Donald Trump y el regreso del nacionalismo de Estado

Por: Fernando Vizcaíno

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El nacionalismo defensivo: la afirmación de la identidad como respuesta a las humillaciones de otro u otros: un Estado, una cultura, un grupo étnico, en buena medida ha determinado el nacionalismo mexicano. No abundo aquí en esa otra característica de la identidad mexicana, menos visible históricamente: la orfandad (real o simbólica) resultado de la conquista, que Octavio Paz exploró en El Laberinto de la soledad (1950: 85-88). En contraste, el fenómeno nacionalista en Estados Unidos tiene en la doctrina expansionista del “Destino Manifiesto” y el supremacismo blanco dos de sus fuentes principales.

Contenidos esenciales del nacionalismo en Estados Unidos y México

El cuadro anterior resume el contraste entre los dos nacionalismos. Como es sabido, John O’Sullivan escribe y publica “Annexation” en 1845, en la revista que él mismo edita: The United States Magazine and Democratic Review. En ese breve ensayo de cinco páginas, estructura las ideas centrales del Destino Manifiesto, que habían surgido al menos 150 años antes. En ese 1845 además ya era un hecho la anexión de Texas, y John O’Sullivan advierte la oportunidad de la anexión de toda California también: “The Anglo-Saxon foot is already on its borders”.

Sin embargo, argumenta que otras naciones se han empeñado en obstaculizar el cumplimiento del Destino Manifiesto: la expansión por todo el continente que la providencia ha designado a Estados Unidos. Inglaterra ya no era enemigo de Estados Unidos. Francia se hallaba debilitada. Sin embargo, O’Sullivan advierte un verdade- ro problema. Asume que el gobierno de México no tiene derecho alguno sobre Texas ni sobre California. Sostiene que el título de soberanía heredado de España es ilegítimo. Desconoce la legitimidad de la revolución de Independencia mexicana y asume que Califor- nia tiene derecho a recibir inmigrantes anglosajones, defender su autonomía e integrarse a la Unión. “¿Qué puede ser entonces más descabellado [se pregunta O’Sullivan] que este clamor de México y el interés mexicano, contra la Anexión, como violación de algún derecho suyo?” (1845: 6).

La invasión estadounidense avanzó y en 1848 se consolidó la anexión. Como cualquier sociedad que aspira a defender su identidad y autodeterminación, el nacionalismo en Estados Unidos como en México necesariamente hace referencia a la nación, o bien a expresiones equivalentes: patria, territorio, Estado. . . La diferencia se halla en los contenidos. Evidentemente, el estudio y comparación de ellos merecen un largo estudio. Basta por ahora advertir elementos fundamentales y sus mayores diferencias. Mientras en Estados Unidos la idea nacionalista de nación alude a la supremacía blanca (ligada con el idioma inglés, el protestantismo y la expansión de las fronteras que se desarrolla en el Destino Manifiesto), en México alude al catolicismo, particularmente al guadalupanismo, incluso desde la época colonial y sin duda a partir de los primeros gobiernos en la Independencia.

No obstante, la Virgen en sí misma expresa el problema histórico de México y el mexicano. En palabras de Octavio Paz: “El mexicano no quiere ser indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos […]. Esta actitud no sólo se manifiesta en nuestra vida diaria, sino en el curso de nuestra historia, que en ciertos momentos ha sido encarnizada voluntad de desarraigo” (Paz, 1950: 88). El sentimiento de orfandad y desarraigo no está desligado de la invasión por parte de Estados Uni-dos. La pérdida del territorio en 1848 sin duda constituye el hecho más significativo, junto con la guerra de Independencia y la Reforma, en la definición del nacionalismo. Como es sabido, la memoria de los fracasos de un pueblo son tan o más importantes que el recuerdo de sus triunfos.

Mientras la nación mexicana busca todavía resolver el problema de la orfandad frente a España y la derrota ante Estados Unidos, ese país sigue reproduciendo en el discurso de sus élites, pero también en la vida cotidiana, el imaginario de los éxitos militares y expansionistas, que inician en el siglo XVIII y alcanzan un momento culminante en el Caribe y las Filipinas en la guerra contra España en 1898. A ello alude precisamente el lema de “Make America Great Again”.

