¿Capisci?

Por: Irene González

Compartir texto:

Vive a 100 metros de mi casa, pero la vi solo una vez caminar por mi barrio. Yo volvía de la vespertina, detesto ese horario, pero no queda de otra: mamá trabaja y alguien tiene que quedarse con Ricardito.

Salí por ahí de las ocho y media. Iba de regreso a la casa, con la mochila rota al hombro y casi arrastrando la chamarra del otro. Entonces me fijé en una viejecita, bajando despacito las escaleras de un complejo de apartamentos a tres cuadras del mío. Jalaba tras ella su carrito del mandado, probablemente en dirección a los abarrotes de Don Armando. Pero alcancé a ver una cabecita, asomándose rápidamente por un compartimento lateral. Una cara naranja de orejas puntiagudas, cabello rosado y dientes alargados.

La anciana venía farfullando cosas, cualquiera pensaría que hablaba sola. Yo me di cuenta de que conversaba con el duende. Porque tenía que tratarse de eso, de un duende, un chaneque, algo por el estilo. Obviamente, los seguí hasta la tiendita. Uno no se topa con viejitas que traen trasgos en la bolsa del mandado y se regresa a su casa así nada más a cenar quesadillas y hacer la tarea de matemáticas ¿verdad?

Al llegar al final de la cuadra me escondí tras una jardinera. Desde allí espié a los dos: mientras la viejita fingía tener dificultades para leer las etiquetas de los productos, el duende aprovechaba para escaparse del carrito, escabullirse entre los estantes y meter objeto tras objeto en la bolsa del mandado. La señora, por su parte, eligió tres cositas, pago únicamente por eso y se fue.

A la anciana no he vuelto a verla, pero sí que volví a ver al duende, que me despertó una mañana con mi nariz bien sujeta entre sus manos.

— Tú no has visto N A D A ¿capish?

Si dici capisci — era curioso cómo mi voz sonaba aguda y nasal, mientras la de él era tan gruesa como la de un Uruk-hai de Isengard.

— HE DICHO NADA, CAPISHHHHHHHHHHH

Y me apretó con una inusitada fuerza para un ente de quince centímetros de altura, aplicándole la técnica mataleones a la punta de mi nariz.

— ¡Ay! ¡sí! ¡digo no! ¡no vi nada, no vi nada!

Efectivamente, no he vuelto a ver nada. Pero, de cuando en cuando, mi mamá me cuenta del pobre de Don Armando, al que últimamente seguido le hace falta inventario.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *