De las alucinaciones a los espíritus

Por: Ernesto Priani Saisó

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El filósofo renacentista Marsilio Ficino piensa que el mundo de las cosas y el de las fantasías se parecen, no sólo por la semejanza entre los seres que habitan en una y otra esfera, sino también en cuanto a la manera como nosotros, los hombres, nos relacionamos con las cosas y las fantasías: así como una mañana abrimos por primera vez la puerta de un cuarto y en él hay una mesa roja, rectangular, de madera, sobre la cual hay florero azul, grande, y vemos que todo eso está ahí, independientemente de nuestra voluntad; de la misma forma, cuando en el Misterio del cuarto amarillo de Hugo Hiriart se nos pide imaginar un cuarto, una mesa, una pecera y un mago, las imágenes que formamos nos están dadas, sin que nosotros intervengamos. Es cierto que después podemos transformar esas imágenes como también podemos transformar las cosas, siguiendo las reglas que gobiernan cada una de esas esferas de lo que existe.

Aceptar esta semejanza e independencia entre las cosas del mundo y de la fantasía, implica cambiar algunas ideas sobre la manera de concebir las fantasías y las imágenes y artificios que las forman. En primer lugar, necesitamos abandonar la idea de que las imágenes surgen de las cosas, y que por lo tanto se corresponden; la semejanza no significa identidad. No habría un cuarto, una pecera, un mago, que sean el origen de las imágenes que aparecen en nuestra cabeza cuando alguien nos pide imaginarlos. ¿De verdad hay un cuarto de 4 por 4 que es el origen del cuarto que, a bote pronto, nos viene a la cabeza? Tendemos a pensar que sí porque algunas imágenes aparecen por primera vez en nosotros cuando vemos cosas por primera vez. Pero ¿somos capaces de identificar qué cuarto, en este caso, es el que le dio origen? Se dirá que si conocemos a una persona o visitamos un lugar que antes no conocíamos, nos formamos una imagen nueva que antes no teníamos y que se corresponde con la experiencia que acabamos de tener. Pero ¿qué tan rápido esa imagen comienza a modificarse y a tener vida propia? ¿Qué tanto esta imagen está ya modificada por nuestras expectativas y nuestras ideas sobre las cosas? ¿Qué tan pronto se van desajustando respecto de nuestra percepción y adoptan otras formas, contaminadas por las innumerables imágenes a los que estamos expuestos cada día?

Es sorprendente cómo, aun cuando creemos recordar con precisión personas y hechos, nuestros recuerdos difícilmente son exactos. Cuando compartimos nuestra memoria con los de otras personas con las que vivimos una misma experiencia, veremos que no coinciden plenamente. Algunos estudios contemporáneos sobre la memoria, el cerebro y la creencia, sugieren que la memoria es un proceso complejo en el que casi nunca se preserva un recuerdo de manera perfecta. No sólo la memoria se puede ver interferida por otros recuerdos o fantasías, sino que no necesariamente distingue entre recuerdos de cosas ocurridas y recuerdos de cosas imaginadas. Las imágenes que nos formamos de las cosas tienen una vida sombría y fantasmal como la imaginaba Ficino; no son exactas, ni fijas, más bien son como las sombras que se confunden entre ellas y que, ante cierta luz, reflejan una imagen que no es idéntica a la forma de aquello que se refleja.

Pensemos que por cada cosa que hay en el mundo existe una multitud de imágenes diferentes. Sólo basta con mirarse al espejo; podemos ponernos de frente y luego girarnos un poco, incluso vernos de espaldas, con la ayuda de otro espejo. ¡Cuántas imágenes de uno mismo se pueden tener en apenas un instante! Y ninguna en sentido estricto se corresponde por completo a nosotros. A esta le faltan las manos, a aquella el rostro, a esta las piernas… Pensemos en la sorpresa de Gengé, el protagonista de Uno, ninguno y cien mil, la novela de Luigi Pirandello, al descubrir que su mujer ve su nariz y sus cejas de un modo muy distinto a como él las mira: “Mis cejas parecían, sobre los ojos, dos acentos circunflejos, ^^; mis orejas estaban mal pegadas, una sobresalía más que la otra…” Cien mil es un número apenas suficiente para describir cómo las imágenes siempre son mucho más abundantes que las cosas.

Esa superabundancia nos conduce hacia otra de las consecuencias de pensar de este modo la fantasía: puede haber imaginaciones que no tengan un correlato en el mundo de las cosas. Pensemos en ejemplos muy simples: el Demiurgo y el minotauro. A ninguno de los dos los encontraríamos orondos, cruzando la calle; es verdad que podríamos encontrar figuras que los representan, pero eso no sería estrictamente encontrarlos como son imaginados: el minotauro sería entidad monstruosa, pero viva; y el Demiurgo, un semidiós con poderes creativos y no un diminuto muñeco de peluche. Lo mismo pasa con muchas de las fantasías acerca de nosotros mismos, o de nuestro cuerpo o el de los demás. Pues no necesariamente se corresponden con lo que es. Ese es el caso de las alucinaciones o de las sensaciones de extrañeza, que a menudo sentimos en relación con nosotros mismos y nuestro cuerpo, como Gengé al darse cuenta de que todos veían en él algo de lo que él mismo no era capaz de ver.

Estas diferencias tienen como origen no sólo la independencia de las fantasías de las cosas, sino también el hecho de que, para Ficino, la materia forma el cuerpo de las cosas, y en el de las fantasías, no. Volvemos, pues, al problema en el que iniciamos: ¿de qué materia están hechos los “cuerpos” de las fantasías, los sueños y las alucinaciones?

Los demonios, en la metafísica de Ficino, ocupan el lugar de un problema. Son un recurso para lidiar con la dificultad de lo que está tratando: las imágenes fantásticas se forman en un punto de tránsito entre lo corpóreo, lo incorpóreo y lo inteligible.  Requiere, pues, de un concepto —y cuál mejor que el de demonio— para expresar que se trata de un agente que puede transitar entre esferas ontológicamente distintas. El cuerpo de las fantasías no puede ser diferente, al menos en su concepción, al de los demonios. Debe tratarse de un cuerpo que pueda estar en ese espacio de tránsito entre lo incorpóreo, lo corpóreo y lo inteligible. Eso es la luz.

Pero a Ficino la tradición le heredó otro concepto idóneo para eso: los espíritus. Una sustancia, dirá Ficino en De amore, “casi alma, casi cuerpo”. Concebidos como el “cuerpo del alma”, los espíritus son también el vehículo de la imaginación. Es, dice Robert Klein, “capaz de desligarse del cuerpo grosero y de establecer o restablecer, sobre todo en el sueño, contactos sobrenaturales”. Los demonios, espectros, etcétera son de análoga naturaleza al ‘espíritu de la imaginación’ en su estado vagabundo.” Mientras la luz es el cuerpo general de las fantasías, en el alma el cuerpo está compuesto de espíritus. Uno es su cuerpo en términos de una ontología de las imágenes en general, el otro su cuerpo en su presencia específica en nuestra psique y nuestra temporalidad.

En sentido general, los espíritus serían un vehículo casi material que transporta los mensajes del cuerpo al alma y del alma al cuerpo. De ellos dependen lo mismo la digestión, que recordar la imagen de la amada cuando pensamos en ella. Gracias a ellos, las imágenes se hacen presentes dentro de nosotros y pueden ser creadas o modificadas por nosotros mismos; los espíritus serían un modo de darle nombre a la parte corporal de la fantasía.

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