Bulgákov y su perro

Por: Sergio Hernández Roura

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Una de las formas de transmisión de conocimiento que ha demostrado mayor eficacia a lo largo de la historia ha sido a través de narraciones. Aunque ya nos hemos referido en esta columna al interés de los cuentos tradicionales para suscitar el escalofrío,[1] es importante regresar a la antigüedad para detenernos en la finalidad didáctica que se presenta en muchas de esas historias. Y no nos referimos a la enseñanza que subyace en ellas, sino a la que se manifiesta en un pariente cercano, el género de la fábula. Mucho ha pasado desde que Esopo legara a la humanidad algunos de sus inolvidables narraciones, como “La hormiga y la cigarra”, “La liebre y la tortuga” o “La zorra y las uvas”, entre otras que han deleitado a tantas generaciones. Sus entrañables personajes de origen animal adoptan rasgos humanos y encarnan tanto nuestras cualidades como nuestros vicios. Es a través del reflejo invertido de sus acciones, utilizando una metáfora de Valle-Inclán, que la gente a lo largo de los siglos ha aprendido de estas criaturas algunas lecciones importantes. Podría pensarse que se trata de un género superado, sin embargo, su probada eficacia y pervivencia en la actualidad es una demostración de que el “docere et delectare” horaciano no ha perdido su vigencia. Muchas obras clásicas han recurrido al precepto clásico y tanto el cine como la televisión han hecho suyos los recursos y estructuras procedentes del ámbito literario. Sorprendería a los adultos descubrir que no solo una gran parte del mercado editorial tiene finalidad didáctica, sino que buen número de las obras que consumen y que se encuentran entre sus favoritas cumplen con esta característica.

Uno de los principales atractivos del género narrativo es que apela a la identificación del lector con los personajes. No hay mente infantil que se niegue a compartir el heroísmo, la sagacidad o el ingenio de sus personajes favoritos. Ocurre desde los cantares de gesta hasta las películas de animación 3D actuales. Del mismo modo, nadie quiere ser la encarnación del engaño, la trampa o la necedad (aunque habrá más de algún adulto que haga oídos sordos). Para ligarlo al género cultivado por La Fontaine, Samaniego o Iriarte, añadamos a esta relación que establece el lector o espectador con algunas obras la recurrente aparición de animales humanizados en gran parte de las películas dirigidas al público infantil. Coloridos, simpáticos, tiernos, bonachones, y, por supuesto, en algunos casos estupendos cantantes. Resultan ser los mejores amigos, sin duda.

La fábula se encuentra tan arraigada en nuestra cultura y es tan conocida que es imposible resistirse a hacer parodia de ella. Monterroso es un maestro. En la brevedad de sus obras llenas de humor conduce a callejones sin salida a quien busca una moraleja barata o está ávido por encontrarse con un gurú. La sencillez con la que narra, nunca peleada con la profundidad, logra conducirnos a la complejidad. La elección de sus animales es muy original (la mosca, el zorro, la oveja negra…) y sus historias nada tienen de simple. A esta rama zoológica se encuentra emparentado el protagonista de Corazón de perro (1924), novela de Mijail Bugákov, uno de los escritores más importantes de la Rusia soviética, quien a la galería animal añade un canino bastante peculiar: Shárik (“bolita” o “globito”). Sin embargo, su personaje se aleja completamente de las representaciones ñoñas a las que la industria del entretenimiento nos tiene acostumbrados. Su existencia tragicómica logra plasmar la problemática relación del autor con el régimen bolchevique. El relato de sus experiencias con Stalin podría ser motivo de una novela igual de alucinante que cualquiera de sus obras. Bulgákov entendía que la única manera de retratar con profundidad su realidad era a través de la distorsión. Heredero de la excéntrica y formidable escritura gogoliana, medio por el que la literatura fantástica hoffmanniana se hizo rusa, el escritor da un golpe bajo al discurso oficial de su época. Para ello, en la narración somete a su perro a un experimento que termina convirtiéndolo en la criatura más espeluznante que se haya podido imaginar: un ser humano. El problema es que al despertar no solo ha perdido todas sus características animales, sino que está muy lejos de ser el mejor ejemplar de la especie, como cualquiera de nosotros los lectores. El autor definitivamente no comparte el optimismo de Carlo Collodi. La obra se mueve por caminos alejados de lo trillado porque si hay algo que celebrar es la presencia de un personaje irreverente e impredecible, más bien salido de la picaresca, que es capaz de poner patas arriba la casa durante la persecución de un gato o que no se tienta el corazón para morder la mano que le da de comer. Hasta el momento todo podría transcurrir sin mayores problemas, siempre y cuando se hubiera mantenido el prodigio en secreto. El problema no es que la acción se ubique en un entorno bastante comunicativo, sino que la acción se ubica en medio de una sociedad que ya presenta rasgos totalitarios. Las dificultades menores son que el personaje sea desaliñado o grosero. El colmo, muy en la tónica de “La nariz” de Gógol, cuento que merece una lectura y una relectura, es cuando el personaje regresa a casa convertido en miembro del Partido, repite de manera irreflexiva los dictados oficiales y salpica su discurso con jerga marxista únicamente para obtener el mayor beneficio. La humanización del personaje da lugar a situaciones que más allá de mover a la risa constituyen una crítica mordaz a la idea de “Hombre nuevo”, central para la política soviética.

Al avanzar por las páginas de esta historia ocurre algo parecido a lo que tiene lugar con las fábulas de Monterroso: el lector solo puede estar seguro de que la búsqueda de una moraleja se ha convertido en un laberinto; el mismo en el que los valores se encuentras relativizados y la estabilidad de lo real es ilusoria. Corazón de perro somete a sus lectores a un vaivén constante entre la atracción y la repulsión para que les sea difícil identificarse plenamente con el protagonista. Lo que busca es problematizar su contexto, no invitarlos a que se instalen cómodamente en ella. Por supuesto, esto lo hace en la confrontación satírica del carácter ideal de un prototipo de ser humano artificial con una concreción particular bastante caótica; una que se escabulle para no convertirse en la alegoría que quieren que sea. Como se intuye muy pronto, el Dr. Preobrazhenski, Víctor Frankenstein ruso que ha jugado a ser Dios, tentará a su destino. La criatura cuestionará a su creador, se revelará y buscará vengarse de él y de quienes se encuentran en su entorno.

El Doctor Zhivago de Boris Pasternak es un gran relato, sin duda, en extensión. Corazón de perro es una gran novela porque únicamente necesitó 120 brillantes páginas para hacer el retrato perfecto, una caricatura despiadada, de la sociedad en la que le tocó vivir.


[1] https://artefactodeletras.com/a-la-defensa-de-los-cuentos-tradicionales/

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