Censura y totalitarismo

Por: Emilio Adolfo Westphalen

Compartir este texto

  César Vallejo, Octavio Paz, José Lezama Lima, Gabriel García Márquez, Antonio Cisneros, Mario Vargas Llosa, Jaime Torres Bodet, Martín Adán, Enrique Molina, Blanca Varela, Julio Cortázar, Pablo Neruda, José María Arguedas, Alberto Giacometti, José Emilio Pacheco, Nivaria Tejera, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Eduardo Eielson, Homero Aridjis, Alfredo Bryce, Paul Nougé, César Moro, Francis Ponge, Giuseppe Ungaretti, Rodolfo Hinostroza: estos y tantos otros se encuentran en las páginas de la revista “Amaru”, misma que entre enero de 1967 y enero de 1971 dirigió Emilio Adolfo Westphalen para la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) del Perú. Publicación emblemática de los años sesenta que acompañó e impulsó el boom de la literatura latinoamericana.

   Cumplió a cabalidad con el objetivo de su creación: ser “un lugar para la libre expresión y discusión de ideas, problemas y doctrinas, y en donde, además, se muestren ejemplos de lo mejor que actualmente producen nuestros escritores y artistas”. Por ello no es de sorprender encontrar en su tercer número -aquel que corresponde a los meses de julio/septiembre de 1967- este artículo intitulado Censura y totalitarismo.

  Consideramos pertinente recordar aquí las palabras del iniciador de la revista, y autor del texto, en momentos en que en el vecino del norte de México se prohíbe ‘Cien años de soledad’ y otros 4000 títulos en las escuelas de varios de los estados estadunidenses, pues fue justamente Amaru una de las publicaciones en que se diera a conocer un adelanto de esta novela emblemática de América Latina (ver número inicial de la revista Amaru de enero de 1967). La alarma de PEN América al respecto de estas restricciones en el campo educativo resulta más que justificada pues no sólo se limita a dichas ediciones sino que se extiende a diversas ramas de la actividad cultural y por ende de la formación de las nuevas generaciones.

Inés Westphalen Ortiz

Hechos remarcables en la vida cultural peruana de los últimos meses han sido la denuncia por los editores y libreros Francisco Moncloa y Juan Mejía Baca y por la Cámara Peruana del Libro de la censura postal y de la incineración de libros decomisados, y las protestas que tal revelación suscitó en los medios, universitarios, intelectuales, gremiales y políticos. Iniciada por la Universidad Nacional de Ingeniería, la campaña se extendió pronto a otras universidades y a diversos órganos de prensa; finalmente un representante sometió ante su Cámara un proyecto de ley, prohibiendo y sancionando esos actos inquisitoriales.

La gravedad de los hechos, las peculiaridades de la situación, la luz que arrojan sobre todo el sistema social y político, hacen necesario dedicar algunas reflexiones al asunto y no limitarnos a una adhesión a las protestas.

La primera comprobación es que las prácticas enunciadas no son recientes: según declaración de las propias autoridades, fueron adoptadas por un gobierno anterior, hace algunos años, y simplemente “continuadas” por el actual, el cual no sintió ni escrúpulo ni incomodidad alguna en ello y tampoco se le ocurrió -en cuatro años- que podría tomar la iniciativa para enmendar la aberración.

La segunda es la tardanza de la denuncia, aunque esto es explicable dentro del sistema de arbitrariedades del poder al que siempre nos han querido acostumbrar. Contra los abusos de los prepotentes, o de los encaramados a su carro y sus lacayos, el débil no ha tenido, por lo general, otro recurso que recurrir -cuando lo tenía- al padrino o compadre que por sus relaciones personales o políticas podría tal vez solucionarle el problema. Los que carecen de esa posibilidad no tienen sino que soportar en silencio el ultraje o ver la manera de ganar la complacencia de subordinados -por mal pagados- siempre proclives a recibir la dádiva y el soborno.

