El canon de Armando González Torres

Por: David Noria
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Ricorsi per mio aiuto a una gran daga che io avevo, perché
sempre mi son dilettato di tener belle armi.
Benvenuto Cellini, Vita
Con parsimonia estilística, Armando González Torres recoge, cual industriosa hormiga, las ramitas siemprevivas de lo que él llama “la pequeña tradición” de la literatura mexicana del siglo XX, dividida en dos etapas: las “sombras fundadoras”, como Alfonso Reyes y los Contemporáneos, y los “inevitablemente modernos”, que más que pertenecientes a racimos generacionales, son autores de la segunda mitad del siglo pasado que tocan una cuerda particular en la sensibilidad de nuestro ensayista, tales como Alejandro Rossi, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina o Ramón Xirau. Se impone en este punto el concepto de canon personal. Pero quien haya leído la obra homónima del pianista y compositor Brad Mehldau Formation: Building a Personal Canon (2023), ya no verá en esta fórmula un desdeñable lugar común, sino el esfuerzo propiamente agonístico y constructivo de una personalidad en sentido fuerte.
Así, los 18 autores sobre los que medita Armando González Torres en La pequeña tradición (El Equilibrista/UNAM, 2011) vienen a constituir los modelos de un cierto destino en el mundo literario mexicano. Para caracterizar con un trazo común a estos escritores, adelanta más definirlos ex negativo: se trata de aquellos que no sucumbieron ni lucraron con las modas ideológicas del día. Por supuesto, el lector de esta reseña puede dejar caer de su mente toda una larga lista de nombres consabidos de la literatura mexicana y sus corrientes, llámense costumbrismo, novela de la Revolución o realismo socialista con color local. Lo que queda, tras la abundante poda, es ya una depuración. Y esto es lo que le interesa al jardinero de las letras que es González Torres, en cuyas páginas se adivina una suerte de “santa cólera” contra los fariseos y publicanos de la pluma. “El arte –explica hablando de Jorge Cuesta– busca una forma peculiar de sentido, conocimiento y verdad, cuyas maneras de operación y evaluación rebasan los criterios de la moral o la política” (p. 52). Por “moral”, estoy seguro, hay que entender aquí las conductas fomentadas por la ideología del momento, y por “política”, los sectarismos agresivos de cualquier bando, en especial del que detente en el poder. Ideología y cerrazón, en consecuencia, son dos instancias contra las que se pone en guardia Armando González Torres, al ponderar cómo lo hicieron, a su vez, las “sombras fundadoras” de Carlos Díaz Dufoo hijo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza y Jorge Cuesta, entre otros.
Un valor cenital de esta propuesta restrictiva es “la crítica que, mediante el sentido común y la fidelidad a sí mismo, busca eludir los diferentes peligros que acechan al crítico, a decir el profetismo casi teatral, la utilización de fórmulas predigeridas de pensamiento, la rebelión meramente romántica o el aislamiento aristocrático” (pp. 53-54).
Más allá de estos rasgos generales, que vienen a ser como el saldo de la obra, La pequeña tradición –ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas– funge también como un estilizado manual de historia literaria que se detiene, con un tono comedido, regular y correcto, en las principales características de los autores glosados. Cada uno de ellos rinde sus secretos a este gambusino, desde el “dandismo pendenciero” de Novo, el humanismo de Alfonso Reyes, que hizo de la tradición grecolatina “un arma cultural y pedagógica”, hasta la discrepancia de Villaurrutia con el “arte utilitario que promueven los nacionalismos”, la penetración psicológica del extremoso Rubén Salazar Mallén, o el “significado oculto” que para José Revueltas tenía el dolor, “un dolor salutífero y visionario que tal vez en el largo plazo conduce a la liberación”, jaloneados como están sus personajes “entre las normas de la doctrina y el fuero interno, entre el amor abstracto a la humanidad y los afectos filiales más inmediatos, entre la justicia con mayúscula y la compasión a secas” (p. 68).
Lejos de la “idolatría de la novela”, el también autor de Del sexo de los filósofos (2011) privilegia en sus calas a los ensayistas y poetas. Sobre estos últimos, sus juicios de la obra de Gerardo Deniz y Eduardo Lizalde permanecerán como interpretaciones cabales, al definir la especificidad de ambos: de Deniz su barroquismo lúdico e impenitente, emparentado con el libérrimo Siglo de Oro, y de Lizalde el temple mental para desbaratar “el edificio de melcocha” de la lírica mexicana, con dosis de realismo y descarnamiento, pero también de afilado humor, sorna y autocrítica hasta ahora no superadas. Y hablando de la poética “monumental” de Francisco Cervantes, apunta que: “la complicada asignatura que es la vida se aprende mejor a través de los grandes especímenes y las criaturas sublimes. La cautela con que el poeta nos introduce a su íntima nostalgia, la transparencia con que decanta las anécdotas, y convierte la vivencia personal en sentimiento universal son un ejemplo de pericia formal, pero, sobre todo, un acto de urbanidad frente a la impudicia e incontinencia emocional” (p. 116).
La experiencia literaria desplegada y destilada por Armando González Torres está hecha de comedimiento y un alto sentido de respeto al individuo cuya vocación artística lo enfrenta a la disyuntiva de conformarse con su medio u oponerle la resistencia de una orfebrería personal: “el generar autonomía real del campo literario ha sido una empresa ardua, en la que ha militado una ‘pequeña tradición’ de escritores, que han vivido los dilemas de conciencia entre la creación y el compromiso, entre la fidelidad al fuero interno o al partido” (p. 12).
Oráculo manual disimulado en un “arte de ingenio” como quería Gracián, La pequeña tradición es también como la daga que llevaban al cinto los caballeros del Renacimiento: discreta, lujosa y afilada, envainada en buenas maneras, pero mortífera y lista para defender su propia persona y la libertad una vez amenazadas.






