De cómo Dios, siendo luz, crea la sombra

Por: Ernesto Priani Saisó

Compartir este texto:

Ficino considera que el origen de las fantasías es, como ocurre con todas las otras cosas del mundo, Dios. Una afirmación así de contundente exige, sin embargo, que la maticemos un poco: si las fantasías existen y, por decirlo así, conforman un reino propio, es porque son nacidas de la misma forma que todo lo demás. Pero no imaginemos a Dios creando en siete días el día y la noche; el cielo, la tierra y el mar, y todas las cosas y las criaturas que habitan el cielo, la tierra y el agua, y, a la vez, creando las imágenes de todas y cada una de esas cosas creadas, tal vez en los siete días siguientes. En el fondo, como explica Michel Allen, Ficino no está convencido del todo de que las imágenes sean obra directa de Dios, porque sería casi como atribuirle una voluntad deliberada para engañar a los hombres. Pero sí cree que la creación fue hecha de tal forma que en ella hay agentes que generan las imágenes de manera independiente de las cosas.

Marsilio Ficino concibe la creación en términos de luz. En muchos de sus escritos, recurre una y otra vez a la analogía de la luz con el poder divino para explicar cómo se transmite y se expresa la voluntad de Dios en toda la creación. Por ejemplo, en una de sus primeras obras, el tratado Sobre el amor escribe que “[…] no sin razón Dionisio compara a Dios con el sol. Pues, así como el sol ilumina y calienta los cuerpos, igualmente Dios concede a los espíritus la luz de la verdad y el ardor del amor divino.”

La imagen es clara, de la misma forma que la luz ilumina y calienta, el poder divino da sentido y existencia a todas las cosas. El valor de esta comparación radica en la forma en que describe la acción divina: como capacidad de ordenar y producir sentido, y a la vez de vivificar de una manera sutil y sin contacto. A diferencia de Aristóteles, Ficino no piensa en la luz como la cualidad del medio en el que vivimos. Al contrario, con San Buenaventura, la concibe como la primera forma corporal. De hecho, retomando un pasaje del Génesis en De Sole, Ficino sostiene que Dios creó la luz antes que el sol, lo que le da a esta un papel fundamental en el proceso de la creación como fuerza incluso superior a los astros.

En uno de sus últimos tratados llamado Sobre el lumen, Ficino lleva la asimilación de la luz a Dios más allá de la analogía:

Dios es luz, en la que no existe tiniebla alguna, esto es, forma en la que nada es informe; también hermosura en la que nada es deforme. Dios ciertamente, tal como muestra el intelecto, que es Su rayo, es luz invisible, infinita, la verdad misma de la cual cualquier verdad y causa de todas las cosas, cuyo resplandor o mejor aún, su sombra, es esta luz visible e infinita, causa de las cosas visibles.

Al elegir la luz para describir a Dios, Ficino enfatiza distintas cosas. En primer lugar, el carácter positivo de la divinidad: es pura luz, pura forma, pura hermosura. También subraya el carácter invisible y totalizador de Dios, que se manifiesta en lo que vemos, su creación, pero nunca directamente, y lo hace de tal manera que abarca todo lo que existe. La luz denota esto porque, paradójicamente, la propia luz no es visible, pero hace visible las cosas a su paso. De modo que todo lo que se ve, es gracias a su irradiación.

Otras características de Dios que se muestran con la luz son su carácter unitario y su capacidad de llegar de manera continua e indivisible a lo más distante de su creación. Y lo hace del mismo modo que la luz, al irradiar, alcanzado todo lo que ilumina desde un solo lugar. Podemos imaginar, con Ficino, que lo que existe es aquello sobre lo que cae la luz; fuera de ese campo de lo visible, nada sería. La creación sería una unidad formada por el espacio de la luz y Dios no estaría separado de ella, sino que sería constitutiva de la misma en la medida en que es la fuente y la luz.

Pero la luz misma tiene, en el pasaje transcrito, una sombra: “esta luz visible e infinita, causa de las cosas visibles”, el sol. El juego conceptual que utiliza Ficino aquí requiere de una puntualización. Pensemos en el resplandor de la luz sobre el agua; este no es la luz, es un reflejo que ciertamente puede deslumbrarnos, pero que no es idéntico a la luz que lo produce, más intensa y más brillante. Esa es la relación que existe entre la luz del sol que ilumina este mundo y la luz divina. Como la del sol es una luz indirecta, Ficino la presenta como una sombra, es decir, un resplandor cuya capacidad de iluminar está disminuida respecto del original. La sombra tiene el sentido aquí de un doble formado por el obstáculo de un cuerpo que impide el paso directo de la luz, pero que revela la forma del original. Así, el sol revela la forma de una luz mayor (la verdadera luz) siendo solo su sombra. Así, en él el resplandor y la sombra son lo mismo: un juego de luz.

Al igual que el sol, todas las cosas del mundo serían sombras de las cosas verdaderas, reflejos de formas perfectas, que constituyen los ideales y significan las intenciones de todas las cosas. Es decir, cómo son en modo perfecto y cuál es su sentido entre las cosas del mundo. La luz entonces es condición para la sombra, y para la creación del mundo de las cosas, pero también, del mundo de las imágenes.

Este texto forma parte de una serie sobre la fantasía

Texto anterior:https://artefactodeletras.com/aquello-que-no-es-es-de-alguna-forma/

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *