Debut

Por: Marcos Límenes

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Baba sobre la biznaga. Un desesperado animal -¿o humano?- tiene sed. Por lo visto no existe una fuente de agua en kilómetros a la redonda. Huele a muerto, a muerto quemado por el sol, pero ni los zopilotes se atreven a sobrevolar este lugar. Hace tanto calor que todo se convierte en polvo, vibra la tierra, se nubla. Un pequeño trozo de machaca sirve de alimento para los intrépidos cazadores: atada al extremo de un hilo de cáñamo la mastica y traga el primero para posteriormente extraerla de su esófago y pasarla al siguiente. En las vejigas curtidas de cabra algo queda de agua hirviente.
Cae la noche y el ánimo se relaja. Uno posa la oreja sobre el suelo y niega con la cabeza; otro busca algún trozo de madera o cualquier objeto inflamable. Las estrellas comienzan su ronda y el lejano aullido de un coyote rompe el silencio que se ha posado sobre el valle.
¡Corte! Va de nuevo -dice el director- ¿Qué “objeto inflamable” podría haber por aquí? ¡Háganme el chingado favor!
Los intrépidos cazadores han encontrado una pista, la huella de un antílope, de una cabra tal vez. Pero más adelante la repetida huella va seguida de otra que parece humana. No están solos, hay que apretar el paso.
-¿Parece humana? Vamos, cinco dedos y un talón de esa forma, ES HUMANA. Otra vez.
Las huellas se multiplican y van dejando tras de sí una vasta estela, señal inequívoca de que varios hombres arrastran una presa. Están cerca pero no pueden arriesgarse a ser descubiertos. Tendrán que esperar a la noche, tratar de avanzar y sorprenderlos. No hay sombra donde guarecerse del sol inclemente, con la poca energía que queda en sus debilitados cuerpos cavan una zanja poco profunda y se cubren con tierra reseca y harapos sobre el rostro.
El crepúsculo les dice que es hora de partir. Las lanzas afiladas piden sangre, pero temen que esta sea humana y no animal. Avanzan a oscuras hasta que a lo lejos divisan la exigua luz de una fogata. Avanzan pero no se deciden a atacar: saben cazar pero no pelear. Con los músculos tensos esperan a que los intrusos duerman y así tomar lo que no les pertenece.
El fuego se ha apagado, las pocas brazas emiten un tibio resplandor. Para su sorpresa el lugar luce vacío salvo por un bulto grande cubierto por una manta. El objeto es inoloro, frío, nada semejante a lo que hayan visto en su vida. Parece un dron caído del cielo…
¡CORTE! Ya, váyanse todos a su casa.

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