Democracia whitmaniana en los nuevos territorios y otras fantasías

Por: Pedro Castro
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Tanto los whigs como los demócratas esclavistas tenían dificultades para definir la extensión del territorio que debía tomar Estados Unidos, pero existió un acuerdo básico en el sentido de que losmexicanos no debían ser admitidos como ciudadanos dentro de la “gran república norteamericana”. La Democratic Review recogía así la imposibilidad republicana de México: “La raza es la clave de mucho que aparece oscuro en la historia de las naciones”, y explicaba que la población mexicana, en gran parte india o mestiza (half-breed) carecía de los atributos necesarios para la creación y el apoyo de las instituciones libres. (120) Whitman afirmaba al respecto:
Pienso en México. Como pueblo, su carácter tiene poco o nada de los nobles atributos de la raza anglosajona (decimos esto más con pesar que contento, pero es verdad). Nunca desarrollarán la vigorosa independencia de un hombre inglés libre. Sus ancestros españoles y mulatos los han dotado de astucia, sutileza, apasionado rencor, engaño y abundante voluptuosidad, pero no de un alto patriotismo, no de una devoción intrépida por las grandes verdades […] Los mexicanos son una raza híbrida. Sólo una pequeña proporción son españoles puros o de alguna otra extracción europea. Nueve décimas de la población se han formado de varias mezclas de blanco, indio y negro parentesco, en todas sus abigarradas variedades. Nada en posesión de tal pueblo puede parar por el momento un poder tal como el de Estados Unidos. (121)
De aquí podía deducirse que esta “inferioridad racial” justificaba los despojos de sus bienes y vidas a los mexicanos. El poeta se hizo eco de la hispanofobia que ya tenía una larga historia en la Gran Bretaña y Estados Unidos, que se reflejaría en las conflictivas relaciones de este país con México, con los choques fronterizos, la Guerra de Tejas y la invasión estadounidense de 1846-1848. No fue complicado para él como para otros derivar la antipatía hacia España a los mexicanos y en general a los latinoamericanos, y achacarles defectos a los que, según ellos, eran congénitos a su “manifiesta inferioridad”, y que en todo caso merecían la difícil situación en que vivían.
Arnoldo de León aborda el tema de las discrepancias entre los historiadores respecto a cuándo nació el racismo estadounidense contra México en las fronteras. Los anglosajones y los mexicanos se encontraron por primera vez en Tejas, y según algunos la insurrección texana de 1836 dio una nueva luz a los antagonismos cuyos orígenes se remontan a los prejuicios étnicos o raciales, diferencias culturales, creencias religiosas y luchas económicas a fines del siglo XVII o principios del XIX. Los estadounidenses vieron en los habitantes de México y de otras regiones de América hispana con el lente de la Leyenda Negra, que pintaba a España como diabólica e intolerante en su trato con extranjeros, competidores y poblaciones que colonizó. Otros sostienen que el racismo no era abierto antes de 1836, porque solamente puede documentarse hasta los años en que angloamericanos y mexicanos entraron en mayor contacto, en el horizonte del control estadounidense del norte de México. Cualquiera que hubiera sido el origen del racismo contra los mexicanos, muchos estadounidenses del tiempo de la insurrección texana pensaron que su victoria fue el mejor ejemplo de su superioridad racial y el destino de su civilización para superar a las “razas menos avanzadas”. Para ellos, el episodio texano “reafirmó el triunfo de lo bueno sobre el atraso, corrupción, inestabilidad política y tiranía de los mexicanos”. Poco antes de la agresión contra México, campeaba ya la idea del “anglo-sajonismo”, que sostenía la superioridad racial de los blancos estadounidenses, destinados a dominar buena parte del continente americano.
