yo hablaba de temas que no conocía, pude ver cómo los ojos claros de Walter se volvían más diáfanos y cristalinos; seguramente no fue por lo que dije, sino por la respuesta que estaba preparando. Se dio cuenta de que yo era un cretino, pero ahí quizá vio más un reto que un obstáculo. Cuando concluí, me dijo con mucha tranquilidad: tienes mucha razón, pero no se te olvide que hace algunos años Harold Bloom era un joven profesor de Yale que, en su primer libro, La Cábala y la crítica (1975), intentó convencernos de que la mística judía podía proveernos de herramientas para el análisis de los textos literarios. En efecto, quien hace 20 años formaba parte de la escuela del resentimiento de su época, hoy era el más severo defensor de un canon cuya principal función era ahuyentar las disidencias: los nacientes feminismos, las teorías marxistas de la literatura, los estudios queer, etc. Por mi parte, tuve que reconocer mi derrota, cerrar la boca y aprender a escucharlo atentamente.
Durante esos meses de 1997 aprendí que el canon refleja, legitima y perpetúa los valores y las ideologías de los grupos dominantes de su época. La poesía mexicana, en apariencia tan ajena a este propósito por el desdén con que mira el espectáculo del mundo desde su torre de cristal, no pudo ser la excepción. ¿No me creen? Hagamos un experimento. Pidámosle a la IA una lista de los y las poetas del México moderno que más se leen en internet. Aquí está: Ramón López Velarde, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Salvador Novo, Octavio Paz, Efraín Huerta, Jaime Sabines y José Emilio Pacheco. Estos autores representan a una masculinidad hegemónica (varón, blanco, heterosexual) y han influido en el ambiente intelectual por medio de sus escritos, de su autopromoción a través de antologías y revistas, diferentes iniciativas vinculadas a cargos públicos, etc. Sobre las características de sus obras, predomina el androcentrismo y la idea de que la perspectiva masculina es universal, lo que reduce sus temas (el tiempo, el presente, el lenguaje, la poesía, la idea de progreso, el desarrollo cultural, una crítica al sistema) y margina, al contrario, las experiencias privadas y domésticas; a través de elogiosas citas cruzadas, de ensayos periodísticos, de estudios académicos, de relaciones de amistad o de mentorado, el reconocimiento de genealogías estéticas masculinas y otras estrategias, crean redes intertextuales que fomentan la autocanonización del grupo; los referentes femeninos sólo aparecen subordinados a los estereotipos patriarcales (objeto de deseo, madre) o cosificados a través de la hipersexualización anatómica. Por aquellos años, Walter Mignolo hablaba de la necesidad de decolonizar el canon; en la poesía mexicana, parece urgente despatriarcalizarlo.
Y no sólo por corrección política y un sentimiento de culpa hacia las escritoras, sino porque es tremendamente monótono seguir leyendo en las obras de escritores sobre el tiempo, el presente, el instante, el lenguaje, el espejo, el doble o el cuerpo femenino fragmentado, cosificado e hipersexualizado. Jaime Sabines y Octavio Paz militaban en bandos de la vida cultural muy distintos, pero coinciden inevitablemente a la hora de referirse al tiempo cíclico: Octavio Paz escribió en Piedra de sol “camino a tientas por los corredores / del tiempo y subo y bajo sus peldaños / y sus paredes palpo y no me muevo, / vuelvo donde empecé” y Jaime Sabines, en Poemas sueltos, “Pasa el lunes y pasa el martes / y pasa el miércoles y el jueves y el viernes / y el sábado y el domingo, / y otra vez el lunes y el martes / y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir”. ¿Otras coincidencias? Hablemos de las figuras femeninas: “Mujeres” de José Gorostiza (“Cruzaban las angostas cintas de las calles / mujeres de aguzados senos / y agilidad de música en los talles”), “La muchacha ebria” de Efraín Huerta (“su pecho suave como una mejilla con fiebre, / y sus brazos y piernas con tatuajes, / y su naciente tuberculosis, / y su dormido sexo de orquídea martirizada”), “Cuerpo a la vista” de Octavio Paz (“Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron tu cuerpo: […] desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos, / cascada petrificada de la nuca, / alta meseta de tu vientre, / playa sin fin de tu costado”) o “No es nada de tu cuerpo” de Jaime Sabines (“No es tu boca –tu boca / que es igual que tu sexo–, / ni la reunión exacta de tus pechos”).
Desde entonces he seguido reflexionando sobre el fenómeno y he llegado a la siguiente conclusión: el canon no se formó porque hubiera una intención política de control de alguna institución pública o privada, o de un grupo, sino porque nos dio pereza mirar afuera de su estrecha retícula y preferimos quedarnos hablando de los mismos libros que publicaban los mismos escritores varones, blancos y heterosexuales (u homosexuales encubiertos). En el camino, hemos creados herramientas muy sofisticadas para no leer, como las antologías que antologan a los mismos autores, las colecciones de poesía con pocos títulos que publican a los mismos autores, los premios de poesía que premian a los mismos autores… Herramientas donde la curaduría de la selección sustituye la exploración del corpus y brinda el barniz necesario de lecturas para fingir que conocemos la poesía mexicana. Hoy, muchas personas hablan de una cultura de la cancelación como si fuera algo novedoso y sumamente dañino para la cultura, pero para que el canon exista ha sido necesario cancelar TODO lo que está en el corpus. Cada vez que se habló de Muerte sin fin (1939) o Piedra de sol (1957) como ejemplo del poema extenso, cancelamos Invitación al amor (1939), de Concha Urquiza; Trayectoria del polvo (1948) y Apuntes para una declaración de fe (1948), ambos de Rosario Castellanos (1925-1974); Yo soy mi casa (1946), de Guadalupe Amor; Las urgencias de un dios (1950), de Enriqueta Ochoa; Lamentación de Dido (1960), también de Rosario Castellanos; Letanía erótica para la paz (1963), de Griselda Álvarez; Pasaje de fuego (1981), de Elsa Cross; Corona de daturas, de Amelia Vértiz (1988); Origami para un día de lluvia (1990) de Manuel Ulacia; Las 12:00 en Malinalco de Víctor Manuel Mendiola (1998); Recuerdos de Coyoacán (1998), de Adolfo Castañón; Herida luminosa (2008), de Minerva Margarita Villarreal; Al centro del año, de Jaime Labastida (2012) y muchísimos otros, hasta Migraciones (1976-2020), de Gloria Gervitz. Y a nadie parece preocuparle.
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