Cómo escribí algunos de mis sonetos (VII)

Por: Dan Russek
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Más acerca del mal poema.
Así como los filósofos postulan teorías del error, en la medida en que la búsqueda de la verdad implica la equivocación, así en la búsqueda del buen poema es imposible no toparse con el mal poema.
Por más tentador que resulte, no intentaré aquí una teoría del mal poema (mejor así: me alecciona mi amada musa a que mejor me dedique a la tarea de escribir buena poesía). Será que le doy vueltas al asunto con el fin de disipar mis temores de llegar a escribir un día (¡protégeme, musa amada!) un mal poema… Sea de ello lo que fuere: aquí algunas notas que le dan vuelta, reiteradamente, al asunto.
¿Qué actitud tomar ante el mal poema: la indulgencia o la exigencia? Si es lo primero, ser indulgentes nos permite comprender que el mal poema es un producto fallido, pero no del todo desechable, en la medida en que bien puede ser expresión de un determinado momento en el proceso de aprendizaje del poeta. Podrá, un día, redundar en un texto mejor. Si es lo segundo, a la exigencia le importa la obra en su estado final. Descartaremos sin consideración la obra que no alcanza cierto estándar de excelencia.
El mal poema, “borbollón sin forma” (Zaid), es una suma de carencias. Escribí en mi soneto alusivo: tu, mal poema, “fallas en la música y en el tema”. Y tal vez más: en las imágenes particulares, en el efecto general… El poema fracasado puede ser un muestrario de fracasos, en la misma medida en que el organismo vivo muere por un fallo multisistémico. Sobre todo: el poema falla si deja de proveer al lector una razón poética de peso que justifique la existencia del poema. Extremando el asunto: si a la pregunta “¿Es el mundo un lugar mejor por este poema?”, las respuestas son (a) no, (b) no sé, (c) no lo había pensado, o (d) no me importa, habrá que considerar seriamente el cesto de basura o el bote de reciclado como destinos últimos del texto.
El mal poema a veces no es lo que parece. Y es que, visto desde una perspectiva que no es, idiosincráticamente, la nuestra (la mía), bien puede abrir perspectivas inéditas. El mal poema a veces no es lo que parece. Y es que, visto desde una perspectiva que no es, idiosincráticamente, la nuestra (la mía), bien puede abrir perspectivas inéditas. No será la gran cosa, pero contiene imágenes que no hubiéramos imaginado, un chisporroteo de ideas no del todo trivial, una como sugerencia de mundos posibles… Y sin embargo, aun estas concesiones no hacen del poema en cuestión un buen poema. Hallo, con demasiada frecuencia, que la falla sustancial radica en la composición, es decir, el arreglo de las partes, el poner una palabra tras otra, tras otra, tras otra, con un concepto detrás que vaya articulando de modo interesante, o sugerente, o sorprendente, lo que el lector va descubriendo en el acto de lectura. A veces hallo que muy temprano en el poema –hacia el tercer verso, digamos– la estructura que soporta la obra empieza a cuartearse: los elementos no armonizan y no hay manera de arreglar el desacierto.
Si un mal poema es realmente un muy mal poema, o un poema pésimo o, en la insigne frase del señor Taibo Segundo, “horriblemente asqueroso de malo”, habrá que considerar la pertinencia de aplicarle la categoría de poema.
Cierto que lo que parece mal poema puede ser un comentario satírico o sutil sobre la mala poesía (a la manera del divertimento K 522 de Mozart, una broma musical). Estos casos son más bien excepcionales.
Se ha dicho ya, pero lo diré de nuevo: no hay que confundir el mal poema con el poema que meramente no nos gusta, como si todo en poesía y estética fuera mera reducción al caprichoso juicio subjetivo. Hay un gusto que se va constituyendo, que forja carácter (así de plano), que afina el juicio, que labra las tablas del oficio y (agregaré, a riesgo de caer en una petición de principio) que deriva en intuición certera.
El mal poema a veces se convierte en un buen poema, o en un poema pasablemente bueno, o en un poema con pasajes o elementos rescatables, si hay un comentador que muestre que vale la pena reconsiderar lo que nos ha parecido malo.
El mal poema es, en sí, irrelevante. El problema es el mal poema publicado, distribuido y leído que, en última instancia, nos hace perder el tiempo con su irrelevancia. De malos poemas está empedrado el camino al Cielo de la Poesía.
El mal poema –publicado, distribuido y leído —puede ser celebrado en sociedad, sobre todo entre amigos, familia y conocidos del poeta, con expresiones del tipo “¡Qué buen poema!”, “¡Qué interesante!”, “¡Felicidades!” u otras expresiones similares que buscan ante todo subirle el ánimo o reforzar la estima del poeta.
Si el asesinato puede ser considerado una de las bellas artes (De Quincey), la poesía puede ser considerada una de las ramas de las relaciones públicas. La poesía viste, sobre todo para quienes viven, desnudos y a la vista de todos, en la intemperie del Arte.
El mal poema es producto de lo que, convencionalmente, llamamos “mal poeta”. No hay que exagerar en la descalificación que parece implicar ese juicio. Y hay que aclarar que un mal poeta no es una mala persona (per se), hasta que no se demuestre lo contrario.
Si el mal poema es producto de lo que, convencionalmente, llamamos “mal poeta”, ello se debe a que el mal poeta comunica o imprime su ineptitud como artista a su criatura. Cierto que no todo mal poema tiene como origen un mal poeta: buenos poetas han escrito poemas malos, o al menos muy regulares. Malos poetas habrán escrito, aquí, allá o acullá, un poema pasablemente bueno. Conservar estas nociones generales para efectos didácticos no es del todo inútil.
Pocos, muy pocos poetas toleran saber, tras la lectura de sus poemas, que alguien ha determinado que sus poemas son malos. Pocas cosas pueden doler tanto en la vida como ser conocido como un mal poeta… Una razón de ello cabe atribuirla a lo que el Romanticismo (entendido como ideología civilizatoria) ha creado: la elevación del individuo al rango de sublime centro sentimental, sensible, sensitivo (para decirlo con Rubén Darío). Dotado de un alma con tales cualidades, la persona busca expresarse, y la poesía resulta ser la expresión de su emotivo mundo interior. En esas circunstancias, decirle sin más a un poeta “¡Qué mal poema escribiste!” es casi equivalente a la devastación de los fundamentos de su universo, como la destrucción a martillazos de los ídolos para el idólatra, la quema de la Torá para los judíos piadosos, el saqueo a saco del Vaticano para los católicos, la reducción a polvo, para los musulmanes, de la Piedra Negra en la Gran Mezquita en La Meca: en suma, un artero ataque a los más sagrado.
En próxima entrega diré más sobre el mal poeta, y sobre el buen poeta también.
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