La Leyenda Negra, con dedicatoria a España y por defecto a México, no hizo justicia a la realidad de la colonización española en América, así como a la cosecha que obtuvo, con sus consecuencias de orden negativo. La influencia renacentista llevada de Europa al Nuevo Mundo fue, sobre todos los países coloniales, la española. Con todo que desde la Conquista y la colonización estuvo plagada de individuos crueles, incultos y explotadores, la influencia del Renacimiento que condujo España fue la más rica de todas, y se implantó “con una rapidez pasmosa”:
Los españoles inventaron un sistema de administración colonial que no tiene par desde los días de la antigua Roma; en religión, desencadenaron el movimiento misionero más vigoroso desde que las tribus germánicas aceptaran el cristianismo, y en cuestión de relaciones raciales, aunque los indios fueron indudablemente explotados y, de cuando en cuanto, tan oprimidos que se sublevaron en rebeliones cruentas contra sus dominadores, el gobierno español, de acuerdo con la Iglesia, adoptó una teoría –y muchas veces logró desarrollar una política práctica–, más culta que la de ninguna otra potencia europea. (122)
La cultura española pasó rápidamente del medievalismo al Renacimiento, para transformarse por el Barroco y la Ilustración. España fue durante siglos la ganadora en la competencia colonial sobre la Gran Bretaña, Francia u Holanda, y aunque se convirtió en perdedora frente a estos países, y desde luego a Estados Unidos, dejó una impresionante huella en Norteamérica:
La soberanía española se extendía antaño al norte hasta las Carolinas por el litoral Atlántico y más allá de la bahía de San Francisco, por el Pacífico, comprendiendo en distintas épocas las Carolinas, Georgia, Florida, Alabama, Missisipi, Tennessee, Louisiana, Texas, Nuevo Méjico, Arizona, Arkansas, Oklahoma, Missouri, Kansas, Colorado, Utah, Nevada, Iowa, Nebraska, Wyoming, Idaho, Minnesota, las dos Dakotas, y California en la costa del Pacífico, o partes de estos estados. Unas dos terceras partes de los Estados Unidos continentales deben algo a la cultura española, aunque sólo sean los dos mil nombres geográficos españoles […] Los contactos norteamericanos con la cultura hispánica han sido a la vez constantes e intermitentes, a través de la región caribe y de la América Central, de Florida, Alabama, Misisipí y Luisiana, de Méjico. (123)
El “anglo-sajonismo” era parte del Destino Manifiesto. En línea con el pensamiento racista europeo, agregando elementos del pensamiento de la época, los estadounidenses acudieron a una falsa ciencia que sostenía purezas raciales y condenaba por tanto a las mezclas, una doctrina que tendría sus expresiones más abiertas en la Alemania nazi a mediados del siglo xx. Viajeros de Estados Unidos –comerciantes, diplomáticos, exploradores, aventureros– se asombraban de la variedad de tipos raciales que encontraron en México, donde las amalgamas africanas, nativas y españolas era la nota dominante, cuando que ellos –los blancos– se mostraban contrarios a mezclarse con poblaciones que no fueran de su color, cultura y religión, optando por la exclusión de los africanos y el exterminio de los nativos. Esa amalgama, en sus ojos, había producido una raza mestiza completa, atribuyéndole los defectos heredados de sus razas progenitoras. Por esta situación muchos angloamericanos concluyeron que por eso los mexicanos cargaban con la herencia de las deficiencias de sus antecesores. Otros también creían que los nativos eran como los mexicanos que los viajeros y los colonos encontraban en el extremo norte. Para diplomáticos y funcionarios consulares que radicaban en la capital y en las ciudades principales de México, la población mexicana no era más que un conglomerado de “híbridos” morenos y enemigos de la higiene, inclinados al engaño, la indolencia y el vicio. Los mexicanos tenían sus propios sentimientos negativos hacia Estados Unidos, pero nunca tomaron la forma de rencor o arrogancia racial, y mucho menos elaboraron doctrina alguna o llevaron a cabo conductas de odio y menosprecio como sí lo hicieron sus vecinos. Estas actitudes racistas