Cómo escribí algunos de mis sonetos (VI)

Por: Dan Russek
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Del mal poema como inspiración para la poesía
Y están los poemas malos. Pensemos en esos libritos primerizos, delgaditos, baratones, tristes de tan humildes. Dejemos de lado la portada, con su ilustración entre insípida e insignificante. Dejemos de lado la editorial, sumamente desconocida. Uno puede leer página tras página sin hallar ni por asomo una chispa de poesía… Una chispa, tal vez, pero no un poema entero. Verso tras verso surge una pregunta: ¿dónde quedó la poesía en este libro de poemas?
Nadie me ha pedido que me erija en bastión de la resistencia ante la impenitente producción de malos poemas. Mi rechazo, quiero pensar, no es mero capricho. Asumo que esta antipatía se debe, entre otras razones, a una reacción ante mi (absurda) sobrevaloración del arte. En mi inocencia, me gusta pensar que la poesía (pongámosla en mayúscula, se lo merece: la Poesía) es cosa sublime, gran promesa, aspiración a lo más alto de la expresión humana (incluso ahí en sus ejemplos más mínimos o inmediatos). Así, cada poema malo resulta ser no peso muerto o pérdida de tiempo: es un obstáculo a la marcha hacia la realización de la Poesía-como-Ideal-del-Espíritu (estampar aquí un “¡ni más ni menos!”). El contraste se plantea de modo claro: la palabrería insulsa que pasa por poema se vuelve enemiga, no de la Humanidad o las Humanidades, pero sí de una de sus eminentes metas.
¿Pero qué es un poema malo? Sin mayor disquisición, cabría decir: el poema malo es el que no me gusta y el poema bueno es el que me gusta. En la edad del like, del dislike y demás puntuales señalizaciones de lo emocional, nadie dirá que en ello no hay una pizca de verdad. Los críticos literarios no emplean categorías tan burdas, tan bastas, tan bobas, como “bueno” o “malo”. Y sin embargo, bajo cierta perspectiva, a eso se reduce, o puede reducirse, la evaluación crítica: un declarar sí o no, prendido o apagado, siga o alto. No es que no haya medias tintas, pero o estás embarazada, o no lo estás. El poema, también: o está preñado con aquello que conmueve al ánimo, llama a los sentidos, incita a la imaginación o motiva al pensamiento, o es meramente humo, polvo, sombra, nada.
Quienes hayan seguido en México las noticias culturales estos días (escribo a fines de octubre del 2025) se habrán topado con el sabroso escándalo que protagonizó ni más ni menos el director del Fondo de Cultura Económica. En la presentación de un proyecto de promoción de lectura a través de la distribución gratuita de libros, Paco Ignacio Taibo II externó, frente a la mismísima (con a) presidente del país, lo siguiente: “Si partimos de la cuota, un poemario escrito por una mujer, horriblemente asqueroso de malo, por el hecho de haber sido escrito por una mujer, no merece que se lo mandemos a una sala comunitaria en mitad de Guanajuato, ¿por qué hay que castigarlos con ese libro de poesía?”. Verán las lectoras y los lectores que la controversia desatada en prensa y redes sociales tiene como eje la noción de “poema malo”, o en palabras de Taibo, dado aquí a la hipérbole más horrible: “horriblemente asqueroso de malo”. No se hicieron esperar las protestas y los cargos de machismo, misoginia y exclusión por motivos de género. Circularon largas listas de autoras que bien podían haber sido incluidas, con justa razón, en la lista de libros a regalar. Se ha hablado menos, si es que se ha hablado, de aquello que debería estar, acaso, en el centro de la controversia: ¿qué es, desde una perspectiva literaria, un poema malo?
No me detendré aquí a reflexionar acerca de lo que constituye un mal poema. Diré nada más que las artes se alimentan de las artes, incluso cuando las obras resultan malogradas. De ahí que, en mi afán de sonetizarlo todo, no haya excluido como motivo literario el tipo de poema que me disgusta, fastidia o exaspera. Ahí donde el buen poema nos encanta y nos inspira, la mala poesía también puede ser fuente de poesía, en la medida en que lo insustancial, burdo o artificioso nos llama a hacer algo mejor. De ahí el siguiente soneto, que se explica a sí mismo, y que espera encarecidamente no caer en el vicio que critica. Lo pueden hallar en Dones del día (p.31). Se titula “Soneto al mal poema que inspira la escritura de un soneto”. Dice:
Me distraje leyéndote, poema,
pensando en muchas cosas más poéticas
que tus supuestas estampas estéticas
(en la música fallas y en el tema).
Aquí es posible encontrar un sistema
que convierta coplas (no diré eméticas,
sino meramente burdas, patéticas),
en un reto, un artístico problema:
tomar lo inepto, defectuoso y obtuso
(tal cosa casi raya en el abuso)
y transformarlo en luminosa fuente.
Tú, poeta, sé lúcido y escueto.
A lo informe que asedia inicuamente
dale la justa forma de un soneto.
La poética que se asoma aquí es simple: a lo informe que asedia, oponer la justa forma (o la forma justa: a estas alturas, lo mismo da). En la forma misma se halla, sea lo que sea que uno exponga o exprese, lo poético. Quién sabe si el formalismo –no como mero formulismo, sino como marco que posibilita el juego de las palabras– no sea una actitud revolucionaria en estos tiempos de confusión y de caos.
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