Cómo escribí algunos de mis sonetos (II)

Por: Dan Russek
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Antes de dar cuenta de mis propios sonetos, se impone un momento de reflexión:
¿adónde va todo esto?
Antes de empezar, está la tentación de no empezar nunca.
En su ensayo “Proyectos”, en Camera Lucida, Salvador Elizondo, ponderando los rigores de la autocrítica, señala que la misma “no puede conducirnos sino al punto más allá del cual la escritura es imposible, o de vuelta, a la página en blanco”. Lo que se dirime aquí no es esa página (hoy, pantalla) de creatividad paralizada por la falta de ideas, sino lo contrario: una abundancia virtual, un exceso sin medida y que uno anticipa con melancolía, porque sabe de antemano que nunca podrá dar cuenta cabal del mismo. La aspiración al ideal es, se sabe, a la vez imposible e irrenunciable. Ante tal circunstancia, de pronto cobran sentido el prolongado silencio de más de un escritor, o su viaje sin retorno a lejanas tierras, o, mejor aún, su misteriosa desaparición…
Pensaba en todo lo que precede a la escritura de un ensayo que se concibe con escrúpulos de ese tipo: la preparación que requiere, los años (décadas) de estudio, reflexión, erudición, madurez, previsión, pruebas… Es como para no comenzar nunca. Mirar las cosas como son y confesarse, como quien va al meollo del asunto y se rinde ante la evidencia: la vanidad de vanidades todo lo hace polvo. Escribe Pierre Menard: no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Cabe recordar aquí también a aquel arrepentido rabino de Praga, hacedor de un triste esperpento animado: ¿por qué no optar por la inacción, que es la cordura?
Entrados en materia, me entran de inmediato ganas de declarar, no al lector desprevenido, sino a mí mismo, con la portentosa voz del Conde de Lautréamont: “antes de penetrar más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante”. Tantas son las ganas de quedarse en el esbozo de la introducción al prefacio de los prolegómenos del prólogo (¿a cuantos novelistas inéditos ya se les habrá ocurrido eso?).
¿Cuántas vueltas, en mi fuero interno, le daré el asunto? ¿No sería mejor detenerse y decir lo que quiero decir, y punto? ¿A qué tanto regodeo en la digresión? Pensaba en tanto pensamiento ocioso que lo obsede a uno, antes de poner manos a la obra (si esto es poner manos a alguna obra). Empezar es ya casi haber acabado. Poner un pie en un mundo donde todo más pronto que tarde es pasto de la corrupción (¡ah, barroco amaneciste!). O está el caer en los vericuetos de lo recursivo, a la manera obsesiva, agotante que pone en marcha, de nuevo, Elizondo en su grafógrafo: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo.” Yo, mal aprendiz, escribiría: “Escribo sonetos. Escribo que escribo sonetos. Mentalmente me veo escribir que escribo sonetos y también puedo verme ver que escribo sonetos.”
Pensaba, en fin, cómo dar comienzo a mi proyecto… En esta reflexión que me impongo, me venían a la mente una serie de opciones que (unas mejor, otras peor) podrían dar cuenta de mis trabajos futuros:
Cómo escribí algunos de mis sonetos y viví para contarlo.
Cómo escribí algunos de mis sonetos y no morí en el intento.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, asunto de tanta importancia como mis sonetos (o sea, mínima, poca, nula, diría un malicioso lector).
Cómo escribí algunos de mis sonetos, hallando a veces en tal ejercicio literario una profundidad emotiva y una amplitud de miras filosóficas que jamás hubiera creído posible.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, donde me propongo ocultar, disfrazar, difuminar y ofuscar, la verdadera manera en que escribí algunos de mis sonetos.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, donde se revela, aquí y allá, a pesar de mis mejores intentos, algunas verdades sobre el arte de escribir sonetos.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, elevándome a la noble categoría de poeta.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, descendiendo a la triste categoría de poeta.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, sin haber escrito los sonetos más tristes esta noche.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, aunque ese haya sido el último dolor que esto me causa, y esos sean los últimos sonetos que yo escribo.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, en los que alguien, en algún momento, en algún lugar, hallará una chispa de inspiración o gracia que tal vez justifique mis esfuerzos.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, como un niño despreocupado que va al parque a jugar con sus amigos.
Cómo escribí algunos de mis sonetos, sin mayor faramalla, ni bombo ni platillo, ni nada de nada.
Cómo escribí algunos de mis sonetos y sentí, mientras los escribía, ser el hombre más feliz del mundo.
En fin. Comencemos.
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