se elevaron de altura y tono en una mitología supremacista con sus consecuencias, al maridarse con la agresividad imperialista. Conforme pasaba el tiempo los mexicanos temían los designios de Estados Unidos en su perjuicio, al ritmo del enfriamiento del entusiasmo de un desconcertado sector liberal que se consideraba defraudado en cuanto a sus altas consideraciones hacia sus vecinos. Sobraron incidentes desagradables en los que se evidenciaba el menosprecio de los estadounidenses hacia México en las zonas fronterizas y más adentro, y no faltaban quienes temían que una vez apoderados de su territorio, los mexicanos correrían la misma suerte de los nativos en cuyo destino pesaba la posibilidad de ser exterminados. Ellos acabaron viendo con profunda preocupación a esos anglosajones que otrora admiraron, inagotables en el trabajo, ambiciosos e inventivos como un preludio trágico de su futuro como nación. Una vez estallada la guerra, algunos periodistas estadounidenses describieron el conflicto como episodios de lucha entre los pueblos “avanzados”y los pueblos “bárbaros”, y otros como lecciones para aprender del “conflicto monumental con una civilización superior”. Los soldados invasores, con su ignorancia a cuestas y el fanatismo patriótico que les poseía juzgaron a los mexicanos como un pueblo sometido y pobre en un suelo dotado generosamente por la naturaleza, situación atribuible a la incapacidad de las clases dirigentes para desarrollarlo. También los vieron como proclives a las chicanerías, la ignorancia, la pereza y la traición. La religión católica, por su parte, fue considerada como un cristianismo pagano y decadente, dirigido por curas inmorales y ladrones. Después del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, que consumó el enorme despojo territorial, el racismo de los nuevos ocupantes del norte mexicano ya no tenía ni el más mínimo freno para ocultar su desprecio a los mexicanos, que gradualmente perderían sus propiedades, y que pasarían a ser colonizados por los estadounidenses, a su servicio en ranchos, minas, ferrocarriles e industrias. Se les excluyó de la vida pública, y fueron hechos víctimas de prácticas segregacionistas así como de mecanismos políticos para inmovilizarlos políticamente. (124) Todo lo anterior, sin mencionar el trato brutal que recibieron, en ocasiones hasta el linchamiento y el vil asesinato.
El historiador Ramón Eduardo Ruiz señaló el contraste entre las dos poblaciones vecinas. Aunque más de la cuarta parte de Estados Unidos la forman “personas de color”, se ha autodefinido como país “de blancos”, mientras que en México la mayoría ha sido mestiza desde su origen como país. Estas diferencias “cromáticas” determinaron desde antiguo buena parte de las relaciones entre estos dos países. (125) En esta línea, “desde los albores de nuestra historia”.
Hemos partido del supuesto de que los miembros de la raza caucásica milagrosamente fueron dotados por Dios o por la naturaleza de ciertas cualidades espirituales y morales, que los hacen notablemente superiores a los hombres de piel más oscura. (126)
120 Horsman, Reginald, La Raza y el Destino Manifiesto: orígenes del anglosajonismo racial norteamericano, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 228.
121 The Blooklyn Eagle, 6 de mayo de 1846, en Echavarri, ya citado.
122 Jones, Howard Mumford, Este Extraño Nuevo Mundo, años formativos de la cultura norteamericana, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (UTEHA), México, 1964, p. 62.
123 Ibid., p. 63.
124 De León, Arnoldo, “Racism”, The United States and Mexico at War: Nineteenth-Century expansionism and conflict. Nueva York: Macmillan, 1998, pp. 347-348.
125 Ruiz, Ramón Eduardo, “Raza y racismo nacional”, Schumacher, Ma. Esther (comp.), Mitos en las Relaciones México-Estados Unidos, FCE-SRE, 1994, p. 233.
126 McNall Burns, Edward, The American Idea of Mission, New Brunswick, 1957, p. 199, enRuiz, Ramón Eduardo, p. 233.
Fragmento del libro Walt Whitman, un poeta de la supremacía blanca contra México de Pedro Castro editado por Bonilla Artigas Editores.
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