Detectives de lo paranormal: Los Patos Azules

Por: Irene González
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La agencia de detectives de lo paranormal, Los Patos Azules, estaba conformada por dos miembros: Carlota y su mejor amigo Omar. Les pareció indiscutiblemente necesario crearla, porque cuando se trataba de lo paranormal, los adultos no se enteran de nada y es inútil recurrir a ellos. No es que no te crean, algunas veces sí lo hacen. Pero están tan ocupados pagando la deuda del carro, limpiando cosas cuando ni están sucias y comiendo sano porque el doctor Comosellame les ordenó bajarle a los postres y al azúcar, que los fantasmas y seres sobre naturales les traen por completo sin apuro.
— Pues, si ya estás viendo fantasmas, diles que aquí hay trabajo de sobra. ¡Que se pongan a trapear, ándenles! — respondió la mamá de Carlota en alguna ocasión, exprimiendo con tanta fuerza el trapeador que le salpicó gotitas con aroma floral al gato. El felino maulló disgustado y corrió a refugiarse bajo el librero—. En lugar de andar chismeando con tus amigos fantasmas, mejor limpia la mesa de la cocina, ándale.
La mesa en cuestión estaba perfectamente limpia. Si se sacudían las migajas del sándwich de en la mañana y se hacían tantito a un lado las tazas con restos de café y leche, se podía comer en ella sin ningún problema. ¿Para qué recoger la mesa tras cada comida? De todos modos, en unas horas se iba a ensuciar de nuevo. Pero Carlota tenía el suficiente sentido común para no discutirle a su madre. Algunas batallas nacen perdidas.
— Ya oyeron, flojos, pónganse a recoger ustedes también— les dijo a los tres fantasmas que flotaban como bobos en mitad de la sala.
— Uy, no, no. ¡Mejor ya vámonos! — exclamó uno de ellos.
— ¡Ámonos, que aquí espantan! — coincidió el segundo, y el trío entero desapareció.
Por lo visto, pensó Carlota, salía más rápido, fácil y barato exorcizar espectros si se les amenazaba con chambear, que traerse un sacerdote entrenado desde Roma.
Ella no culpaba de su indiferencia a los adultos: también estaría de mal humor si le obligaran a renunciar al azúcar, al pan dulce y a las palomitas con mantequilla extra. Pero los seres sobrenaturales estaban ahí afuera, les importara a los papás o no, y muchos niños se veían en la necesidad de lidiar solos con espectros entrometidos, entes molestos e inclusive peligrosos. Suficientes niños habían sido acusados de perder la ropa que los monstruos se comían dentro del armario. Demasiados inocentes habían sido castigados por romper los juguetes que los duendes masticaban. Las injusticias eran muchas para tolerarlas y ni Carlota ni Omar se quedarían de brazos cruzados.
Las oficinas de la agencia de detectives de lo paranormal, Los Patos Azules, se encontraban localizadas en la Privada del patio trasero de Carlota, casa del árbol número 3, entre el árbol número 2 y la casa del perro. Estuvieron varias tardes al terminar las clases subiendo todo lo necesario: una mesa y sillas de plástico, pizarrón y marcadores, cajas de galletas y la consola portátil de Omar, para entretenerse con el Mario y el Pokemón cuando no tuvieran tantos casos. Pegaron anuncios de su nuevo trabajo por los edificios de la escuela e ignoraron a algunos de sus compañeros cuando intentaron burlarse de ellos.
— ¡Uy, sí! Se creen cazafantasmas. ¡Qué tontos!
— ¡Son unos perdedores!
Ni a Carlota ni a Omar les traía con cuidado lo que pensaran, porque tenían una misión y sabían que era importante: proteger y auxiliar a quienes necesitaran ayuda con el mundo paranormal. Nadie dijo nunca que lidiar con las fuerzas espectrales fuera fácil.
— ¿Y ahora qué hacemos? — preguntó Omar cuando la oficina estuvo instalada, los folletos pegados, los buleadores ignorados y las galletas chopeadas en chocomil.
Carlota entornó los ojos con determinación y se colocó su cachucha de beisbol de los Charros de Jalisco, porque todo detective que se precie lleva sobre la cabeza un sombrero de altura.
— Paciencia, mi querido Omar. Pronto se correrá la voz y cuando menos lo imagines tendremos montañas de trabajo por resolver.
Contrario a lo que cabría esperar, Carlota estuvo en lo correcto. Los niños de la escuela, del vecindario y hasta de colegios distintos acudían en tropel a su casa con el pretexto de hacer la tarea o de jugar videojuegos, pero con la verdadera intención de solicitar los servicios de Los Patos Azules, detectives asociados. El origen del nombre era un misterio incluso para ellos. Tan solo les gustaban los patos y el azul era el color que habían tenido más a la mano cuando dibujaron en una cartulina el logo de su nueva empresa, en lugar de terminar la presentación sobre la biografía de Miguel Hidalgo y Costilla.
— Cuéntanos tu problema, Natalia, mi compañera y yo te escuchamos.
— Quiero decirle a mi abuelita que la extraño, que lamento haber roto su lámpara favorita el año pasado y haberle echado la culpa a mi primito de dos años.
Omar tomó con diligencia notas en su cuaderno y asintió, pensativo.
— Hummmm, tienes mucha suerte. Mi compañera Carlota es experta en hablar con espíritus.
