Ciudades nocturnas: entre el ocio, el trabajo y la desigualdad.

Por: Alejandra Trejo Nieto*

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Las ciudades no se apagan al caer la noche: se transforman, cambian de rostro. El tránsito disminuye en algunas zonas, mientras otras áreas se iluminan con bares, restaurantes, música y espectáculos. En las ciudades nocturnas, las luces de neón conviven con el silencio de calles vacías; la alegría del ocio contrasta con el cansancio de quienes trabajan de noche. Con la caída del sol, cambian los ritmos, las prácticas y las geografías urbanas. Calles que en el día son escenario de oficinas, comercios o tránsito vehicular se transforman en corredores de ocio, cultura o inseguridad percibida. La vida nocturna es, al mismo tiempo, un territorio de fiesta y celebración, pero también de trabajo, desigualdad y tensiones. Habitar la ciudad al anochecer revela un orden urbano paralelo, con dinámicas propias que pocas veces se discuten. Reconocer a la ciudad nocturna como un espacio legítimo de política pública y de derechos ciudadanos resulta fundamental en tiempos donde las urbes se piensan como escenarios “24/7”.

Con la caida de la noche emergen dinámicas que revelan tanto el potencial económico y cultural de la vida nocturna como las profundas desigualdades y contradicciones que la atraviesan. Esta columna propone mirar la nocturnidad urbana no solo como escenario de fiesta o de peligro, sino como un territorio político que exige nuevas formas de gobernar y pensar la ciudad.

La economía nocturna y el trabajo invisible de la noche

La llamada “economía nocturna” ha adquirido creciente relevancia en las grandes ciudades. Restaurantes, bares, discotecas, teatros y conciertos no solo generan identidad y atractivo turístico, sino que representan un porcentaje significativo del empleo y la recaudación fiscal. En Londres, por ejemplo, se calcula que la vida nocturna aporta miles de millones de libras anuales y da empleo a cerca de 700 mil personas.[i] Ciudades como Berlín han convertido sus clubes y festivales en parte de su marca global, mientras Ámsterdam fue pionera en crear la figura de un night mayor o “alcalde nocturno”, con funciones específicas para coordinar la convivencia entre sectores.

En América Latina, Bogotá ha intentado impulsar iniciativas de “ciudad 24 horas”, buscando expandir la oferta cultural y comercial en horarios nocturnos, al tiempo que se fomenta la seguridad y se regulan actividades económicas. Buenos Aires ha apostado a la “noche cultural” con festivales y circuitos de teatro independiente que dinamizan barrios enteros. En Ciudad de México, los corredores gastronómicos y de bares han transformado colonias como Roma, Condesa y Centro Histórico en polos nocturnos que atraen a turistas nacionales e internacionales.

Sin embargo, pocas veces se reconoce que la ciudad nocturna funciona también gracias a una gran cantidad de trabajo “invisible”. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2019), alrededor del 20% de la fuerza laboral mundial trabaja en horarios nocturnos.[ii] Servicios de limpieza, transporte, vigilancia, salud o reparto son indispensables para mantener en marcha la vida urbana. Y la mayoría de estos trabajos nocturnos están mal remunerados y expuestos a condiciones inseguras.

En Ciudad de México, los trabajadores de limpia realizan recorridos durante la madrugada para recoger toneladas de basura generadas cada día. Enfermeras, médicos y personal hospitalario sostienen el sistema de salud durante la noche. Repartidores y taxis de plataforma trabajan a todas horas, muchas veces sin cobertura de seguro ni condiciones laborales mínimas. La vitalidad económica de la noche no puede ocultar las desigualdades y conflictos que emergen en este territorio urbano. La “fiesta” no es para todos ni se disfruta en condiciones iguales. Los trabajadores sostienen la ciudad cuando la mayoría duerme, pero su rol rara vez aparece en los debates sobre planificación urbana o políticas de bienestar.

