Cómo escribí algunos de mis sonetos (IV)

Por: Dan Russek
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Se trata de sonetizarlo todo.
¿Todo? Todo. Bueno, casi todo. Muchísimo. Mucho. Bastante. Un buen. Algo. Un poco. Un poquito. Un poquitito, como quien dice casi nada…
Puestos a aclarar proyectos, una somera visión del mundo, tal como se nos da día a día, bastaría para mostrar que es imposible sonetizarlo todo. No se trataría, por supuesto, de dedicar a cada cosa, o sus partes o aspectos, o a cada persona o cada evento, en toda su complejidad y contexto, un soneto (bonito fuera reproducir punto por punto el cosmos en clave sonetística). Se trata de un ejercicio de inmersión poética, en la que la misión de sonetizarlo todo absorbe lo mejor de nuestra atención y capacidad imaginativa, conocimiento literario, habilidad lingüística y esfuerzo artístico.
Sonetizarlo todo, aun en su imposibilidad, pretende ser algo más que poetizarlo todo. ¿Qué hace el poeta? Si el excavador excava, el piloto pilotea y el curandero cura, el poeta poetiza. Pero son tantas las maneras de hacerlo, y disímbolas y contradictorias y sin consenso en materia de calidad, que en realidad uno no dice mucho al invocar el poetizar como el acto propio del poeta. Más allá de las categorías bajo las que se engloban temas, estilos y técnicas, fraguados por críticos y profesores que clasifican conjunto de textos en movimientos literarios (dolce stil nuovo, barroco, modernismo), queda siempre la especificidad de la obra del poeta particular, poetizando a su modo.
Sonetizarlo todo apunta a un ideal poético. No recuerdo donde leí que Lope de Vega hablaba, o podía hablar, en verso. Cierto que sólo a talentos de su estatura les es dado aliar poesía y vida de ese modo. Pero la aspiración queda ahí. Esa vocación que uno pone en juego cumple el benéfico objetivo de orientar nuestros esfuerzos en materia de expresión, con el fin de que loordinario se vuelva extraordinario. Sabido es que esta aspiración ha sido la de las vanguardias artísticas, en cuanto buscan hacer coincidir arte y vida. André Breton expresa esta perspectiva, en el Primer Manifiesto del Surrealismo, con una frase puntual: hay que tomarse el trabajo de practicar la poesía. Si de eso se trata, alzo la mano y me confieso culpable: ese fue uno de los propósitos que guiaron la escritura de mi libro Ejercicios de mística urbana, convenientemente subtitulado “poesía práctica”. Ahí me propongo desarrollar (en prosa, en verso y en fotografías) una intuición simple y de aplicación general: el mundo que nos rodea –el mundo en su contingencia y su abundancia, en su orden, su desorden y su materialidad—es un espacio donde se despliega sin falla la maravilla de la experiencia estética.
Sonetizar, entonces, es darle forma de soneto a esta relación estética con el mundo. De ahí tanta composición mía que explora lo aparentemente trillado, insignificante o instrumental. Lo que pasa desapercibido se transfigura, visto con los ojos frescos del descubridor de formas (de nuevo, Neruda y sus odas). A su vez, aprovecho la forma del soneto para darle cauce, en muchas ocasiones, a una cierta declaración, una cierta idea, ello en oposición a esa poesía, a veces tan vaga, que plasma sentimientos o se regodea en emociones, o incurre en enrevesadas retóricas sin mayores efectos. Pienso en los sonetos que he dedicado a asuntos como la bandeja, la televisión, la fotocopiadora, las cosas que funcionan, las cosas averiadas, la comida chatarra… En el caso de la bandeja, me permito, vista su indudable utilidad a la hora de acarrear cosas, introducir una idea más allá de la función que el objeto mismo presta. La culpo de complicidad (dicho sea con la debida ironía) a la hora de servir los intereses de malvados personajes cuando, muy a su malvada manera, se sirven de ella. Tanta cosa poco poética se vuelve poética cuando asume la forma del soneto.
Sonetizarlo todo, o casi. Me impongo esta tarea como quien se da una misión en la vida. Como quien descubre una veta y no ve mejor cosa que explorarla, hasta topar con pared, algúndía (también eso, la esterilidad futura, es tema digno de un soneto). Recuerdo aquí el final de El reino de este mundo. Haciendo eco del existencialismo de aquellos tiempos, el narrador de la novela de Carpentier declara, en referencia al protagonista, Ti Noel, el desdichado esclavo que sufre una vida de opresión y desdicha: “la Grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas”. En mi caso, no sé si haya alguna grandeza en esta vocación que he asumido, pero se trata de querer mejorar lo que se es, un soneto a la vez. Y para decirlo como si esto fuera una barata balada romántica, lo que ofrezco es todo lo que soy, todo lo que tengo, lo mejor de mí (y vaya que las baratas baladas románticas, esas que les escurre la cursilería como melosa miel y apelan sin la menor vergüenza al gusto ramplón de las masas, merecen, faltaba más, un soneto). Mientras llega ese día, aquí, en bandeja de palabras, como botón de muestra, el soneto a la bandeja:
Al servir sirves, bandeja leal,
los frutos de la tierra en el festín
con colores de espléndido jardín
El desayuno en el hotel, puntual,
sirves puntual, igual que en el hostal.
El mesero te usa en el cafetín,
eficaz en su rápido trajín,
ya seas de madera o de metal.
Y sirves, ay, al autócrata del día
la grotesca cabeza cercenada
del enemigo en turno que le hacía
sombra a su régimen dictatorial
(la oposición aquí huye en desbandada).
Bandeja, vaya que eres servicial.
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Y si a esta serie de ensayos que comentan mis propios sonetos les agrego comentarios (comentarios a los comentarios) consignando qué me pareció la lectura de mi reflexión? (Ello en clave crítica, por supuesto: nada de autoelogios, totalmente inmerecidos). A eso de “lo que ofrezco es todo lo que soy, todo lo que tengo, lo mejor de mí” le faltaron melancólicos violines de fondo…