— ¿Sabes usar la ouija? — Natalia puso los ojos como balones de fútbol y Carlota soltó un resoplido que también recordaba a una pelota, pero desinflándose.
— Nombre, eso no será necesario — contestó.
La abuelita flotaba a pocos pasos de su nieta, atravesando con la cabeza el techo de la casa del árbol.
—¿Señora? ¿Señora abuelita de Natalia?
La anciana se encorvó para poder ver a Carlota a la cara.
— Dice su nieta que la extraña, que lamenta haber roto su lámpara favorita el año pasado y también lamenta echarle la culpa a su primo chiquito de dos años.
— Sí, mijita, estoy aquí al lado, escuché todo, la sordera se me quitó cuando me morí. Además, eso ya lo sabía.
— ¡Ay! — Carlota torció el gesto y se rascó la nuca —, me hubiera dicho eso antes de repetirlo todo de nuevo.
— La lámpara no me importa, siempre supe que Robertito era inocente. ¡Él ni siquiera la alcanzaba! Me quedaré junto a Natalia y le haré compañía hasta que se sienta lista para seguir adelante. Quiero que ella sepa cuánto la quiero y lo mucho que cuidaré de ella, incluso si no puede verme.
Cuando Natalia y su abuela se marcharon, Omar soltó un suspiro.
— ¡Vaya! A mí lo único que me dijo mi abuela antes de morir fue que, si no me convertía en abogado como todos los hombres de la familia, vendría a jalarme las patas cada noche por el resto de mis días.
— No te preocupes, Omar, en cuanto te huela los pies se arrepentirá de su amenaza.
El caso más peculiar que tuvieron fue cuando ayudaron a Moisés, uno de los buleadores más irritantes de su escuela. Llegó a la oficina del árbol vestido con una sudadera enorme, la capucha puesta, lentes de sol y hasta cubrebocas. Trataba de pasar desapercibido y de mantener su identidad secreta.
— ¿Moisés Romero? — gritó Omar en cuanto lo vio subir— ¿qué estás haciendo tú aquí?
— ¡Ay! — el niño se arrancó el disfraz — ¿cómo supiste que era yo?
— Traes puesta la sudadera de la escuela y tu mamá le cosió tu nombre como en tres lugares diferentes.
— Ah, se me olvidó eso. Bueno, ya, qué importa. ¡Tienen que ayudarme!
— ¿Nosotros? — Carlota se puso de pie despacio, intentando decidir si Moisés hablaba en serio o si aquello era una elaborada treta para volver a burlarse de ellos —. Nos llamaste perdedores hace apenas algunos días, ¿lo recuerdas?
— ¡Lo lamento! Miren, yo… estaba equivocado, ¿de acuerdo?
La desesperación en su rostro parecía convincente. Incluso le brillaban tantito los ojos, como si apenas pudiera soportar las ganas de echarse a llorar. Resultaba una hazaña increíble que los lagrimales de Moisés no se le hubieran secado con la ausencia de su alma. Carlota y Omar intercambiaron miradas suspicaces.
— Bien, tienes una sola oportunidad para convencernos. ¡Una!
— ¡Un chaneque intenta asesinarme porque lo descubrí robando en los abarrotes de Don Armando! Es amigo de una viejita que lo mete a la tienda dentro de su carrito del mandado. El duende se dio cuenta de que los vi llevarse muchas cosas sin pagar y ahora se aparece seguido en mi cuarto para amenazarme, ¡ya no puedo soportarlo más!
Finalmente, Moisés se echó a llorar a lágrima viva.
— De acuerdo, lo admito, a mí me convenció — exclamó Omar.
— ¿Y supongo que tienes alguna prueba de estas presuntas amenazas? — Carlota no tenía idea de lo que la palabra presuntas significaba, pero escuchaba a los reporteros decirla todo el tiempo en las noticias.
Moisés asintió, limpiándose el moco que se le escurría con la manga de su sudadera. Habrían podido burlarse de él, devolverle una cucharada de su propia medicina. Pero tanto Omar como Carlota eran unos profesionales. No tan profesionales como para tener pañuelos en la oficina, pero lo suficiente para mantener la cara seria y pasarle unas servilletas que le sobraron a Omar del recreo y que sacó de su lonchera.
La prueba era un video que Moisés consiguió grabar a escondidas del duende, una mañana que se presentó en su habitación para recordarle sus amenazas. Nada que ver con esos videos todos borrosos que hay en internet sobre aliens, sirenas y pie grande, no, no, no. Moisés grabó al chaneque jalándole los pelos del interior de su nariz en máxima resolución, full HD, hasta se le podía hacer zoom a los mocos de Moisés, a los mocos del duende y a la mugre de los mocos que el duende salpicaba por el esfuerzo de arrancarle los vellos de la nariz a Moisés.
Parecía un caso muy serio. Jamás se habían involucrado con un ser tan agresivo y aterrador, a pesar medir unos diez centímetros de estatura. El caso se resolvió de un modo inesperado: el chaneque se topó con una criatura mucho más terrorífica que él. Otro ser que, a pesar de ser pequeño y de apariencia adorable, poseía las habilidades de un depredador certero y mortífero. El gato de la abuela de Moisés, que estaba de visita desde Ciudad de México, se lo zampó de desayuno una buena mañana. Moisés alcanzó a ver su patita, asomando entre las fauces de Monchito, antes de que el gato tragara hondo y el pie pequeñito desapareciera por completo de su vista, para siempre.
Caso cerrado.