Entre los múltiples factores de la emergencia del trumpismo –algunos, continuidad del Destino Manifiesto y el supremacismo; otros, contradictorios; y muchos más para los que no tenemos real- mente explicaciones–, me ha interesado el discurso nacionalista, que –como he explicado en el primer capítulo– resulta especialmente significativo cuando constituye una herramienta de quienes buscan llegar al poder del Estado o permanecer en él.

El nacionalismo no es la raza ni las fronteras, ni la industria de un país; tampoco el amor natural por el lugar de nacimiento característico del patriotismo. El nacionalismo es una narrativa que hace uso de esos u otros elementos para legitimar acciones e intereses políticos. Aunque casi siempre ha sido un instrumento de quienes controlan las comunicaciones y las instituciones del Estado, la emergencia de las tecnologías digitales ha incorporado, en unos cuantos años, nuevas condiciones.

Donald Trump emerge entre la audiencia de televisión y más tarde en las redes digitales. Especialmente en su carrera hacia la presidencia, él mismo es transmediático. Aparece de manera simultánea en libros, televisión, Twitter, teatros y estadios de grandes dimensiones. Sobra advertir la diferencia entre un libro y unos cuantos caracteres en un tuit. Lo importante consiste en que en la época actual la concurrencia de medios personales, impresos y digitales constituye la naturaleza de la política y del nacionalismo.

Como es sabido, antes de la campaña para la elección presidencial de 2016, Donald Trump había explorado buscar la candidatura republicana para la presidencia en la contienda electoral del año 2000 y de 2012. Fuera de los círculos prominentes del Partido Republicano, Trump –que para muchos era un excéntrico– tenía muy pocas probabilidades de éxito. Aun así, quiso sondear sus posibilidades introduciendo en el debate político su posición a través de dos libros: The America We De- serve (2000) y Time to Get Tough: Making America No. 1 Again (2011).

Además de criticar a los gobiernos de Bill Clinton y Barack Obama, aquellos libros fijaron los contenidos esenciales de sus ideas políticas: la primacía de Estados Unidos sobre el resto del mundo y la necesidad de salvar su industria y sus empleos; revisar los tratados internacionales de libre comercio y gravar las importaciones de productos de China; la acusación del extremismo islámico como amenaza terrorista y la inmigración indocumentada proveniente sobre todo de México. En pocas palabras: defensa de la patria y referencias a los otros, los ex- traños: mexicanos, árabes, chinos, como potenciales enemigos de la nación. En suma, al menos desde el año 2000, Trump ha estado en campaña permanente.

Forma extrema, visible y pública del conservadurismo étnico anglo- estadounidense dirigido principalmente a defender Estados Unidos y exaltar el orgullo y sentido de pertenencia nacional, el trumpismo no fue dominante sino hasta el tercer lustro del nuevo milenio. ¿Por qué no antes? La respuesta yace muy probablemente en la polarización de la sociedad estadounidense avivada por los ataques terroristas de septiembre de 2001, por el aumento de la migración indocumentada que llegó a sus niveles más altos en la primera década de este siglo y por la crisis económica de 2008 que –además de desempleo y quiebra de muchas industrias– dejó sin casa a miles, quienes descubrieron que se habían quedado con hipotecas impagables. A lo anterior hay que agregar la elección de Barack Obama, que sirvió para justificar las milicias y su radicalización entre la extrema derecha estadounidense.

La polarización política no es otra cosa que el fortalecimiento de posturas extremas a costa de ideas moderadas.[1] Mientras públicamen- te crecía en los primeros tres lustros de este siglo la figura de Trump –siempre televisivamente activo, en esa mezcla de realidad y show en The Apprentice o en la organización del concurso de Miss Universo–, se agudizaban los problemas que en la narrativa nacionalista amenazan a Estados Unidos. Un par de datos sintetizan el cambio de opinión entre la mayoría social estadounidense. El reporte “America’s Place in the World”, publicado por el Pew Research Center (2013), recoge las opiniones favorables sobre un grupo de 12 países seleccionados. Mientras las referencias positivas a Canadá, Gran Bretaña y Japón rebasan 80%, Arabia Saudita, Rusia, China y México ocupan los niveles más bajos: 27, 32, 33 y 39%, respectivamente. Resulta aún más significativo que la opinión favorable acerca de China y México decrecieron significativa- mente entre los años noventa del siglo pasado y 2017, cuando Trump llegó a la presidencia. Con respecto a China, la disminución es de 51 puntos porcentuales, si consideramos que en 1998 ese indicador fue de 85% (Pew Research Center, 1998b). En relación con México, la disminución es de casi 20 puntos. La tendencia específica de la opinión sobre México –que puede seguirse en la tabla “Porcentajes de opinión en Estados Unidos acerca de México”– ilustra el cambio.

