Pretextos. Cuatro de…

Por: María del Valle

Compartir este texto:

Lady Madona

En un recorrido reciente por distintos museos de pintura me llamaron la atención los cuadros que retrataban mujeres y en particular los roles en los que estaban representadas. En ninguno de todos los cuadros que vi aparecen hombres cargando niños, siempre son las madonas, las vírgenes, las reinas, las princesas, las doncellas… siempre las mujeres. Caminando por una de las salas tuve un pensamiento poco elegante: seguramente las mujeres que fueron retratadas en estos lienzos, cubiertas por los bellísimos mantos que con tanta destreza los grandes maestros se esmeraron en plasmar experimentando geometrías, colores, claroscuros y texturas en los pliegues y las caídas de las telas; terminarían en más de una ocasión cagadas o meadas por los niños dioses, principillos y reyezuelos que cargan en sus regazos. Desde luego la ternura suele cobijar ciertos recuerdos, mucho más cuando de maternidades se trata, así que me acordé de una mañana en la que mi hijo Luciano dejó huellas impresas de miel de maple en mi inmaculada camisa blanca al recargarse en mis hombros y de la canción de los Beatles en la que el cuarteto de Liverpool cantaba: “Lady Madonna, children at your feet, Lady Madonna, baby at your breast, Lady Madonna lying on the bed…”

Y así como en la vida real las mujeres, además de maternar o acabar “embarradas”, protagonizamos otros actos heroicos de los que también queda constancia en las canciones, la literatura o la pintura, me encontré con los lienzos en los que Caravaggio, Artemisa Gentileschi y Goya representaron la misma alegoría: a la valiente Judit que ha decapitado a Holofernes para evitar que éste atacara su ciudad. La proeza de la dama en cuestión, que a simple vista podría parecer una maldita villana si uno no conoce la historia bíblica que dio pie a la creación de estos cuadros, queda inmortalizada por estos tres artistas que la representan como una heroína.

Pero más allá de que corramos con la suerte de salvarnos de ocupar el papel de villanas en algún momento de la historia, este no es el único rol con el que se nos ha etiquetado en alguna obra de arte o forma de expresión humana —ya en otra ocasión he hablado de como el discurso patriarcal ha querido únicamente registrar las heroicas hazañas masculinas intentando limitar así las posibilidades de las mujeres a ser graciosas, sumisas, devotas, maternales o sexys y deseadas—. En este “intento” también hemos sido retratadas como objetos sexuales, pecadoras, paganas que son ajusticiadas, saldando culpas ajenas o pagando merecidos castigos, como mártires, oscuros objetos del deseo o erotizadas; niñas y doncellas protagonizan escenas que oscilan entre la virtud y la lujuria, la sumisión y las perdiciones. Lo cual me lleva a preguntarme cuánta pederastia y abusos se habrán concretado antes de que los trazos que hoy admiramos en estas representaciones artísticas fueran considerados como obras maestras.

Entre los pasillos de estos santuarios de la humanidad me topé también con la Lucretia de Cranach, pintada en 1533, quien aparentemente se mata a sí misma después de haber sido violada y con dicha acción salva su honra buscando pasar a la posteridad como una mujer honorable que no puede seguir en el mundo después de tal afrenta; con la obediente Salomé, hija pródiga que para complacer a su madre, le pide a Herodes la cabeza de San Juan Bautista, con las musas de Mucha que pareciera que encarnan las bellezas del mundo, la sexy Judith de Klimt, las provocadoras pelirrojas de Schiele o unas triunfantes espartanas desnudas que reemplazan a los hombres de su clan en la defensa de su ciudad ante el ataque de los mesenios.

Pienso en el diálogo final de la película Una Eva y dos Adanes cuando Daphne que en realidad es “Jerry”, interpretado por Jack Lemmon, le confiesa a Osgood Fielding, personaje al que da vida Joe E. Brown, que no se puede casar con él y enlista todos los motivos que se lo impiden. Sin embargo, para su enamorado ninguna de las razones expuestas es suficiente ante lo cual Daphne, desesperada, termina confesando: “¡Soy hombre!”. A cuadro Osgood continúa manejando la lancha de motor con absoluta parsimonia y sin quitar las manos del volante y con una sonrisa en los labios responde: “Bueno… hay cosas peores”.

No todo está perdido, hay ocasiones en las que las circunstancias parecieran redimirnos, me parece que ejemplo de ello son algunos de los cuadros aquí mencionados en donde las mujeres no solamente quedan constreñidas a representar lo “ínfimo” o lo “insignificante”. Tal vez es momento de repensar cómo hemos venido construyendo la historia y para que las mujeres podamos ser las protagonistas de otras circunstancias, para no estar encasilladas en los “peores” roles, es importante seguirlo recordando, nombrarlo para que deje de suceder.

Les recomiendo leer “Monjas escritoras en la Nueva España. El habla sin habla” de Margarita Peña y el trabajo de Daniela Pastor Téllez “Las virreinas. Mujeres y poder en la Nueva España de los siglos XVI y XVII”, este último editado por Bonilla Artigas, 2023.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *