Carlos Pellicer: al hilo de la voz

Por: Adolfo Castañón
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Uno se acerca a la poesía de Carlos Pellicer en busca de hallazgos. Aunque su poesía hable de río, ella misma es uno sólo de vez en cuando. Al poeta, al artesano honesto le preocupaba cómo organizar sus textos. Pero todos sabemos que si la inspiración los ha hecho posibles, sus poemas sólo inspiran intermitentemente. El poeta era consciente de que se mensaje general (lo que era posible volver discursivo de su poesía) no era de gran originalidad y respetó más o menos el deseo de atenerse a sus límites. Algunos de sus poemas son fiesta (“El canto del Usumacinta”), otros guardan joyas. Prevalece la capacidad del poeta para lanzarnos (gozo y conciencia) hacia las atracciones y similitudes por medio de una imagen. Ser dueño de un particular humor no le impide carecer de ironía. Su voz nunca se desdobla aunque a veces parezca prestarla al paisaje. Más allá de las imágenes y enunciados metafóricos que nos disparan, gracia, elegancia, oficio, pericia, discurren hacia su culminación, “la prosa con flores”. Pues el poeta se mantiene imperturbable, estatuario, a la caza de buenas imágenes apoyado en un lenguaje no revelador sino embellecido (para muchos es difícil distinguir) que sólo debemos tomar por tal. Cuando el poema depende exageradamente de ese lenguaje (los cantos cívicos), prefiero suspender la lectura. Cazador de imágenes. Gambusino empeñado en rendir el testimonio más antiguo de sus sentidos. Sus condiciones lo convirtieron inevitablemente en un poeta experimental.
Admitidamente la obra de Carlos Pellicer es única y una. Desde los primeros años treinta hasta ahora las opiniones de los críticos han coincidido. Esos críticos señalan una “apoteosis de los sentidos”, el reencuentro de una sensibilidad en varios registros y una experiencia cabal —universal, dicen— del mundo. Los más inteligentes se limitan a describir al poeta y su creación con sus propios versos y enunciados. Articulan extensos sujetos —el poeta Pellicer, su obra— para en seguida asignarles como atributos esquirlas sacadas de los poemas. Dicen que Pellicer es un poeta lírico pero sobre todo un poeta objetivo, el poeta del trópico y de su tierra. Premiosamente se pone de un lado al poeta y sus sentidos, del otro al paisaje y en el camino se diluye todo lo demás, lenguaje incluido. Pero no es un poeta del trópico porque hable de él en alguna o muchas líneas fácilmente memorizables. Su relación con el suelo no es tan directa ni sencilla y resulta mucho menos asimilable de lo que parece. El desprendimiento, el ingenio, la energía, la riqueza de esta poesía, sus rasgos y motivos más característicos, vienen de la relación del poeta con la naturaleza. Esa relación exigió a Pellicer esfuerzos para conocer la vida de un modo distinto al habitual. Esta manera es más o menos aprehensible: el poeta quisiera hablar con la naturaleza y como ella; todo objeto es susceptible de vida, cuanto más si está en la selva; la naturaleza es tan omnisciente como el poeta, éste de todos modos establece relaciones de eficacia (propiciar, prevenir), cada objeto envía al otro, lo que se predica de éste hace eco en aquél. Vida y muerte, riqueza y penuria son asumidas también de un modo distinto. En ciertos poemas de Pellicer hay estruendo, colores, el paisaje se mueve y se huele. Por supuesto se goza. Hay opulencia, la voz se desnuda. Se desemboca inevitablemente en la humildad, la sencillez, el recogimiento. La vigilia no es extravío. El exceso en Pellicer aparece también como un medio. Sobria ebriedad. Con esta divisa Diderot describió a un pinto contemporáneo suyo. Con esta divisa Diderot intentaba conciliar el cálculo y el impulso, la lucidez en el seno de la exaltación. La comparación no está demás: se ha llegado a decir de esta poesía que es un torrente inagotable de metáforas e imágenes; concedámosle aunque un examen detenido puede mostrar que la metáfora y sus modos de aparición varían pero nunca cambian radicalmente. Si hay un torrente de imágenes, también hay una rigurosa composición, las metáforas no se suceden así como así, la camuflada enumeración que sostiene a tantos poemas de Pellicer no es en vano. La vena de las intuiciones y memorias es muy poderosa en esta poesía. Pero también lo son las disciplinas asumidas para ver mejor. Afila las palabras para lograr una precisión plástica, visual. El poeta las ajusta y le da forma a la realidad: “Los grupos de figuras/ equilibrio con onzas de poemas/ la voz lineal y la palabra muda”. No son sólo las palabras y el paisaje. En el intersticio, el poeta vuelve sensible lo que hace durante la escritura.
