Brian W. Aldiss: evoluciona o muere

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Hoy quiero hablar de Brian Aldiss (1925-2017), uno de los mejores escritores británicos de ciencia ficción, quien con novelas tan destacadas como Invernadero (1965), A cabeza descalza (1969), Frankenstein desencadenado (1973) y su trilogía de Heliconia (1982-1985), estableció un nuevo nivel literario para la ciencia ficción como género a la vez popularmente innovador e intelectualmente desafiante. Junto con autores como J. G. Ballard, William Golding, John Brunner y Anthony Burgess, Aldiss difundió una nueva concepción de este género literario que aceptaba la experimentación lingüística, la crítica social y la manifestación de ideas donde lo bizarro, lo grotesco, lo subversivo eran el punto de partida para la creación de espectaculares distopías donde la humanidad salía muy mal parada.
A Brian Aldiss le debo muchas enseñanzas literarias, pero sobre todo muchas horas de gozo al viajar por sus mundos espeluznantes y grandiosos, donde el miedo y la brutalidad eran la argamasa del futuro, la energía del porvenir. Tanto en sus cuentos como en sus novelas, este creador siempre especulaba con ideas novedosas sobre la civilización humana, siempre criticaba nuestra forma de vivir en sociedad. Sus universos eran espejos implacables de nuestros anhelos en el siglo XX.
Para entender lo que Aldiss y otros autores británicos consiguieron es necesario recordar que los últimos tiempos, desde el fin de la Segunda Guerra hasta nuestros días, ha sido una travesía que ha pasado por el enfrentamiento de las superpotencias, la presencia omnívora de los medios de comunicación, la diversidad cultural y la uniformidad de la era de la globalización, el mundo virtual personalizado y a la vez tejido a nivel mundial por las redes sociales de la edad digital, la conciencia del cambio climático y su impacto en nuestra sociedad, los nuevos desafíos del terrorismo y el retorno de viejos fantasmas como el neonazismo, el racismo y el antisemitismo, las crisis económicas cada vez más frecuentes y el ascenso de nuevas potencias mundiales como China y la India, demuestran que el futuro es todo menos un lugar predecible, una realidad que puede ser planeada por las circunstancias del presente en que la imaginamos.
La ciencia ficción, como lo expusiera Larry McCaffrey en el prólogo de su libro Across the Wounded Galaxies (1990), es un género liberador en todos los ámbitos de la vida. Ya sea que al leer sobre civilizaciones extraterrestres puedas comprender como piensan los que no son como uno, o al meditar sobre el futuro sombrío de la humanidad te percates de las fallas de nuestras sociedades, de las ambiciones de nuestros políticos, de las limitaciones de nuestras creencias más profundas. Larry dice que la ciencia ficción, lo mismo que el rock and roll, rompieron las cadenas de su opresivo ambiente familiar y le ayudaron a descubrir un mundo mejor, ancho y ajeno, donde podía crecer compartiendo una “realidad excitante, exótica y viva, era un reconectarse con el sentido de comunidad por medio de la imaginación. Eso fue lo que me enseñaron los escritores de ciencia ficción al transmitirme, en sus cuentos y novelas, el idealismo que impregnaba sus obras”.
Y tal perfil creativo le queda perfecto a Brian Aldiss como a muchos otros autores británicos que conformaron el movimiento de la Nueva Ola en los años sesenta del siglo XX, un movimiento que fue una sacudida sísmica en el mundo racionalista, imperialista y cómodo de la ciencia ficción, tal y como lo planteaba entonces la mayoría de los escritores anglosajones, desde Isaac Asimov a Robert Heinlein y Arthur C. Clarke. La Nueva Ola apostaba por pensar el futuro en formas no convencionales, optaba por romper las fronteras de lo posible y lo deseable para mostrarnos mundos que se regían por otros valores, usos y costumbres no para mofarse de ellos sino para exponer el relativismo de nuestros ideales de belleza, poder y sabiduría, para exhibir nuestros prejuicios ideológicos, religiosos, sexuales o sociales.
Aldiss no nos relataba un mundo feliz sino uno en deterioro, incapaz de redimirse, jubiloso en su degradación, arrogante hasta el último aliento. El futuro para él y los escritores que lo siguieron fue un carnaval de monstruos, una barbarie nacida del corazón mismo de nuestra civilización industrial. Aquelarre tecnológico hecho de criaturas hambrientas de poder, de seres mutantes en perpetua metamorfosis. Casa de la locura donde todos somos dioses fallidos, deidades corruptas, especies nuevas para la edad de la catástrofe, para el tiempo del festín.
En este 2025 celebramos el centenario del nacimiento de Brian W. Aldiss, un autor británico imprescindible de la ciencia ficción de los siglos XX y XXI. Es hora, pienso, de volver a su obra, de leer sus mundos futuristas como piezas de ese rompecabezas llamado humanidad en constante evolución. Una saga de esperanzas imposibles y certeras pesadillas. Un porvenir que se empeña, desde una prosa eficaz y poderosa, por mostrarnos las heridas que nosotros mismos nos causamos, las quimeras seductoras que inventamos para seguir viviendo en este presente caótico, sórdido, miserable. El horizonte de acontecimientos donde los monstruos nos miran desde el otro lado del espejo. Y en su gesto de terror está dicho no lo que ya viene en camino sino lo que ya vive entre nosotros: creciendo de continuo. Devorándolo todo.
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