La noche desigual: género, clase y seguridad

Asimismo, la experiencia de la ciudad nocturna está profundamente marcada por el género, la clase social, la edad o la pertenencia a comunidades diversas. Mientras ciertos sectores encuentran en la noche un espacio de diversión y libertad, otros la experimentan como territorio de riesgo. Para las mujeres, por ejemplo, desplazarse de noche implica enfrentarse a mayores probabilidades de acoso o violencia. La falta de transporte público seguro y continuo obliga a depender de taxis o aplicaciones con tarifas más altas, lo que incrementa la desigualdad económica: mientras un viaje en Metro cuesta 5 pesos, un traslado nocturno en aplicación de taxi puede superar fácilmente los 100–200 pesos.

Diversos colectivos feministas han documentado cómo la ciudad nocturna es excluyente para quienes no se sienten seguras caminando por calles mal iluminadas o utilizando medios de transporte que no operan con perspectiva de género.

También existe un sesgo de clase: la experiencia nocturna de un joven que disfruta un festival en un barrio central es radicalmente distinta a la de un trabajador de limpieza, un guardia de seguridad o un repartidor en bicicleta.

La disputa por el espacio público

La noche intensifica los conflictos en torno al espacio público. Los bares y terrazas generan ruido que afecta a residentes de barrios centrales. El uso del espacio por parte de comerciantes ambulantes, artistas callejeros o trabajadoras sexuales enfrenta operativos policiales y regulaciones restrictivas. La seguridad se convierte en argumento recurrente para justificar medidas de control que, en muchos casos, terminan criminalizando la informalidad o la pobreza.

En zonas renovadas, la llegada de restaurantes y antros eleva los precios del suelo y desplaza a residentes tradicionales, mientras los nuevos vecinos exigen silencio y regulación. En contraste, barrios periféricos carecen de servicios básicos de alumbrado o transporte nocturno, reproduciendo una geografía desigual de la noche.

Gobernar la noche: un reto pendiente

Algunas ciudades han entendido que gobernar la noche requiere políticas específicas. La figura de los alcaldes o gerentes nocturnos busca precisamente articular intereses diversos y garantizar que la vida nocturna sea productiva, segura y equitativa. Estas experiencias podrían servir de referencia en México, donde la política urbana aún concentra la atención casi exclusivamente en el día.

Integrar la nocturnidad en la planificación urbana implica repensar varias dimensiones:

Movilidad: transporte público continuo, seguro y accesible.

Seguridad: estrategias con enfoque de género, no solo con presencia policial.

Cultura y ocio: apoyo a espacios independientes y comunitarios, más allá de la lógica del consumo.

Condiciones laborales: reconocimiento y regulación de los trabajos nocturnos para evitar explotación.

Espacio público: alumbrado adecuado, regulación del ruido y creación de espacios de convivencia.

Conclusión: la noche como derecho a la ciudad

La ciudad nocturna no debe entenderse únicamente como un mercado de entretenimiento ni como un territorio de riesgo. Es un espacio legítimo de vida urbana donde se cruzan múltiples derechos: al descanso, al ocio, al trabajo digno, a la seguridad y a la cultura. Ignorar esta dimensión es perpetuar una visión parcial de la ciudad que deja fuera a millones de habitantes que la habitan de noche, ya sea para divertirse, para trabajar o simplemente para sobrevivir.

El desafío está en imaginar una nocturnidad más incluyente, diversa y equitativa. Una política de la noche que procure no reproducir las desigualdades del día, sino que abra oportunidades para pensar la ciudad de otra manera. Porque la noche, como el día, también es ciudad, y lo que hagamos con ella dirá mucho qué tipo de urbes queremos erigir.


[i] https://www.london.gov.uk/sites/default/files/2025-02/Economy%20Culture%20and%20Skills%20Committee%20-%20London%27s%20Night-Time%20Economy%20-%20FINAL%20final.pdf

[ii]https://www.ilo.org/sites/default/files/wcmsp5/groups/public/%40ed_protect/%40protrav/%40travail/documents/publication/wcms_864222.pdf

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

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