Cómo escribí algunos de mis sonetos (VIII)

Por: Dan Russek
Compartir este texto
Del mal poeta y del buen poeta
Si se trata de sonetizarlo todo, la poesía misma –sus amenos paisajes, la flora y fauna de su ecosistema, sus monstruos y milagros– ocupa un lugar destacado en la lista de temas. Entre los primeros sonetos que escribí –allá por el lejano año de 2021, en tiempos de pandemia– se cuenta una composición al mal poeta. Ello prueba de que este dudoso interés mío ya tiene cola que le pisen. Pronto le siguió un soneto al buen poeta. A fines de 2023 reincidí con otro poema al mal poeta, esta vez con una petición no por educada menos impaciente.
Entre el mal poeta y el buen poeta se extiende, como entre el blanco y el negro, el amplio espectro de lo gris. Negro y blanco son meras figuras del discurso: el mal poeta, en tanto creador que consistentemente escribe malos poemas, es capaz de un poema, si no bueno, decente. Y el buen poeta, sobre todo si es prolífico, habrá escrito más de un poema de cuestionable factura.
Es fácil burlarse del mal poeta. Guillermo Sheridan, eminente satirista, ha dedicado una implacable semblanza a la dudosa figura del bardo y su lugar en la cultura nacional (véase “El pueta” en Lugar a dudas, Tusquets, 2000, pp.82-88). En boca de la gente decente, el poeta se convierte en pueta, que “es como maistro en lugar de maestro: hay un desdén implícito, una condescendencia que separa al portador en una categoría aparte, pero no envidiable.” Entre los atributos que caracteriza al pueta en la percepción popular se cuentan (cito libremente), el ser un personaje incómodo, donde se asoma algo subrepticio, incriminatorio, disimulado; el mostrar una confusión vocacional donde hay más afición que oficio; el connotar un calificativo casi peyorativo, el ser el bohemio, “raro”, desempleado, inútil, ente vagabundo de melena relamida, aliento alcohólico y aire distanciado… Nada prometedor puede esperarse de un personaje tal.
Mi “Soneto al mal poeta” aparece en Dones del día (p.20):
El mal poeta impune poetiza,
plasma un sentir del todo irrelevante
y tristes trabalenguas estiliza
a fuerza de pamplina galopante.
Como vulgar bardo que martiriza
el sentido de modo espeluznante,
así la lengua mengua y agoniza
ante el embate de lo exasperante.
Los silencios del alma son mejores
que el timbre de esos vanos estertores.
Sea siempre la música que labras
un órfico homenaje al universo
y que no sea tu sinuoso verso
un vacío repleto de palabras.
Me interesa menos la apariencia del poeta y más sus cuestionables dones expresivos. Eso de que “impune poetiza” significa que sus versos (crimen de lesa musicalidad) no hallan en las instancias correspondientes su debido castigo. Lo de que el poema “plasma un sentir del todo irrelevante” hace eco de aquel sentimentalismo romanticón que consigna Sheridan, y se explica por sí mismo: “plasmar sentimientos” responde a esa ingenua idea de la poesía que se hacen los ingenuos (jóvenes postadolescentes, señoras de edad madura que acaban de descubrir la poesía) según la cual asoma un prurito interno (un sentimiento) que el arte se encarga, o debería encargarse, de registrar (como si fuera plasta de óleo en el lienzo de la página). Pero el éxito de tal empresa parece no depender de ninguna pericia verbal, sino de la enjundia de las emociones (ya Valery escribió que la poesía no se hace con sentimientos, sino con palabras). Lo que sigue en mi soneto –“tristes trabalenguas estiliza”—responde a los llamados galimatías, donde las palabras se atrabancan con un intento estetizante, pero sobre todo malogrado. Todo motivado por una “pamplina galopante”, que envuelve un conjunto de términos que no iluminan nada de nada, sino todo lo contrario.
En el segundo cuarteto me permito, sin mayor vergüenza, una referencia sarcástica, también echando mano de la hipérbole. Escribo: “vulgar bardo que martiriza”, como si el poeta, muy lejos de ser il miglior fabbro, no solo hiere el sentido, sino que casi se solaza en su cruel proceder (“de modo espeluznante”, al estilo de película de terror, clasificación B). Tanta ineficacia estética y comunicativa acarrea consecuencias: “la lengua mengua y agoniza”. Así lo dictamina Borges, quien en “La supersticiosa ética del lector”, del libro de ensayos Discusión, señala que las imprudencias del escritor “causan una depreciación del idioma”. El poeta fracasa en eso que debería, por encima de todo, hacer bien, a saber, hacer más puras las palabras de la tribu, dicho sea poéticamente.
Si la burla no fue suficiente en el segundo cuarteto, el primer terceto eleva el tono y empieza a tambor batiente (o vatiente: trátase aquí de un vate, ahora bardo vulgar) con un contraste por demás cortante. Siguiendo el tema de lo espeluznante, estamos como en un cuarto de hospital, donde el mal poeta, dando muestras de su mal oficio, emite, in extremis, horrísonos sonidos:
Los silencios del alma son mejores
que el timbre de esos vanos estertores.
Terminante manera de diagnosticar: si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, mejor no digas nada…
El “Soneto al buen poeta” empieza donde termina el “Soneto al mal poeta”: con una advocación a Orfeo, santo patrono de músicos de toda laya y condición, e ideal poético por excelencia. Si sólo diéramos con las notas musicales que se acompasen con las del cosmos en su secreta armonía, otro gallo nos cantara… Dice el susodicho (en Dones del día, p.21):
Sea siempre la música que labra
un órfico homenaje al universo.
Que tu obra emprenda el curso más diverso
cuando afirma su ritmo la palabra.
Permite que el sonido sutil abra,
con un poder que afianza lo disperso,
la puerta del castillo en niebla inmerso
con el hechizo de su abracadabra.
El fuego en el hogar tu voz mantiene
contra el viento y la marea que embiste
el baluarte interior que se sostiene
en la polifonía que lo asiste.
Faro enhiesto o morada de artificio,
el poema es del alma el edificio.
La música es la clave que le abre las puertas al alma a una morada más acogedora, más noble, más cierta… aunque ahora no estoy del todo convencido de la concatenación de algunas imágenes, no desapruebo el motivo que concluye la composición, con esa aspiración a que el “edificio del alma” (puestos a espacializar lo espiritual) sostenga su virtud en virtud de la poesía.
El segundo soneto al mal poeta atempera el tono del primero. Esta vez incluye un breve pliego petitorio, a la manera de esos puntuales y en general ignorados pliegos petitorios que los huelguistas incluyen en su ultimátum a los dueños de la empresa, o los rebeldes al autoritario gobierno en turno. Como en esos casos, el mío tiene pocos visos de hacerse realidad, pero no sobra que lo consigne por escrito, para referencia futura. Dice el “Soneto al mal poeta, con breve pliego petitorio” (Dones del día, p.32):
Dame, poeta, un poema rotundo,
uno que me conmueva, luminoso,
que en su brevedad sea majestuoso
y de emoción agraciada fecundo.
Pero leo tu texto y lo hallo inmundo,
mezcla de lo banal y de lo soso,
superficial, absurdo y vergonzoso…
Prefiero el estertor de un moribundo.
Exagero, colega: mi sarcasmo
me gana. Desconfiado soy de tanto
poema que me deja en el marasmo.
Escribe un día uno cabal, viable,
uno que ya no inspire triste llanto:
sólo uno, meramente memorable.
Aquí pongo las cartas sobre la mesa: te pido, mal poeta, un buen poema: los tiempos no exigen menos. Encuentro, mal poeta, tu texto lamentable, intrascendente e insignificante (vuelvo a aquello del “vacío repleto de palabras” de mi primer soneto). Perdona, mal poeta, mi sarcasmo (lo hallo a veces más fuerte que yo: así la vida y sus vicios). Intenta, mal poeta, escribir un poema cabal y viable: bien hecho, legible…Aspira a escribir un poema memorable. No pido mucho (¿o sí?): uno que quede rondando en el recuerdo, que no se disuelva en el olvido casi tan pronto es leído, que me invite a volverlo a leer con gusto. Nada más eso, si no es mucha molestia. Por tu atención, muchas gracias.