Todos nacemos instruidos y razonables y los poetas guardan una rara capacidad para permanecer doctos ignorantes. La ignorancia de Pellicer sobrevivió más de medio siglo. La reticencia era un requisito y muchos resienten en su obra la ausencia de un escrutador de la íntima zozobra. Había ahí una noción muy clara de lo que es cantar. En su obra, por ejemplo, aparecen depurados los poetas nacionales del paisaje. Contra la profusión de estos poetas (afectiva y verbal, adjetivos sobre todo), él optó por despejar a la imagen de todo desorden que no le fuera inherente, es decir, de calificaciones afectivas. La voz sería lineal y la palabra muda, la voz apenas querrá intervenir en el rendimiento de las diversas geometrías (geometrías sensibles) que descubre. El entusiasmo es respiración, corriente, no fijeza. Y contra todas las expectativas, en el seno de ese entusiasmo por nombrar, los objetos están como suspendidos de la mirada del poeta, inmersos en una corriente menos estrepitosa pero más insondable. Ahí la imagen ha sido registrada como entre sueños y todos los objetos son fruto de un mismo árbol —el lenguaje.
Raíz y memoria de los primeros tiempos, de la tierra hojarasca que se sigue construyendo. Raíz y memoria: es éste el secreto de la inminencia de su palabra, el secreto de sus renovadas reanudaciones, el motor de una navegación intensa, prolongada, dilatadamente cíclica. Rico y dúctil, en el transcurso del poema, el autor, la voz se desplaza. El poema es el “campo que ando que canto y que desando”. Puede haber retórica en los “ligeros versos” y la “prosa florida”. Es mejor decir que sólo se acató la convención. En Pellicer el diálogo con el lenguaje se da actualizado, diferido en ese comercio que es la producción misma. El poema siempre es inteligible o gozable aun cuando se adelgace la alusión hasta evaporarla. Pellicer no fue el mejor crítico de sí mismo. El deseo y la confianza en la comunicación animan su palabra. Emitirlas no era para él una traición. Su obra, su biografía, la secuela de promociones que lo distraían y ayudaban a distorsionar el verdadero carácter de su obra, desembocaban en una indeclinable pasión por comunicar, la torre de las lenguas no se habían derrumbado. A sus poemas no los crispa la duda sobre el lenguaje porque habla de algo más antiguo que esa duda. Pero para dar el fa era preciso mucha retórica. Aprehensivo, admiró lo más riguroso de nuestra tradición poética. Una de sus primeras decisiones o fatalidades fue no dudar del lenguaje —el deseo de perfección sólo lo era de precisión. Para quienes dudan de ella su obra es un milagro. Gracias a esa duda no les sorprenderá que algún poema de Pellicer sobreviva a la Rotonda.
*
Conozco un emblema de Carlos Pellicer. Se trata de un cartón debido al perceptivo lápiz de Rogelio Naranjo. Sobrio y juvenil, surge el rostro de Carlos Pellicer de la copa de un árbol. El dibujo parecería sugerir la intimidad del poeta con la tierra —esa verdad parcial que, a fuerza de ser reiterada, se ha ido erigiendo en la Vulgata canónica de la obra pelliceriana. Con todo, pueden darse otras lecturas a esa imagen: “árbol de sangre”, torre locuaz, el poeta adelgaza y ramifica de tal modo sus sentidos que esa red termina por reemplazar, sustrayéndolo, al tronco original. A la hiedra aérea y pródiga de los poemas escritos en el alto mediodía de junio, se añade en Reincidencias una, si breve, dispareja y quebradiza floración. Reincidencias, a veces pensativas y crepusculares, donde se cosecha la hora invernal de un tronco que nunca dejó de florecer. Es ésta la leyenda tácitamente inscrita en el umbral de la penúltima morada de Carlos Pellicer: “La primavera es perpetua.”
Reincidencias. Obra inédita y dispersa, es un libro discontinuo, dividido en cuatro secciones, una de las cuales, la primera, presenta en sí misma la unidad de un conjunto autónomo. La amistad, la afinidad y la experiencia compartida van cristalizando en imágenes y poemas:
Esta tarde en que desde ayer sé que no vendrías
es como un templo vacío,
como una mano sin dedos,
como un grito que nadie oye
en esta ya lejana tarde de estío
O
Yo busco entre mis ojos los ojos de aquel
rostro que me vio cual si fuera una casa caída.
Libro arraigado en la peculiar circunstancia del poeta, libro íntimo y mundano, páginas donde el poeta da voces ofreciendo a quienes lo rodean las obras del impulso y la contemplación. En Reincidencias anidan climas, lugares, aniversarios, ángeles, personas, fechas, ciudades. Son esas, entre otras, las instancias concéntricas que alimentan la esfera de estos poemas que tan a menudo sólo pueden parecer redondos por la soltura y familiaridad con que se componen las formas (predominan los sonetos) en que van plasmados. Pero del aviador poético, del Pellicer “nerudiano” empeñado en levantar los inventarios de las tierras, los hombres y los climas de su país y de su continente apenas subsisten en Reincidencias algunas tensiones. Son las reunidas en el apartado “Dos” del volumen, los poemas al paisaje, las evocaciones de Campeche y los ejercicios de genealogía geomántica como “Partir de cero” y “Éste soy”. Ahí, además de enunciar sus genealogías, recapitula en dos versos su experiencia analógica:
El jaguar y la serpiente me conocen
en la piel de uno
el jeroglífico del otro
inscribo.
