Cuauhtémoc como héroe poético y literario

Por Jesús Gómez Morán
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El tema resulta significativo cuando, por principio de cuentas, reparamos en que el nombre del último huey tlatoani mexica significa “águila que cae” (si bien recientemente Mardonio Carballo en sus cápsulas de “La pluma de la serpiente”, del portal Aristegui Noticias, ha aclarado que su significado debe traducirse como “águila que desciende”). No obstante, esa caída del héroe es justamente lo que lo eleva como tema poético. Dado que Aristóteles planteaba en su Poética como posibilidad suprema de la poesía el de hermosear hechos verídicos, a ello podría sumarse el atractivo que reviste el presentar la glorificación de un héroe que ha sido derrotado. Así, cuando Virgilio retoma en la Eneida la figura de Eneas (héroe perteneciente a la parcialidad troyana derrotada por los aqueos) para reivindicar su grandeza y otorgarle el papel de fundador de la grandiosa estirpe romana, se manifiesta esa otra opción también contenida en la Poética aristotélica, de contar episodios cuya raíz no es necesariamente verídica, pero sí verosímil.
A 500 años de su ejecución (conmemorada el pasado 28 de febrero) encuentro propicio el momento para revisar la huella que ha dejado en la poesía Cuauhtémoc, definido así por López Velarde con sus espléndidos endecasílabos en La suave Patria: “joven abuelo, escúchame loarte, único héroe a la altura del arte”. Pero antes y después que él hay una ilustre prosapia lírica que hizo suyas la suerte y la desgracia del eximio personaje, elevado como héroe nacional de una nación en su tiempo inexistente. Entre lo que podemos calificar como el protocanon de la literatura nacional, el primero sería Carlos de Sigüenza y Góngora en su Teatro de virtudes públicas. Dicha mención resulta destacada porque exalta su heroísmo diciendo “la columna diamantina/ que este rey con persistencia/ abraza, no a la violencia/ o al infortunio se inclina”, octosílabos en los que no dejo de rastrear un resabio de la filosofía neoestoica que dentro de la tradición literaria pusieron en juego dentro de las letras hispánicas, entre otros, Francisco de Quevedo Villegas y Baltasar Gracián en su libro El héroe de 1637. Una noción de heroicidad pues, que rebasa el propósito de conseguir la victoria en la misión emprendida, dado que su objetivo se sustenta en la altura de miras, en los valores (virtudes políticas para Sigüenza) que se abanderan.
Eso por un lado; por el otro, el propósito del polígrafo novohispano es empezar a sentar las bases, puesto que sería muy aventurado decir de un nacionalismo criollo, de un desmarque con respecto a los referentes imperiales españoles, obviamente a contracorriente de los varios poemas épicos que proliferaron durante el virreinato, constituyendo lo que se conoce como el ciclo cortesiano, con poemas como Cortés valeroso (1588) de Gabriel Lobo Lasso de la Vega, El peregrino indiano (1599) de Antonio de Saavedra, el Canto intitulado Mercurio (1623) de Arias de Villalobos, e incluso, ya bien entrado el siglo XVIII, la Hernandia (1755) de Francisco Ruiz de León. No está de más recordar que durante todo este tiempo el héroe por antonomasia fue el conquistador extremeño y la principal fecha festiva el 13 de agosto, día de la capitulación del imperio mexicano. Traer a cuento al héroe vencido del otro bando, en términos literarios, anticipa lo que sucederá tras el alzamiento independentista con la lucha entre las dos vírgenes: la Guadalupana, del lado insurgente, y la de los Remedios, defendida por el ejército realista.
De esta forma, como sucede con otros íconos de procedencia indígena (uno de ellos justamente el de Guadalupe Tonantzin), Cuauhtémoc formará parte del panteón de los criollos ya con afanes separatistas y, en su momento, una vez consumada la Independencia será expropiado por el sector mestizo, tal como lo señala José Emilio Pacheco en su estudio introductorio a la antología Poesía mexicana 1810-1914. Y el crédito de dicha acción le corresponde a Ignacio Rodríguez Galván, con su magistral poema “La profecía de Guatimoc”. El mérito del poeta tizayuquense no es menor: en su composición, de carácter más o menos dramático (tanto por el dramatismo infundido como por su estructura dialogada), acude al recurso nigromántico de hablar con los muertos, probablemente tomado de las Noches lúgubres (1789) del español José Cadalso, quien a vez es subsidiario de su uso por Edward Young en Nights Thoughts (1743) y de otros autores ingleses llamados los poetas del cementerio. En dicho poema, Young se dirige al cementerio a invocar el espectro de su hija, mientras que en el suyo Cadalso con quién busca entablar contacto es con la mujer amada (lo cual, ahora que recuerdo, también relata Sexto Propercio en sus Elegías al conjurar el fantasma de su querida Cintia). Rodríguez Galván sublima este propósito personal y lo vuelve una misión patriótica, reconectando con el antepasado indígena (no sin reconocer la brecha, especialmente lingüística, que los separa) y confiriéndole al espectro de Cuauhtémoc la facultad de anticipar el porvenir del país recién independizado del yugo español.
