Bertolt Brecht: versos para el camino

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Hace unos años, en 2023, se publicó una de las más completas antologías de la obra poética de Bertolt Brecht (1898-1956), el poeta alemán que le tocó presenciar dos guerras mundiales y experimentar la república de Weimar, el exilio en Dinamarca, Finlandia y los Estados Unidos, hasta su regreso a la patria, a la caída del III Reich, en la República Democrática Alemana bajo control soviético. Con el título de No pudimos ser amables. Antología poética (1916-1956), Galaxia Gutenberg dio a conocer, con la traducción de José Luis Gómez Toré, esta edición bilingüe de una de las voces más relevantes de la poesía del siglo XX. Incluso en nuestra época, tan fragmentaria, tan virtual, los versos de este alemán que siempre estuvo viviendo de prestado, que nunca se resignó a callarse la boca, que dijo lo que sentía en cada momento y lugar, nos interpelan, nos incordian. Su poesía es una bomba Molotov verbal que no quiere dejar títere con cabeza, entendiendo que esos títeres representan las fuerzas opresoras de la vitalidad humana, el poder en todas sus formas y encarnaciones.
Brecht es un poeta-cantor, un comediante que se toma sus bromas en serio, un observador acucioso de la condición humana, un vindicador de lo marginal, de los fuera de la ley, de los subversivos que trastocan el orden establecido. Sus poemas son muchas cosas a la vez: confesiones personales, retratos nada idílicos de su comunidad, himnos a la urbe que es la suma de sus violencias y experiencias sexuales, historia del mundo como lección para todos, diario de viaje con versos para el camino, reseña de su tiempo en sus ardides y pesares. La franqueza y la ternura se alían en sus palabras que son, a la vez, mofa y consuelo, ironía y llanto colectivo, algarabía y desencanto. Quizás su “Balada del consentimiento del mundo” lo dice todo sobre su postura ante las realidades que le tocó vivir:
No soy alguien injusto, mas tampoco valiente
Hoy ellos me mostraron, señalando, su mundo
Vi entonces solo el dedo, que chorreaba sangre
Me apresuré a decir que el mundo me gustaba.
Un hombre sin más moral que su instinto de supervivencia, un poeta que contempla las miserias humanas que comparte con sus semejantes y, desde el nivel de la calle, habla de ellas, comenta cómo le ha ido en la feria de la vida, cuántas víctimas y asesinos lo rodean con sus discursos de orden y ley. Por más que se proclamara miembro de partidos, su poesía denota que siempre fue un anarquista en un mundo que alababa, en su ruindad, “a la usura y a Dios” como pretexto para someter a los pueblos, para imponer sus dogmas y prejuicios, sus progromos y campos de exterminio. Bertolt reconoce a los matarifes, a los que se la pasan “azotando traseros” con su sed de sangre ajena. Él mismo acepta que desentona en los tiempos que le tocó vivir por mostrar “su falta de vileza”. Sus poemas tienen blancos precisos: los políticos, militares, empresarios, periodistas, científicos, policías y poetas. Todos los que cantan a coro lo bonita que es la sociedad, lo bien que llevan el mando los poderosos, lo hermosa y pintoresca que es la penuria. Su obra está escrita “al borde del patíbulo”, con versos francos, sin eufemismos ni retruécanos.
Leerlo es reconocer que en verdad vivió en tiempos sombríos, que su existencia tuvo tanto triunfos artísticos como persecuciones incesantes para echarle la mano y meterlo a la cárcel o asesinarlo. Más que un sabio, Brecht se consideró un hombre que peleaba por las buenas causas: la libertad, la verdad, la integridad del ser humano. Un cantor del sufrimiento comunitario que expone las corrupciones, las estupideces de los que mandan. Pero, sobre todo, nos presenta los dilemas a los que se enfrenta quien toma el bando de los desposeídos, de los impacientes, de los revoltosos. Poeta que hizo de la palabra su estandarte de lucha, que aceptó en su poema, “La emigración de los poetas”, a qué estirpe pertenecían sus versos: a la de Dante en el exilio, a la de Villon, que “no solo lo perseguían las musas/sino también la policía”, a la de Lucrecio y Heine, que fueron al destierro por lo que escribieron, “y así también se escondió/Brecht debajo del techo de paja danés”, porque su poesía no era para crear buenos sentimientos sino para molestar a los que se creían intocables. Y por eso se ajusta a nuestro tiempo, tan crédulo, tan conformista, tan hecho para aceptar la opresión, tan parecido a ese siglo del que Bertolt Brecht dijera que había hecho de la injusticia su razón de ser, de la censura su meta en la vida.
Y más allá de ser un “mensajero del infortunio”, nuestro bardo también fue el cantor de la esperanza, el prometedor de mejores días por venir: “Incluso el Diluvio/No duró para siempre./La tierra acabó absorbiendo/Las negras aguas”. Y sin embargo, toda su vida adulta Bertolt Brecht tuvo preparada, por si las dudas, una maleta. Bajo tales contradicciones, su obra puede resumirse en el título de uno de sus últimos poemas: “Canción de amor de una mala época”. O en ese autorretrato donde exponía ser “un anciano sin memoria” y “un niño que recordaba cosas tristes”. A veces viejo. A veces joven. Un mirlo que entonaba, entre el paisaje devastado, su canto pendenciero, exigente, procaz.
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