En 1998 la opinión favorable fue de 48%. El porcentaje es bajo si lo comparamos con los años previos; sobre todo si consideramos que, como he anotado antes, las referencias a otros países superan 80%. La cifra se mantiene prácticamente estable: una década después, 47% de los estadounidenses opina favorablemente sobre México.

Sin embargo, en 2009, durante la crisis económica de ese año, el porcentaje disminuye a 44%; en 2013, a 39%. Las opiniones desfavorables, en cambio, siguen el proceso inverso: pasan de 32% a 52% entre 1996 y 2013. Es el último dato disponible antes del inicio y triunfo de la campaña de Donald Trump. Mientras aumentaron las opiniones desfavorables sobre México (y, se podría decir, sobre China y el mundo árabe u otros asuntos sensibles como la migración), se fortaleció la base social que en 2016 inclinaría las votaciones en favor de la campaña de Trump.

No es casual, entonces, que las ideas nacionalistas del trumpismo (resumidas en el grito colectivo “Make America Great Again”) no ha- yan emergido con suficiente fuerza hasta, al menos, el tercer lustro del presente siglo. Ahora bien: si la migración, el comercio internacional, la pérdida de empleos o el terrorismo han sido determinantes para el fortalecimiento de posturas extremas, también lo han sido las redes sociales.

Y Donald Trump, “rey del Twitter”, ha sido también expresión de ello. No debería habernos sorprendido, entonces, el crecimiento de las bases sociales del trumpismo ni lo que sucedió a partir de mediados de 2015, cuando Trump anunció su interés por la presidencia de Estados Unidos; en este caso como en muchos otros, las ciencias sociales –inclinadas a los esquemas donde la realidad nunca cabe– se volvieron a equivocar asumiendo que el candidato y su campaña no eran más que otro acto fantoche.

Porcentajes de opinión en Estados Unidos acerca de México

Fuente: elaboración propia, con datos del Pew Research Center (1998a, 1998b, 2007, 2009, 2013, 2017b).

La historia reciente es fundamental para la conformación del trum- pismo; no reconocerlo afectaría cualquier explicación. No obstante, el problema teórico significativo surge a partir de 2015, cuando Donald Trump inició su campaña por la nominación de la candidatura del Partido Republicano, y alcanzó su mediodía cuando ganó la elección e inició su gobierno. Otrora “extravagante”, se instituyó en la forma del Estado. El triunfo electoral en 2016 y la campaña permanente desde la presidencia por la reelección en 2020 –que evidentemente continúa a partir de 2021 en los diversos procesos electorales y en la perspectiva de 2024– representa el hecho más significativo de la época actual para el resurgimiento y nueva configuración del nacionalismo de Estado, lo cual resulta significativo para Estados Unidos y para todo el mundo. La ola nacionalista estadounidense se vuelve necesariamente global en una era en que cualquier sociedad tiene redes económicas y políticas con ese país.

En la narrativa trumpista, la identidad nacional, la historia, los obre- ros y el pueblo de Estados Unidos, las fronteras, los enemigos de la nación: de dentro y de fuera, la defensa de la soberanía, así como las soluciones reales o simbólicas como los muros, se condensa en la expresión “Make America Great Again”, síntesis del pasado y promesa de cambio. Hay que advertir –como he mostrado anteriormente– que cualquier nacionalismo asociado con el gobierno central (o con quie- nes buscan el control de éste) no tiene como propósito principal decir la verdad ni formular afirmaciones que correspondan con los hechos, sino legitimar los intereses políticos. El nacionalismo puede ser una ideología engañosa o no serlo, corresponder o no con los hechos reales.

(Fragmento del libro Resurgimiento y configuración del nacionalismo publicado por Bonilla Artigas Editores)


[1] Agradezco a Mario Farid Reyes sus ideas y las teorías que ha sabido resumir para ex- plicar la polarización política en Estados Unidos y su relación con la crisis económica de 2008. Su investigación de tesis de posgrado, en la Universidad Nacional Autónoma de México, profundiza sobre el tema (Reyes Gordillo, 2021).

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