Cómo escribí algunos de mis sonetos (I)

Por: Dan Russek
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A quien interesarle pueda:
Escribo sonetos. Lo que el lector, la lectora (o el lectore, hoy tan de moda), tienen frente a
su pantalla, es el comienzo de una serie de textos titulada “Cómo escribí algunos de mis
sonetos”.
La costumbre de ser otro resulta tan arraigada en nosotros, que olvidamos con facilidad
las muchas, demasiadas facetas que nos componen. No haré aquí la apología de nuestra
moderada esquizofrenia cotidiana. Sin mayor pena (ni gloria) me desdoblo aquí en un otro que
soy a ratos, tristemente: el crítico de mí mismo que, frente a un teclado, deja saber, a quien
interesarle pueda, algunas de las causas, condiciones y contextos de la escritura de sus poemas.
Se tratará de una miscelánea que cubra lecturas, memorias, ocasiones, conversaciones, ideas,
estrategias e inspiraciones.
Por lo pronto, quede invitado el lector a echarle un vistazo a los prólogos con
los que comienzan mis dos recientes libros de sonetos: Dones del día. Noventa y seis sonetos de
ocasión, publicado por Bonilla Artigas Editores en 2024, y Nuevos dones del día. Ochenta y
cinco sonetos, bajo el sello de El Tucán de Virginia, en 2025, ambos en la Ciudad de México.
Entresaco a continuación algunos pasajes de las introducciones de ambos libros. Queda ahí de
manifiesto el proyecto general al que me he abocado.
Un motivo central inspira esas colecciones de sonetos: hacer poesía con el material de
todos los días. Entre la variedad de temas, los lectores hallarán la pasión irrenunciable por la
belleza, el atractivo horror de lo monstruoso, la alabanza a la vida, un lamento por las cosas
descompuestas y un elogio a las que funcionan. Hay sonetos de amor, sonetos filosóficos y
sonetos deportivos. Hay perspectivas trágicas y notas minimalistas. Hay un soneto al carpe diem,
en compañía de Sor Juana. Hay hedonismo. Hay poemas elevados y cómicos, hay los que son un
bálsamo reparador y otros que pintan el terror de la más honda angustia. Hay agradecimientos a
mansalva, sarcasmos, sentidas declaraciones de pasmo, y un soneto, uno, que es como tocar a las
puertas del Cielo (no exactamente a la manera de la canción de Bob Dylan, a quien, dicho de
paso, le dedico uno de mis más sentidos sonetos). Más allá de que esa puerta celestial se abra o
no, no habría que aspirar a otro cielo que el del poema en la maravilla de su progreso (algo diré
al respecto en futuras entregas). En términos de procedimiento, baste declarar que si algo priva
(incluidas la facilidad y la torpeza), es un deleitoso afán de juego. De ahí el libre uso de lo
socarrón y burlesco, tal como se muestra en la excesiva extensión de algunos títulos y la mofa
que me inspiran algunos personajes famosos.
La mayor parte de mis sonetos responde a eventos puntuales. A veces son fruto de
encargos espontáneos. He dedicado sonetos a algunos políticos y a la política misma. Con
resignación reconozco que pocas cosas puede hacer un poema –incluso un poema logrado– para
cambiar el curso de los acontecimientos. Al menos sean esos sonetos un modesto testimonio de
nuestros días.
Si bien los poemas responden a ocasiones particulares, a la vez aspiran a trascender su
circunstancia. Lo que los motiva, al tener visos de permanencia, se convierte en condición.
Composiciones que deploran la estupidez humana o la explosión demográfica (dos de mis
enemigos imaginarios favoritos), dejan adivinar que lo expuesto tiene, a mi parecer, un arraigo
profundo, una suerte de infeliz constancia. Y pensando en constantes, el alto amor a la poesía, al
arte y sobre todo a la música, se afirma en diversos sonetos con distintos acentos, pero con una
misma, inequívoca, inquebrantable convicción. La perdurable loa a la poesía se propone como un
humilde antídoto a la estolidez de nuestros tiempos. Que los momentos de edificante placer
abstracto que espero ofrezcan mis poemas, opere su virtud sobre los lectores.
Noto en algunos pocos sonetos un retintín o tufo moralista. Lejos de mí la intención de
decirle al prójimo lo que debe pensar o hacer. Considérese tal impresión como una mera
posibilidad de la exposición poética. A veces, con más frecuencia de lo que podría imaginarse,
sucede que las palabras toman la palabra y hablan por nosotros, y uno acaba diciendo algo que
no tenía del todo intención de decir. Nos sorprenden, como si fueran obra de alguien más
inteligente o decidido… Me viene a la mente un ejemplo, donde lo que expongo en el soneto va
en contra de lo que en el pasado eran creencias mías muy arraigadas. Mi propio soneto de pronto
me resulta más brillante que yo mismo… El mero juego con las palabras nos ofrece perspectivas
(digamos) filosóficas que nunca hubiéramos sospechado.
Luego de ya varios años (para mi permanente sorpresa) de escribir sonetos, veo con
claridad un ideal que se asoma en mi esfuerzo. Se trata de una aspiración que la pedestre vida,
con sus cuidados, frustraciones y amarguras, suele vedarnos. Ese ideal me invita a
soñar con abandonarlo todo y no hacer nada sino escribir sonetos todo el día, todos los días,
ejerciendo como un asceta una vocación total, sublime, absurda. Adivino que a ciertos poetas los
domina en algún momento un afán hiperbólico (digamos místico) de querer poetizarlo todo. No
dejar objeto, persona o suceso que la palabra no transfigure con su canto. Sobre este impulso,
escribe Neruda en “El hombre invisible”, poema que abre sus Odas elementales: “Todo me pide /
Que hable, / Todo me pide / Que cante y cante siempre”. Y si bien no hay certeza de que el
resultado de tal tentativa sea medianamente aceptable, no sobra intentarlo.
En suma, entre la crítica, la anécdota y la invención, procederé en este espacio, con la
azarosa metodología que ofrece la libertad del momento, a dar cuenta de mis propios sonetos. A
quien interesarle pueda.
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