De ahí en más la lista la engrosan José Peón del Valle y Eduardo del Valle, pasando por autores extranjeros como José Santos Chocano y Pablo Neruda en su Canto general. Todos ellos, hasta llegar al mencionado López Velarde quien toma al héroe indígena desde el tono que le da su épica sordina, abonan para este apuntalamiento realizado por el Estado mexicano como uno de los próceres de la nación, quizás el más ancestral (de ahí la imagen del “joven abuelo”). Quizás parte de esa veneración velardeana le fue transmitida a Carlos Pellicer quien dedica tres odas a Cuauhtémoc (una de 1923, apenas dos años después de la aparición de La suave Patria, otra de 1944 y la tercera de 1962), aunque el tono de tales composiciones guarda un parecido a las exaltaciones patrias porfirianas y modernistas, amén de replicar el papel profético de Rodríguez Galván en uno de sus mejores pasajes dice:
Cuauhtémoc salió de las rocas,
su corazón chorrea lava
su silencio es de diamante. […]
Cuauhtémoc salió de las rocas
desnudo como el rayo de la nube.
Por último, Víctor Manuel Mendiola con su poema Papel revolución (2000), se enfoca en trabajar la efigie del tlatoani, plasmada en las antiguas monedas de 50 centavos, como parte de los recuerdos de una etapa escolar.
Y ya que me refería a su repercusión allende las fronteras, será precisamente un escritor de habla extranjera el primero en consagrar a Cuauhtémoc como personaje literario. Me refiero a Michel de Montaigne con su ensayo “De los coches” (1588), de una modernidad realmente inusitada, pues tuvo la lucidez de conferirle a él y al último gobernante inca, Atahualpa, virtudes de valentía e integridad que los europeos de su época sólo reservaban para sí. Me parece ilustrativo y digno de citar el fragmento en cuestión pues, aparte de narrar todos los episodios conocidos de la gesta del último tlatoani, pone en la pluma del autor francés valores que con el paso del tiempo habrán de resaltar nuestros propios poetas panegiristas: “como no encontraron, tras la victoria, todo el oro que habían previsto, después de removerlo y registrarlo todo, se pusieron a buscar información aplicando las torturas más violentas que se les ocurrieron a sus prisioneros. Y, dado que no obtuvieron ningún provecho, pues toparon con ánimos más fuertes que sus tormentos, se enfurecieron hasta tal extremo que, en contra de su palabra y de todo derecho de gentes, condenaron al rey mismo, y a uno de los principales señores de su corte, a la tortura, en presencia el uno del otro. Este señor, viéndose forzado por el dolor, rodeado de brasas ardientes, en el momento final volvió lastimosamente la mirada hacia su amo como para pedirle perdón pues ya no podía más. El rey fijó orgullosa y severamente los ojos en él, como reproche por su cobardía y pusilanimidad, y se limitó a decirle estas palabras con voz ruda y firme: «Y yo, ¿estoy en un baño?, ¿acaso lo estoy pasando mejor que tú?». Aquel hombre, muy poco después, sucumbió a los dolores y murió allí mismo. Al rey, medio quemado, se lo llevaron de allí no tanto por piedad —pues ¿qué piedad sintieron jamás unas almas tan bárbaras que, por la dudosa información de algún vaso de oro que robar, hicieron asar ante sus ojos a un hombre, aun más, a un rey tan grande en fortuna y en mérito—, sino porque su entereza volvía cada vez más infame su crueldad. Más adelante lo colgaron, tras haber intentado liberarse valerosamente mediante las armas de una tan larga cautividad y sujeción, de suerte que su fin fue digno de un magnánimo príncipe”.
Por último, a modo de una comparativa heroica, casi hierofánica (de hieros, sagrado), Dionisio de Halicarnaso narra que tras “una dura batalla perecieron Latino, Tirreno y otros muchos, y vencieron a Eneas y sus hombres” y después da cuenta cómo “al llegar la noche, los ejércitos se separaron, y como el cuerpo de Eneas no aparecía por ningún sitio, unos imaginaban que había ido con los dioses, y otros, que había perecido en el río junto al que se desarrolló la batalla. Los latinos le construyeron un templo con la siguiente inscripción: ‘Al padre y dios de esta tierra, que dirige la corriente del río Numicio’”. La vaguedad para establecer dónde fueron a parar los restos mortales del héroe consagrado luego de ser vencido, no puedo menos que compararla con lo acontecido con su par mexica, Cuauhtémoc (cuya tumba fue localizada en 1949 por la historiadora Eulalia Guzmán en Ixcateopan, Guerrero), pero más allá de tal punto, hasta la fecha digno de controversia, lo cierto es que una parte significativa de su engrandecimiento está sustentada en considerar a la progenie de ambos paladines como fundadoras de una gran nación, y el propósito medular de los poemas aquí mencionados contribuyeron en gran medida a apuntalar dicha idea.
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