“Ciudades destruidas, humanidad herida”

Por: Alejandra Trejo Nieto*

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La historia de las ciudades siempre ha sido, en el fondo, la historia de la humanidad: la del refugio, el encuentro, la industria y el comercio, la innovación y la memoria. Pero también es la historia de la guerra y la ruina. Desde las murallas de Jericó hasta los escombros de ciudad de Gaza, las urbes condensan lo mejor y lo peor de nuestra condición. Las ciudades palestinas pertenecen a esta genealogía trágica. Su destrucción sistemática constituye uno de los actos más brutales de nuestro tiempo: un genocidio junto con la aniquilación deliberada de la ciudad como forma de vida.

En Palestina, las bombas no solo han matado personas: demuelen la posibilidad misma de lo urbano. Derriban viviendas, hospitales, escuelas, redes eléctricas y de agua; pulverizan la infraestructura de la existencia cotidiana. La ciudad –espacio del habitar, del producir, del cuidado y de la relación– se convirtió en objetivo militar. Lo que queda no son calles ni barrios, sino un paisaje de polvo y de duelo.

La frase “la guerra contra la arquitectura” ha sido utilizada por el arquitecto, teórico y activista israelí Eyal Weizman[i] para describir la forma en que las Fuerzas de Defensa de Israel, utilizan la arquitectura y la planificación urbana como armas y tácticas de guerra. “La guerra contra la arquitectura” es una estrategia donde los edificios, las carreteras y las infraestructuras urbanas son tratados como enemigos, porque sostienen la vida civil. En esa lógica, destruir la ciudad equivale a borrar la sociedad que la habita. Lo que está en juego no es solo la soberanía o el territorio, sino la posibilidad de habitar el mundo. La idea central es que la guerra moderna no se libra únicamente en campos abiertos, sino que se infiltra en los entornos urbanos y en las estructuras construidas por el ser humano. Palestina encarna así el punto extremo de la violencia contemporánea: la conversión de la ciudad en un campo de guerra total.

En el Siglo XXI asistimos a una cartografía de la violencia donde lo urbano se ha convertido en blanco. Por eso hablar de Palestina no es solo hablar de política internacional, es hablar del sentido mismo de la vida urbana, de nuestra responsabilidad común frente a la destrucción de lo habitable.

La modernidad invertida

En la modernidad occidental, la ciudad fue símbolo de progreso, ciudadanía y civilización. Pero Palestina revela su reverso: la ciudad como instrumento de castigo y exclusión. La destrucción sistemática de su tejido urbano recuerda los bombardeos de Guernica o de Dresde, pero con una diferencia crucial: aquí la violencia no busca vencer a un enemigo, sino eliminar la condición de habitabilidad. Es el triunfo de la “ciudad imposible”; un espacio donde la vida civil ha sido cancelada y donde el paisaje urbano se confunde con el campo de batalla.

Resulta devastador constatar la indiferencia o la tibieza con que una parte del mundo ha observado esta tragedia. Gobiernos que se proclaman defensores de los derechos humanos guardan silencio, o peor aún, justifican el castigo colectivo. En la retórica diplomática, Palestina se convierte en “zona de conflicto” o “teatro de operaciones”, eufemismos que borran la dimensión humana y urbana de la masacre. Pero las cifras revelan que no se trata de una guerra entre ejércitos, sino de una guerra contra la ciudad misma.

Mapas e imágenes muestran un paisaje que es una extensión de ruinas: una topografía de polvo, acero retorcido y silencio. La mayor parte de los edificios en la Franja de Gaza ha sido dañada o destruida. Las viviendas fueron completamente arrasadas, volviendo amplias zonas del territorio inhabitables.  El bombardeo sistemático ha devastado infraestructuras esenciales para la vida civil: hospitales, escuelas, bibliotecas, centros culturales, mezquitas e iglesias. Ciudades enteras, como Gaza capital, Rafah y Jan Yunis, han quedado reducidas a escombros tras meses de fuego aéreo y la incursión terrestre israelí. El paisaje es “indescriptible”; ya no existen calles ni barrios reconocibles, solo fragmentos de lo que alguna vez fue una comunidad. La destrucción generalizada deja tras de sí un vacío físico y simbólico imposible de dimensionar. Quienes regresaron a sus hogares destruidos observan una devastación total, y se encuentran sin acceso a servicios básicos como agua y comida.

