Barrios digitales: comunidades vecinales en tiempos de WhatsApp

Por: Alejandra Trejo Nieto*

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En el desarrollo de las ciudades de México, como en el de muchas otras urbes latinoamericanas, la convivencia barrial, las relaciones cara a cara, la confianza entre vecinos y las redes de apoyo informal fueron pilares fundamentales de la vida urbana. A lo largo del tiempo, las vecindades, unidades habitacionales, fraccionamientos y colonias se volvieron espacios de encuentro y cuidado en donde construir formas de vida compartida y redes de solidaridad, aunque también mecanismos de control y disputa. Sin embargo, en las últimas décadas, la inseguridad, la movilidad constante, la fragmentación espacial y el debilitamiento de la gestión pública local fueron transformando esos vínculos. Gradualmente, el alejamiento, aislamiento y recelo fueron reemplazando o debilitando las prácticas comunitarias que solían estructurar la convivencia cotidiana. Pero hoy, en plena era digital, el entramado barrial ha encontrado un nuevo soporte en plataformas como WhatsApp que han dado lugar a una forma emergente de sociabilidad urbana.

La red social WhatsApp se ha consolidado como uno de los canales de comunicación más extendidos, tanto para asuntos personales, laborales como vecinales. Es cada vez más común que los vecinos de un mismo edificio o conjunto habitacional creen grupos para mantenerse informados, coordinar actividades y compartir inquietudes. El celular es el nuevo artefacto de convivencia vecinal y los chats de WhatsApp se han convertido en una extensión (y a veces sustituto) de la vida barrial.

En estos espacios digitales circulan mensajes de todo tipo: alguien pregunta si hay luz o agua en los demás departamentos, alguien más solicita bajar el volumen de la música, suele no faltar quien da el saludo matutino diario, se avisa cuándo habrá reparaciones en áreas comunes o se da la bienvenida a un nuevo residente. Estas conversaciones se han vuelto cotidianas y, más allá de una aparente trivialidad, sostienen formas de convivencia y organización vecinal en tiempos de hiperconectividad. Se constituyen en algo que podríamos llamar “barrios digitales”.

Se trata de barrios que no tienen banquetas, tiendita ni patio central, pero toman vida en miles de chats donde se reproduce buena parte de la vida cotidiana del barrio, de la unidad o del condominio. A golpe de notificación, una vecina informa que ya pasó el camión de la basura; otro vecino alerta de un intento de robo; alguien más organiza una colecta para apoyar a la familia de la esquina que tuvo una emergencia médica. En ocasiones se comparten memes, recetas, fotos de mascotas extraviadas o invitaciones a festejos públicos. En no pocas ocasiones, también se encienden discusiones sobre el uso del espacio público (o los espacios comunes), el ruido, los vecinos que llegan o de los que se van.

Lejos de ser triviales, estos grupos cumplen funciones sociales primordiales. Actúan como espacios de información, contención emocional, vigilancia y coordinación colectiva, muchas veces supliendo a autoridades locales rebasadas o ausentes. Una investigación sobre los grupos de prevención del delito vecinal en WhatsApp, muy populares en los Países Bajos, encuentra que estos grupos dificilmente logran prevenir el delito, pero han sido muy útiles para estimular la cohesión social.[i]

En Mexico, en los barrios populares, los chats de vecinos pueden ser clave para activar redes de apoyo en momentos de crisis –como los sismos o durante la pandemia–. En estos barrios, los chats suelen utilizarse para organizar trueques, talleres, rondas nocturnas para la seguridad comunitaria, tequios o brigadas de limpieza. En estos casos, el barrio digital amplifica la agencia colectiva y el derecho a la ciudad, como una herramienta de apropiación del territorio. En no pocas colonias de la Ciudad de México grupos vecinales del Whats se volvieron clave durante la pandemia: coordinaron apoyos a adultos mayores, repartieron cubrebocas, organizaron entregas de víveres y hasta se crearon fondos para emergencias médicas.

En zonas de clase media y alta, los chats suelen estar vinculados a sistemas de cámaras privadas, alarmas y empresas de seguridad para crear redes de “seguridad ciudadana” construyendo una idea del barrio como “zona cerrada” protegida.

Hay casos aún más desesperanzadores. En algunas zonas de las ciudades, grupos vecinales han sido denunciados por compartir fotos de personas en situación de calle bajo sospechas infundadas, reproduciendo prácticas de vigilancia social punitiva que refuerzan estereotipos y exclusiones. Es decir, estas formas de comunidad digital no son neutras. Pueden reproducir tensiones de clase, género y raza, que históricamente han atravesado el espacio urbano. En algunos grupos se suele reforzar una visión excluyente de la colonia, donde todo lo “extraño o ajeno” –personas sin vivienda, vendedores ambulantes o trabajadores de plataformas– es percibido como amenaza. El espacio digital se convierte así en un mecanismo de control social, donde el “vecino vigilante” puede operar como una versión 2.0 del portero que decide quién entra y quién no a la colonia.

Asimismo, los chats de WhatsApp son escenarios donde se negocia el poder barrial. La figura del “administrador del grupo” –con su capacidad para agregar, silenciar o expulsar participantes– condensa nuevas formas de autoridad informal. En algunas colonias, esta figura ha adquirido peso político real, participando en gestiones ante autoridades, organizando protestas o convocando asambleas. En otras, se transforma en un filtro autoritario que impone su visión del barrio y bloquea voces disidentes.

Más allá del optimismo o la alarma, los barrios digitales reflejan algo profundo: la mutación del vínculo urbano en tiempos de conectividad ubicua. En un contexto donde las formas tradicionales de comunidad se han fragmentado por la precariedad, el miedo a la violencia y el debilitamiento institucional, los espacios digitales permiten reconstruir –aunque sea parcialmente– un sentido de pertenencia y mutuo cuidado. Pero también muestran cómo la vigilancia, la exclusión y la disputa por el espacio se digitalizan junto con todo lo demás.

Hoy, la ciudad y sus habitantes no se comprenden solo caminando sus calles, sino también leyendo sus chats. Entender estas infraestructuras digitales cotidianas –invisibles para los mapas oficiales, pero centrales en la vida urbana– es clave para repensar la democracia local, la justicia espacial y el derecho a la ciudad. Los chats no reemplazan el encuentro en la calle, pero lo complementan; no eliminan los conflictos, pero los reorganizan. En ellos se gestan formas nuevas de cuidado mutuo, de vigilancia compartida y, a veces, de acción política local.

Desde luego la idea del barrio digital nos plantea distintas interrogantes: ¿estamos frente a una nueva forma de lo común o a un nuevo espejismo algorítmico? ¿puede una comunidad digital sostener procesos reales de transformación territorial? Las respuestas no son simples, pero vale la pena reconocer que hoy, la vida urbana no solo se juega en las calles, los parques o los tianguis, sino también en los grupos de WhatsApp que dan forma a esa otra forma de convivencia urbana: la que existe entre audios, emojis y notificaciones.


[i] https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/17416590211041017

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

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