De trujamanes y de lenguas (1)

Por: Adrián Muñoz

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Pilgrimo discutió en un puerto con un dragomán sobre la lengua y la comunicación y la traducción y cosas así. Ya cuando el sol se ocultó en el horizonte, anotó estas reflexiones.

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“Toda nuestra experiencia es lectura”, afirmó Gadamer en un pequeño texto titulado “Oír-ver-leer”, tras haber escrutado acerca de la dimensión hermenéutica de la lectura. El punto esencial es que la lectura implica un proceso de interpretación, pero no siempre la interpretación es llevada a cabo durante el ejercicio de la lectura. Gadamer advierte que es imprescindible poner en funcionamiento la comprensión en el habla. Hablar es comprender, y para oír hay que comprender las palabras que se dicen. Si aceptamos que leer y oír constituyen un proceso interpretativo, debemos aceptar al mismo tiempo que se trata de un ejercicio de traducción. Gadamer apunta varias veces hacia la traducción dentro del ámbito literario, y también, coincidiendo con Octavio Paz, hacia la poesía como traducción e interpretación de la vida.

Cuando se ejecuta una traducción literaria, las dificultades interpretativas crecen. A diferencia de textos con fines meramente informativos, en un texto literario el campo semántico puede desplegarse en una gama de posibilidades; así, incontables elementos se conjugan para elaborar el “universo del discurso” del que Roman Jakobson habla en su ensayo “Lingüística y poética”. Una lengua vale tanto por lo que dice, y en qué manera lo hace, como por lo que no dice.

Jakobson dice que las diferencias de las lenguas yacen “esencialmente en lo que deben expresar y no en lo que pueden expresar”.  Mucho se ha hablado de que cada lengua es un modo de percibir la realidad, y es cierto. Los elementos culturales, sociales, geográficos, moldean la forma en que una comunidad mira el mundo y ello se refleja en su lengua y los rasgos distintivos de acuerdo con la cultura en la que se inscriben (los llamados “culturemas”). También hay que mencionar que ello sucede porque la lengua evoluciona y es tan viva como el humano mismo. La lengua no permanece intacta a través del tiempo: crece, se contagia, se fortalece, juega y, como ya ha sucedido, muere.

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Nuestro modus vivendi está estrechamente vinculado con nuestra lengua; sería absurdo “imaginar que uno se ajusta a la realidad sin el uso de la lengua”, como afirmaba Edward Sapir.

Así como la facultad de hablar una lengua extranjera no determina la capacidad y eficiencia de un traductor, tampoco lo determina un mero conocimiento lingüístico relacionado con la elaboración de teorías sobre la traducción. Recordando a las musarañas, Pilgrimo aceptó que un traductor de los buenos “casi nunca se arma de una teoría previa para traducir”. Hace lo que puede, pero acaso guiado por un furor o una inspiración. Acaso hay un don —una intuición— que el traductor debe poseer y —aún más— desarrollar. Al mismo tiempo, no es obligación del traductor explicar todos los silencios de una lengua como si el lector fuera un ignorante, pero tampoco debe dejarlo en las penumbras de los otros silencios. Gadamer menciona que, a través de la lectura, se detona la “intuición”, que no es sino “el milagro de la fuerza evocadora del lenguaje y de su perfeccionamiento en la fuerza evocadora de la palabra poética”. 

A final de cuentas, la intuición es el instrumento que debe conducir al justo medio, del que Aristóteles había hablado hace tantos siglos. E igual de importante resulta la potencia de la palabra oral, hablada: literatura como lenguaje más que como mera escritura. El lenguaje, al ser una entidad viva, debe ser sonoro, debe hablarse. La palabra oral —en especial la poética o la profética, es decir, la del bardo— expone una nueva realidad de sentido y sonido, como afirma Gadamer.

Una lechuza ululó a lo lejos. Quedan muchas cosas por decir todavía, pensó Pilgrimo, y cerró su libreta.

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