EL ANGEL DE LA MUERTE

Por: Marcos Límenes
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Lo llaman el Ángel de la muerte cada que pasa por ahí y él nomás sonríe. Su verdadero nombre es Rodrigo Zamarripa, profesor de gimnasia retirado, y un buen ciudadano pese a las culebritas que a veces salen de su boca. Hizo honor a su sobrenombre el día que circulando en su auto compacto, procurando evitar las motocicletas que a últimas fechas habían duplicado o quintuplicado su presencia en la ciudad, tomó la avenida que lo conduciría al parque donde acudía casi todas las mañanas para alimentar a las palomas con las migajas de pan recolectadas tras el desayuno. Detestaba las motocicletas por su imprudencia, por el ruido que emitían, por adelantarse sin miramientos en medio de un embotellamiento; por la aparente libertad de la que se ufanaban sus conductores. Al detenerse en un alto, una de ellas, grande y ostentosa, se colocó justo a la altura de la ventana. El conductor sostenía el casco con una mano y su teléfono celular con la otra. Rodrigo lo miró de frente y sin más le dijo, alzando la voz por encima del ruido de los motores, que él era el ángel de la muerte y que disfrutara sus últimos momentos. El tipo lo miró con incredulidad, esbozó una sonrisa, guardó el celular y aceleró antes de que cambiara la luz del semáforo. Cinco segundos después yacía sin vida en medio del bulevar.
Rodrigo se asustó, mucho. No había sido más que una broma, casi inofensiva. Sin embargo –y esto lo pensó de regreso a casa- el imprudente motociclista seguramente lo había tildado de loco sin prestarle la menor atención.
Un asunto así no se olvida ni se deja pasar fácilmente. ¿Y si verdaderamente fue el culpable del lamentable accidente?
No había de otra sino poner a prueba su supuesto poder. La oportunidad se presentó, casi sin querer, cuando su casera le pidió de mala manera que se pusiera al corriente con las rentas atrasadas. Rodrigo le espetó que siendo el Ángel de la Muerte le pronosticaba unos minutos de vida. La señora le sacó la lengua y siguió su camino. Nada ocurrió por supuesto y aquella noche finalmente pudo dormir con tranquilidad.
El chisme corrió como reguero de pólvora, los vecinos lo señalaban y se reían, pero como era su habitud prefirió pasar de largo sin responderles. Su actitud cambió radicalmente cuando se enteraron que la casera había muerto repentinamente.
Rodrigo podría haberse ido a vivir con la familia de su hermano en el norte del país pero decidió quedarse y afrontar la situación. Puso manos a la obra al día siguiente y montado en su modesto vehículo salió a recorrer las calles de la ciudad en busca de nuevas aventuras. La verdad desconozco si logró reclutar a nuevas víctimas pero su prestigio como exterminador atrajo a capos y sicarios de los alrededores y nunca más pasaron a cobrarle la renta. Me consta que ante su puerta aparecieron veladoras y hasta una canasta con golosinas. Tarde o temprano Rodrigo murió también; las malas lenguas consignan que se trató de un suicidio.
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