
Por Alejandra Trejo Nieto*
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A las tres y media de la tarde, en Gotemburgo, el día ya se está yendo. No es una metáfora: la luz se apaga de manera literal, gradual pero inexorable. En la parada de tranvía Vasaplatsen, ubicada en el distrito central de la ciudad junto al Parque Vasa y al edificio principal de la Universidad de Gotemburgo, un grupo de personas espera en silencio. Nadie mira a nadie. No hay conversación. El viento corta la cara. Todos miran el riel vacío que se pierde en la oscuridad. El tablero electrónico marca dos minutos para el arribo de la línea 10. No hay ansiedad porque el transporte es puntual. Cuando el tranvía llega y las puertas se abren, la gente sube en orden, las luces y la temperatura interiores borran de golpe la calle helada y oscura.
Pero la vida sigue funcionando, los tranvías pasan puntuales, las ventanas se iluminan una a una, las bicicletas avanzan con luces blancas y rojas perfectamente alineadas, y la gente camina con algún detalle reflejante en sus ropas. La ciudad no colapsa. Simplemente se repliega. Para la mayoría, no hay dramatismo, no hay caos, no hay sensación de excepcionalidad. Hay rutina. Y hay frío. Mucho frío. Un frío que no sorprende, que no indigna, que no se discute: se siente y asume. Es un frío que no expulsa a la ciudad del funcionamiento, pero sí expulsa al ciudadano de la mayoría de los espacios públicos. La ciudad invita a no demorarse, a cumplir el trayecto, a llegar a tiempo y a resguardarse. La ciudad no seduce. No promete. Invita a desaparecer hacia adentro. Caminar en Gotemburgo en invierno es una experiencia en la que el cuerpo se contrae debido al frío, los trayectos se acortan, y el espacio público deja de ser estancia. Nadie se queda “un poco más”. Nadie se desvía sin razón.
El frío en esta ciudad sueca es peculiar. Gotemburgo no está tan al norte como otras ciudades escandinavas; no vive en la latitud extrema, no debería sentirse un frío así. Y, sin embargo, se siente. El frío aquí no es épico por polar; es húmedo, persistente y horizontal. Viene del mar y de los fríos vientos del norte; se cuela entre los edificios, se instala en la ropa y en los huesos sin hacer ruido. Se infiltra. La humedad del puerto y el viento constante hacen que la temperatura se vuelva una experiencia corporal más intensa de lo que indican los grados. Por ello es un frío que se administra. Y quizá por eso marca tanto la vida urbana: porque no exige heroísmo, sino mucha adaptación. A esa experiencia de la vida urbana en el frío y la oscuridad es a la que me refiero en esta columa.
El clima no como contexto, sino como diseño
En muchas ciudades estamos acostumbrados a pensar el clima cálido y la luz del sol como telón de fondo de la vida urbana. En Gotemburgo, el frío y la escasez de luz no solo acompañan la ciudad durante buena parte del año, la estructuran. El invierno no es una estación: es una infraestructura. Las pocas horas de luz solar reorganizan los horarios, la sociabilidad, el trabajo y la vida doméstica. La ciudad está pensada para funcionar en condiciones de repliegue: viviendas bien aisladas, transporte eficiente, servicios que no requieren presencia prolongada en el espacio público. Todo está diseñado para minimizar la exposición a la temperatura externa y para dosificar el encuentro.
El contraste de Gotemburgo con muchas ciudades latinoamericanas es inevitable. En el Sur Global, el clima con calor, lluvia y luz abundante empuja hacia afuera. La calle es refugio, mercado, espacio de socialización y arena política. La vida urbana ocurre a pesar de la precariedad infraestructural.
En Gotemburgo las distintas infraestructuras urbanas sustituyen a la calle. Allí donde el Sur necesita presencia colectiva para compensar carencias, el Norte frío puede prescindir de ella porque el Estado, el diseño y la técnica ya han hecho el trabajo. No es que una ciudad sea más “avanzada” que la otra. Es que responden a regímenes climáticos y políticos distintos. En el Sur, la vida urbana es expansiva y conflictiva. En el Norte invernal, la vida urbana es contenida porque el sistema está diseñado para absorber tensiones antes de que aparezcan.

El frío como atenuador de la politización
Una ciudad diseñada para el invierno es también una ciudad diseñada para la autosuficiencia individual. El cuerpo urbano aprende a no depender del otro, a no improvisar, a no ocupar más espacio del necesario. El resultado es una ciudadanía eficiente, pero poco ruidosa; la ciudad es ordenada, pero ¿es políticamente tenue? ¿la oscuridad reduce la produce protesta además de producir adaptación? ¿qué tipo de ciudadanía produce una ciudad pensada para sobrevivir al invierno?
La escasez de luz solar y el clima pueden tener efectos profundos en el ánimo y la salud mental, así como en la forma en que lo colectivo se experimenta. La política urbana se vuelve técnica, silenciosa y preventiva. No se discute en la calle porque la calle no está hecha para quedarse. En las ciudades del Norte, la gobernanza urbana no se expresa en grandes gestos ni en ocupaciones del espacio exterior. Se expresa en anticipación: prever el frío, prever la oscuridad o prever el cansancio. El resultado es una ciudad altamente funcional, pero baja en fricción, donde el conflicto tiene pocas oportunidades de materializarse. Sin embargo, en Gotemburgo, la vida colectiva no desaparece: se interioriza. Se desplaza a espacios cerrados, programados, mediados por instituciones, el trabajo o por el hogar. El espacio público no es el lugar donde ocurre la política cotidiana, sino el lugar que se atraviesa para llegar a donde todo está resuelto. Gotemburgo no es una ciudad sin conflictos. Es una ciudad donde el conflicto difícilmente encuentra espacio. Tal vez por eso Gotemburgo funciona tan bien. Y tal vez por eso resulta tan inquietante.
El frío como éxito urbano
Cuando el clima, el diseño urbano y la política se alinean para reducir la exposición, la ciudad puede dejar de ser un lugar donde se esté con otros y se convierte en un sistema cuidadosamente calibrado para que cada quien funcione sin molestar. La protección –del frío, de la intemperie y del conflicto– se vuelve principio organizador. Todo está pensado para que el cuerpo no se detenga demasiado, para que la interacción no se vuelva imprescindible, para que la vida colectiva no tenga que practicarse una y otra vez en el espacio público. La eficiencia sustituye al encuentro; la previsión reemplaza a la improvisación; cuando existe la infraestructura necesaria, la gobernanza opera mejor cuando nadie necesita quedarse.
En ese contexto, el aislamiento no aparece como problema social, sino como resultado lógico de una ciudad que cumple su promesa: permitir vivir bien sin depender del exterior. El repliegue no es una falla, es un logro. Y precisamente por eso resulta difícil de cuestionar. Una ciudad que protege tanto termina por atenuar la posibilidad del conflicto, no por represión, sino por diseño.
El invierno pasará, como pasa cada año. La ciudad se aviva y se abre con la primavera y el verano. Vuelve la luz, se alargan los días y las calles se llenan de cuerpos menos apurados. A pesar de las temperaturas relativamente frescas, al extenderse la luz del día, los parques se llenan y la ciudad pareceá otra. Las conversaciones se alargan y la vida urbana se asoma con la naturalidad que se diluye en estos días de frío y oscuridad. El verano muestra lo que la ciudad puede ser. Pero el invierno ha revelado ya para qué fue diseñada.
Fotografias de la autora
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México
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