La tercera se refiere al anonimato de los censores, inapelables e inalcanzables. Nadie sabe quiénes son, de quiénes dependen, cuáles los criterios o normas por que se rigen (salvo el ambiguo y extendible a voluntad de lo ‘subversivo’ para las instituciones establecidas). En la práctica, como es natural (¿quién sería el omnisciente que conoce a fondo todas las literaturas pasadas y presentes y puede sopesar y dictaminar por el simple título o nombre de autor que la obra es dañina y condenable?, ¿o consultan acaso un “índice” compilado por qué autoridad?), lo decisivo sería la presencia de ciertos vocablos clave, o más fácilmente el color de una carátula. El risible episodio del “Silabario rojo” no es una invención de opositores de la censura, sino perfectamente lógico dentro de las condiciones en que se ejerce ésta. Puedo por m parte corroborarlo con un caso análogo. Durante el gobierno de un Mariscal del Perú sé positivamente por una persona que tuvo la desventura -frecuente en ese entonces- de ser visitado por los soplones, que éstos se llevaron para probar las actividades peligrosas del perseguido, además de números viejos de Amauta, revista que es bueno recordar no salía clandestinamente durante la “tiranía” de Leguía, algunos inocuos tratados de economía y sociología, también un ejemplar de L’Immaculée conception de Breton y Éluard, libro con textos en que los autores simulaban las expresiones literarias de las enfermedades mentales, pero que por azar ostentaba una llamativa cubierta en rojo subido. Bajo una fuerte dosis de ingenua ignorancia a veces también puede salir a relucir la usual viveza o cundería criolla, la que con achaque de censura permite a algunos hacer impunemente pequeños negocios: por ejemplo, el que se llevó el cargamento con ejemplares de la edición de lujo encuadernada en cuero de los tres tomos de la versión española completa y no expurgada de Las Mil y una noches, o él que perdió parte importante de un envío de una revista extranjera que luego apareció a la venta en distribución paralela a la oficial y única autorizada.

Pero lo más triste y exasperante de todo el affaire es comprobar la indiferencia con que los detentores del poder han reaccionado a la indignación pública. En este y otros casos la táctica es no ceder ante hechos y argumentos fundados e incontroveribles. La crítica más zahiriente y enconada no atraviesa nunca la paquidérmica suficiencia de un régimen imbuido cada vez más de autoritarismo. La única concesión, de vez en cuando, es nombrar comisiones de encuesta o presentar proyectos de ley pocas veces llevados más allá del estado de proyectos; en todo caso, nunca puestos efectivamente en práctica.

Estas no son conjeturas sin base real. Se pueden ilustrar con otro caso no muy lejano de censura en el país -esta vez cinematográfica. Se hizo mucha alharaca con el incidente de la película Morir en Madrid cuya proyección en privado y ante un alcalde distrital de Lima fue detenida todavía no se sabe bien si por la Embajada de España u otra entidad oficial oculta, nacional o extranjera. La película desde luego sigue censurada.

Lo mismo nos atrevemos a predecir ocurrirá con la censura postal de libros y publicaciones. Toda censura es irracional, ineficaz, y a la larga, inoperante. Las ideas nacen no de los libros sino de los hombres. Pero la necesidad de aplicar la censura retrata el régimen que recurre a ella. Es un signo seguro de inestabilidad, de falta de confianza en sí mismo, de temor al cambio, de alergia a la libre expresión del pensamiento y a las circunstancias del intercambio y confrontación de teorías y doctrinas. Se cree que poniendo bajo tutela intelectual a toda su población adulta se puede controlar la evolución de la sociedad; se considera -candidez absoluta- que la ignorancia de teorías propuestas como solución probable a problemas muy reales hará que no se caiga en cuenta de la miseria ambiente, la disparidad social, la injusticia económica, el poder de unos cuántos, la intervención extranjera. La censura no es sino el primer paso hacia el monolitismo teórico y la mística de la autoridad y la jerarquía de todos los regímenes totalitarios. Toda represión, felizmente, no podrá ahogar en todos el sentimiento de la justicia, y el derecho, la esperanza de un mundo mejor, la indignación ante abusos y prepotencias. Y es ese sentimiento de justicia, esa nostalgia de la libertad que con más seguridad enciende el espíritu de rebelión que no las elucubraciones teóricas de algunos economistas, sociólogos o filósofos. Fidel castro no era aun “marxista” cuando derrumbo el régimen podrido de Batista. Por lo demás, ¿quién sabe hoy en día cual de los numerosos pretendientes a arrogarse exclusivamente esa denominación puede legítimamente usufructuarla? El propio Marx aborrecía de los “marxistas” de su tiempo. (“Todo lo que yo sé, exclamó una vez, es que yo no soy marxista.”)

Lo que por nuestra parte podemos deducir es que de continuar las actuales tendencias, las perspectivas que se anuncian son sombrías y apuntan hacia una creciente represión y falta de legitimidad.

(E.A.W. Revista Amaru n°3 Jul – Set. 1967, Lima (Perú), págs. 95 – 96.)

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *