Despropósito 1

Por: Julio César Toledo
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Defender la posibilidad de seguir escribiendo poesía, de la misma forma que Joyce en el Finnegans Wake sugiere que las únicas empresas del hombre que valen la pena son aquellas que no tienen ninguna finalidad objetiva, ni ninguna injerencia en la realidad, tangible.
Ustedes saben que la poesía, en su estado puro, no precisa de poeta, ni poema. Y esa es una idea que no voy a debatir.
Pero escribir, es otra cosa.
Puede parecer que antes los discursos del odio fascista contemporáneo de Trump, la imbecilidad de los funcionarios mexicanos, la banalización de los discursos cinematográficos, el narco… el fin, los males de este tiempo, no hay poesía que nos salve. Ese es el punto, la poesía no salva, y sin embargo permanece. Por eso vuelvo a un poema de Luis Armenta Malpica, que me ayuda a veces a seguir.
No se podía escribir poesía después de Paul Celan
y, sin embargo, las historias comienzan a contarse
desde que uno se mira
en otros
ojos. No se escribe
un poema sin esa sensación de que
algo más nos quema.°
Claro que el mundo duele, pero, cómo dice Armenta Malpica, basta una mirada con el otro para provocar lo que nos impulsa a escribir. A veces es el mundo en su derrumbe lo mismo que nos quema para hacerlo, a veces la luz que se haya en la grieta de lo roto. Es decir que, sin ignorar al mundo se escribe, o se escribe para ello. No importa, en realidad. Y no importa, sobre todo, porque no es un acto que nace colectivo ¾aunque puede, a veces, llegar a serlo¾ . Se trata en principio de un impulso individual que no puede ser sustituido por nada.
[…] Y al menos por cuarenta y ocho horas uno puede pensar
que existen los dragones: ángeles°
Y en ese ególatra acto de sustraerse, ya sea para bien o para mal, como cualquier adicción, a veces pasan cosas (vasos comunicantes, le llaman los que saben) que terminan por entablar conversación con los otros. Mas nunca debe pensarse en ello como salvamento.
Defender escribir, dije al principio, y me basta para ello lo que he dicho, me bastan poemas como el citado para que el empeño de la defensa llegue a extremos risibles. Me gusta escribir sí, pero más me gusta que haya muchos poemas escritos.
[…] Nos deposita lejos
de ese nos/otros que acaso escupe lumbre
para forjar el nombre de una espada.
Victoria necesaria es la del héroe
cuando aprende a bailar
viendo su sombra. °
Qué belleza la de los poemas, y qué sobrevalorada está también por quienes la valoramos. En ese extremo que bien describe Vila-Matas en el prólogo de “Hijos sin hijos”: personas que creen (creemos) que todo lo que pasa en el mundo, suecede por nosotros: que el tamaño del mundo equivale al de la sombra que bajo nuestro pies, crea el sol.
El centro de la tierra está bajo los pies de cada hombre, dice un poema de Whitman. Bueno, más o menos ¾la traducción es mía, así que tómenlo con reservas¾ , y pienso en el daño que ese acertado verso, la idea que hay bajo ese acertado verso (es mucho pedir que todos conozcan al poeta) ha hecho a la humanidad. Un daño tremendo e irreversible. La otra noche, por ejemplo, asistí a una lectura de poesía. En un pequeño local, todo muy bien. Los asistentes éramos más de los que el sitio contener, éxito rotundo ¾o local pequeño, vaya usted a saber¾ y no nos quedó más remedio que ocupar la banqueta. Qué milagro ese de tomar las calles, hacer del espacio público, otra vez, un sitio nuestro. Sí, pero no tanto. Entre los muchos males crónicos que nos dejó la pandemia, el uso de las banquetas como extensión de los comercios es quizá, junto con la distancia (real y simbólica) del otro, uno de los más horribles. A mitad de la lectura, unos muchachos preparatorianos, juventud a flor de hocico, ocupaban a gritos otra parte de la banqueta, y cuando digo a gritos estoy romantizando el acto, a espantosos gritos, se podría decir. Una muchacha decente y acomedida salió a callarlos, a chistar como quien espanta un perro, para que los adolescentes se callaran y dejaran a los comensales escuchar la sublime enunciación de les poetas. Luego, al final, entre abrazos y citas de Borges, nos remolineamos en la misma banqueta, ocupando para nosotros ¾en nombre de la poesía, eso sí¾ el espacio público, la banqueta: último bastión que el peatón conserva para resguardo de él mismo. Y no dejamos pasar a un padre que cargaba la bolsa del pan de la merienda, junto a un latosísimo hijo en patineta. Pues no, a quién le importa la poesía y sus excelsas levaduras. Quién nos dijo que importaba en algún grado mayor a cualquier otra cosa. Por qué habrían de callarse esos muchachos, cuyos alaridos estruendosos tiene quizá más de poema que cualquiera de los versos que escuchamos, y aunque no: mil veces deberíamos respetar el derecho a gritar, besar, hacer suya la banqueta de cualquiera. No se vayan a creer que por poetas o letrados, tenemos más derecho que el borracho que pasó apestando a meados, o el curioso colibrí que nos voló por encima. Pero qué cara dura la nuestra, expropiando el paso del señor que a paso rápido quería llegar a casa (quizá nomás para poder desahogar el cuidado de su chamaco latoso). Acaso nos creímos que nosotros, nuestros pies, peor, nuestros poemas, son el centro de la tierra. No. Y, por otro lado, qué dicha sería que todas las lecturas públicas se parecieran más a aquellas improvisadas reuniones banqueteras en las tardes de juventud y ocio.
° Fragmento de Eras [De los dragones] en [Contra] Dicción de Luis Armenta Malpica. Libro ganador del premio Iberoamericano de poseía Minerva Margarita Villarreal 2021.
Arementa Malpica, Luis (2022). [Contra] Dicción. Universidad Autónoma de Nuevo León.
° Fragmento de Eras [De los dragones] en [Contra] Dicción de Luis Armenta Malpica
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