Aun después del alto el fuego, la muerte persiste en las ruinas. Palestina, convertida en un paisaje minado y sin agua, enfrenta no solo la tarea de reconstruir edificios, sino de restituir la posibilidad misma de habitar.

El derecho a la vida, negado

La violencia contemporánea no se limita a los cuerpos, sino que se inscribe en el espacio, en la destrucción de infraestructuras y equipamientos que sostienen la vida. Lo urbano se convierte así en el escenario donde se decide quién puede vivir y quién no. Palestina no es una excepción: es el espejo donde se refleja la vulnerabilidad estructural de la humanidad entera. Si destruir ciudades es posible, es porque la vida urbana se ha despojado de su valor moral y colectivo.

Henri Lefebvre[ii] y David Harvey[iii] imaginaron la ciudad como el espacio donde se ejerce el “derecho a la vida urbana”, un derecho colectivo a la apropiación del espacio y a la producción de lo común. En la Franja de Gaza, ese derecho ha sido completamente anulado. Desde hace décadas, sus habitantes viven bajo un asedio territorial, económico y simbólico. Las fronteras son muros, los puertos están cerrados, los cielos vigilados, los suministros racionados. Las ciudades han sido convertidas en prisiones donde cada calle se vuelve un corredor de peligro y cada casa, una posible tumba.

La destrucción reciente no es un accidente de la guerra, sino la culminación de la política de control territorial y desposesión que se ha extendido durante generaciones. La ruina de Gaza no es solo la consecuencia de un conflicto, sino el resultado de un proyecto geopolítico que busca borrar la materialidad de un pueblo, su derecho a existir como cuerpo colectivo.

Pero en cada ciudad arrasada hay algo que sobrevive más allá de las piedras: una memoria persistente, un lenguaje de resistencia. Gaza no desaparece del todo. En los fragmentos de sus calles hay todavía huellas de comunidad, redes de apoyo y gestos mínimos de humanidad.

Reconstruir lo humano (y lo urbano)

Frente a tanta destrucción, surge la pregunta: ¿cómo se reconstruye una ciudad? La respuesta no puede ser solo técnica o arquitectónica. La reconstrucción implica restaurar las condiciones de la humanidad misma: el derecho a la vivienda adecuada, al agua, al tiempo, al sueño, a la educación y al encuentro. Requiere también reconocer el valor político de la memoria urbana;  cada casa demolida, cada calle arrasada, cada escuela bombardeada forman parte de una historia que no puede ser borrada.

La tragedia Palestina pertenece a la conciencia del mundo. Su ruina no es ajena a nosotros, porque cada piedra derrumbada cuestiona la idea misma de civilización. Cuando se destruye una ciudad, se destruye también la posibilidad de imaginar el futuro. Lo que queda no son ruinas, sino una herida abierta en el cuerpo colectivo de la humanidad.

Si dejamos que Palestina se destruya sin levantar la voz, consentimos que el modelo urbano del exterminio se normalice. La violencia que hoy devasta sus calles, es el laboratorio donde se ensaya el futuro de nuestras propias ciudades.


[i] Weizman, E. (2017). Forensic Architecture: Violence at the Threshold of Detectability. New York: Zone Books.

[ii] Lefebvre, H. (1968). Le droit à la ville. Paris: Anthropos.

[iii] Harvey, D. (2008). “The Right to the City”, Monthly Review.

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

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