Luego, parece sugerir que la muerte será su último enunciado:
Hay algo en mí de lo que no hablaré
sino hasta el día en que mi corazón enmudezca.
Fuera de estos y de algunos otros momentos
Reincidencias no es tanto un libro de paisajes y celebraciones como de monólogos y soliloquios. Puede parecer natural: según se adelanta la vida hacia su propio término, el hombre pierde imaginación y gana recuerdos. Son esos recuerdos lo que corroen desde el interior el impulso adánico del poeta. La policromía espejeante de las primeras imaginaciones contrasta con esta dolorida visión del parnaso contemporáneo:
Pasan
los semi-dioses desnudos
con pata de palo, tuertos;
diamantes y zafiros machacados;
el ritmo, roto; el agua, seca.
Sería horrible morir en este día
en que ya todo está muerto.
Quizás ese desplazamiento de la imaginación por los recuerdos pueda dar cuenta del carácter circunstancial de este último libro de Calos Pellicer donde, previsiblemente, los versos sin poemas alternan con las iluminaciones repentinas. Mucho más que en otros libros de Carlos Pellicer, en Reincidencias destacan esos fulgores súbitos, las esquirlas y astillas de genuina intuición que se encuentran fundidas y diseminadas en la mena. Ciertamente que en Pellicer esos instantes no surgen de la máquina funesta del retruécano. Tienen su procedencia en un sedimento de sabiduría instintiva. Se trata de un poeta: su arte óptica, el conjunto de recursos, recuerdos y facultades que hacen que vea y perciba lo que escapa a los demás. Esa sabiduría se expresa en “la uva del minuto picoteada”, “la abeja con el néctar de su vuelo”, la luz que se pule sobre los peces, la atención redonda del girasol, “las montañas (que) se reflejan en el lago/ como las frutas en el barniz de la mesa”, “la tarde embalsamándose en el lago” o en “el día (de junio que) tiene algo de noche”.
Al igual que esas historias miniaturizadas que son los nacimientos, Reincidencias despliega un tiempo —la hora azul de Pellicer— hecho espacio. Sin embargo, este “envío” pensativo y aéreo está lejos de ser una encrucijada o una conjunción de diversos senderos. Sólo un camino se recorre por estas Reincidencias o, mejor, ellas mismas son ese surco, hilo de Ariadna en el laberinto de la edad (“Estoy perdiéndome sin horizonte,/ y cuando me tropiezo con el tiempo, creo que la muerte tiene tanta vida/ como yo en ese instante”), guía de la voz que permanece en contacto con las “cuerdas y percusiones” de su propia inspiración. Así, sería ocioso preguntar quién va por ese surco, ya que la vereda en cuestión es el hilo mismo de la voz. Pero si Reincidencias se ofrece como un libro de poemas circunstanciales, también actualiza una circunstancia más amplia y que no es reductible a esta o aquella dedicatoria. La circunstancia a la que me refiero es el habla. En este volumen se exponen —dejándolos ver quizá demasiado— algunos de los procedimientos del poeta relacionados con esta “circunstancia”. Sólo me referiré al poema como desarrollo o comentario de un enunciado que constituiría la primera línea. Es obvio que una teoría de la cultura “popular” en las formas literarias. La empresa tiene menos que ver con la inclusión logotípica de las brutalidades o irrealidades generadas por la irrealidad institucional que con una suerte de aclimatación consistente en adherir recuerdos y memorias privadas a una “jerga bárbara y pública”. En este sentido, Reincidencias, apéndice menor de la obra previa, constituye, al igual que la poesía toda de Carlos Pellicer, una contribución genuina a la aptitud verbal mexicana.
Ese legado estaría en el tratamiento polívoco del lenguaje que se habla todos los días. Como se sabe, lo que ahí está en juego es un proyecto animado por la fe en que sólo de ese modo las cosas podrán ser (dichas) por vez primera. Está en juego una suerte de traducción, aunque no tanto de un traslado metafórico como de un proceso en virtud del cual se trastocan los signos de lo público y lo privado. Empresa, que, si se inicia en la rara facultad de “saber oír”, encuentra su mejor afirmación en la escritura de lo que se hablará, en la inauguración de lo que será posible hablar después de haber escrito lo que ya se decía. De ahí que en Reincidencias sobresalga la “distraída” seguridad con que el autor va conversando sus versos y haciendo de la controvertible trivialidad de las frases iniciales la cifra del misterio alimentado en el poema.
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