El amor desmedido de las cabezas diminutas

Por: Mercedes Rodríguez Abascal
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Todos la conocían como Catalina. Una mujer altiva, elegante, enigmática. Muchos hombres compartieron sus noches. Solo uno fue su amante.
Quince años juntos. El final, la muerte de Gregorio. Catalina no pudo tener el cuerpo de su amadísimo amante; le pertenecía a la familia. Se encomendó a la reina Margarita de Valois e imitó su proceder, profanó la tumba de su amado, lo degolló para quedarse con su cabeza. Con el afán de conservarla intacta, investigó diferentes métodos de preservación.
Instaló un laboratorio en su casa. Experimentó con animales métodos africanos y brasileños. El resultado fue una colección de testas animales diminutas. Una vez perfeccionada la técnica; encogió la cabeza de Gregorio dejándola del tamaño de un puño. La pintó y decoró hasta que pareciese dormido.
Catalina pertenecía a la elite política y cultural del país. A pesar de la muerte de Gregorio nunca dejó de hacer elegantes fiestas famosas por sus excesos. En una de ellas, Gustav Oppenheimer, un afamado traficante de arte, descubrió una caja de cristal con una miniatura. Reconoció a Gregorio. No logró identificar la técnica utilizada. La cara de Gregorio era perfectamente humana. Morbosamente humana. No comentó su descubrimiento esa noche. Por la mañana se presentó en casa de la anfitriona. Era un hombre directo.
—Catalina, ¿cuánto quieres por la cabeza de Gregorio?
—Qué poco me conoces, Gustav, no merco con el amor. A Gregorio no lo vendo.
—Lo que quieras por tu obra. ¿Se la has enseñado a alguien más?
—Por supuesto que no ¿acaso yo te la mostré? No está a la venta. Si quieres una podemos negociar. Son obras únicas. Llevan su tiempo. El costo es muy elevado. Tú conoces el valor del arte.
—Quiero una cabecita, una miniatura de mujer. De preferencia con nariz grande. Conoces mis debilidades. Te puedo dar un boceto, una fotografía, ¿o te traigo a la modelo? —dijo Oppenheimer entusiasmado.
—Tengo cabeza de animales, son más accesibles.
—Los animales me aburres, para eso existen los museos de historia natural.
—Gustav, con humanos se torna más complejo el asunto. ¿Qué harías por conseguir una miniatura?
—Sugiere —contestó retador.
—Para serte franca, estoy aburrida de hacer animales. Tengo más talento con las personas. Lo cierto es que necesito una especie de mecenas. Alguien discreto que me proporcione la materia prima.
—Querida, creo que nos estamos entendiendo, habla, que ya lo tienes.
Catalina paladeó un trago de jerez —Solo necesito una cabeza humana en buen estado.
Oppenheimer, un tanto perplejo, musitó —Menuda materia prima. No será sencillo, pero en cuando tenga a mi difunta modelo te la traigo.
—Gustav, no quiero líos con las autoridades. Yo consigo las cabezas de mis animales con los veterinarios. Siempre hay mascotas muertas. Trabajo con difuntos, pero que quede claro: no soy asesina. Gregorio murió por causas naturales. Yo no regreso a profanar tumbas. Tú te encargas de ese trabajito.
Pasaron algunas semanas y Gustav le llevo un espécimen con una prominente nariz. Ella trabajó con ahinco durante seis meses. Llamó Josefina a su modelo.
La cabeza cautivó a Oppenheimer —Está, por supuesto, me la quedo. Te puedo traer dos más para venderlas. En el mercado negro las excentricidades se cotizan muy altas.
Catalina sabía utilizar las debilidades de los hombres. Conocía las de su socio: arte y dinero.
—Gustav, hablemos de negocios. Tú tratas con los clientes y yo permanezco anónima. Confió en tus finanzas. Te doy el control y las ganancias a cambio de dos deseos.
—¿Solo dos? en los cuentos siempre son tres —comentó con sorna el merchant.
—El primero yo misma me lo proporcioné. Por supuesto se trata de Gregorio. Me perteneció vivo y me pertenece muerto.
—Pues habla mi querida alquimista. Yo estoy para cumplir tus deseos.
—Me conociste de joven, cuando mi cara era lozana y mis ojos no estaban cubiertos de esta telaraña de arrugas. Quiero que consigas la cabeza de una mujer lo más parecida a mí en mi juventud.
Gustav sostuvo a Gregorio y dijo sin mirarla —Macabro, muy macabro. ¿Crees que voy a encontrarte de joven en la morgue?
—Gustav, ese es tú problema. No me cuentes los detalles. Tienes máximo dos años para cumplir. No te precipites, necesito una buena copia de mi juventud. El otro deseo te lo digo cuándo tenga mi réplica terminada. Y, mientras tanto, sigue trayendo nuevas caras para el negocio.
Se dedicó a trabajar, olvidó fiestas y personas vivas. Su mundo era el cementerio de cabezas diminutas. Gregorio era su cautivo acompañante.
Un cráneo se dejaba peinar al momento que Gustav llegó con el deseo prometido. El sol entraba por el ventanal del laboratorio, un olor incierto entre químicos y hierbas anegaban la habitación. Catalina abrió la hielera. Examinó el contenido. Gustav ansioso esperaba una respuesta. Ella respondió:
—Eres buen fisonomista. Nos vemos, puntual, a esta misma hora en seis meses.
Rapó la cabeza y la untó de ungüentos. Preparó una marmita con soluciones y hojas. La ahogó. Trabajaba como un autómata. Dividía su trabajo en su joven réplica y en el escrito de su último deseo.
La cabeza encogida parecía una enferma agonizante. Carecía de pelo, cejas y pestañas, tenía una palidez mortecina. De un cajón sacó una trenza y varias fotografías de su mocedad. Las acomodó para poder copiar a la modelo original. Pegó cada cabello en su lugar. Matizó la pálida cara con el pigmento rojo que brotaba de su brazo. Se volvió a ver joven. Acomodó a su doble junto a su amante.
Oppenheimer llegó el día asignado. La puerta estaba abierta y el laboratorio iluminado con luz natural. Sobre la mesa del laboratorio resplandecía el filo de una guillotina y yacía el cuerpo degollado de Catalina. La cabeza flotaba en una marmita. Gustav tardó unos minutos en tomar conciencia. De la mano inerte desprendió las instrucciones del último deseo.
Después de los funerales de Catalina decapitada y la profanación de su tumba; Oppenheimer comenzó con la tarea: encoger a su amiga. Tardó quince días. No era como las preciosas obras de arte a las que estaba acostumbrado, era más pequeño que los anteriores, la cara estaba cubierta de arrugas, el pelo blanco tomó un color amarillento. Parecía una nuez con raíces.
Introdujo la pequeña cabeza de su amiga dentro del apócrifo cráneo de juventud. Selló la caja. Miró a Gregorio y a la falsa Catalina. Parecía que el tiempo se había olvidado de ellos.
Oppenheimer, exhausto y satisfecho, se recostó en un sillón. Se quedó dormido. La luz matinal lo despertó. Acomodo en una maleta su pago, una colección de exquisitas cabezas diminutas. Fue a despedirse de su artista.
El simulacro de Catalina se había hecho polvo. Dentro de la caja de cristal, mirándose satisfechos, sonreían dos viejos amantes.
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