Astillado de luz: sobre Isla de raíz amarga, insomne raíz de Jaime Reyes

Por: Manuel Illanes
Compartir este texto:
En uno de los fragmentos más hermosos de la novela Miedo y asco en Las Vegas, Hunter S. Thompson describe de manera emotiva el sentimiento que caracterizó a la generación de la cual él formó parte, la de los años 60, ofreciendo un panorama que, sin embargo, se ve ensombrecido al final de la cita por el reconocimiento de una derrota que lo supera: “San Francisco, a mediados de los 60’ era un lugar del que valía la pena formar parte. Pero ninguna explicación ni juego de palabras, música o recuerdos, alteran esa sensación de saber que estabas vivo en ese rincón del tiempo y del mundo. Aquello significaba locura en cualquier dirección y a todas horas y todo era posible. Era una fantástica sensación de que todo lo que hacíamos estaba bien, de que ganábamos y ese era el asidero. Esa inevitable sensación de victoria sobre las fuerzas del mal; no en un sentido militar, no lo necesitábamos. Nuestra energía prevalecería; teníamos el ímpetu, cabalgábamos sobre la cresta de una alta y hermosa ola. Así que ahora, cinco años después, podías subir a una colina de Las Vegas, mirar al oeste y con los ojos adecuados, ver la marca más alta del agua, aquel sitio donde la ola rompió por fin y volvió atrás”.
El párrafo anterior refleja de forma muy precisa la coyuntura que debieron enfrentar los grupos progresistas en muchos lugares alrededor del mundo, cuando sus proyectos de transformación se dieron de bruces con las realidades sombrías que habitaban al interior de cada país: es el caso de México en 1968 y del fin del proceso de democratización, liderado por el movimiento estudiantil, tras la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco. El panorama surgido después de este hecho sangriento es la materia principal de Isla de raíz amarga, insomne raíz de Jaime Reyes. El libro, que acaba de ser reeditado por Dogma Editorial y Pareidolia Records, parte de una constatación: la de la derrota política y el paisaje de devastación que ésta trajo consigo. No es casual que en el primer poema del conjunto, “Entre la espuma, sal en mi lengua, gota en mi cuello”, Reyes aluda ya desde el verso inicial al escenario de catástrofe que he mencionado: “Estoy dondequiera a la hora del desastre”. Como si el orden fundado por la matanza de la Plaza de las Tres Culturas copara todo el horizonte epocal y fuera imposible escapar de él. Esta constatación es reafirmada permanentemente por el poeta en varios de los textos de las tres primeras partes del libro, en donde a través de versos que hablan de violencia y opresión, el escenario de catástrofe es materializado y exhibido: así, por ejemplo, en “Soy de los que no tienen paciencia y esperan” en que se señala: “¿Qué puerta puede abrirse en la ciudad cuando está llena de cárceles / y cobardes hombres de trapo son víctimas y delatores a la vez?” (p. 20). O en “Y que el dios del vino nos acoja” donde se nos repite un mismo adjetivo en dos líneas distintas, para enfatizar su iteración: “Edificios ensangrentados, suicidatorios”; “Días ensangrentados, agónicos” (p. 22 y 23). O en “Salgo del oscuro” en que se presenta esta terrible imagen: “Avanza la locura / a horcajadas sobre el aire cerrando puertas. / Juzgas, te preparas, pero nada hay seguro, nada. Y por esto, / sólo por esto es permisible derribar hogares, fructificar matanzas” (p. 47). La progresiva tensión de los textos alcanza un paroxismo en el tándem que conforman los poemas “Los derrotados” y “Bajo el silo de las inexorables alambradas”, puesto que en ellos la realidad expuesta por Reyes emerge con total claridad: de esta manera el poeta afirma en “Los derrotados”: “Quieren seguir solos, pero saben que lo van a hacer, / que van a seguir cayendo y levantándose a cada momento / sobre la sangre de sus padres y sus hermanos y sus nombres asesinados” (p. 50), indicando más adelante que dichos derrotados “no recordaron las pisadas de los batallones dentro de sus cabezas / asesinando gente impunemente y pregonando la paz” (p. 53). Mientras tanto en “Bajo el silo…”, el poeta resume en algunos versos esta “herencia de agujeros” (citando las famosas palabras del manuscrito anónimo de Tlatelolco escrito hacia 1528): “bajo el sucio suelo mexicano crece en este momento otro, / un cielo lleno de ira, de sangre aplastada, de estudiantes asesinados / de impúberes jóvenes violadas a la sombra de asquerosos gobernantes” (p. 58).
Frente a esta sensación de catástrofe y desamparo en que el escenario post 68 sitúa a los jóvenes, el poeta visceral y desaforado que es el Jaime Reyes de Isla de raíz amarga… apela al sentimiento amoroso como vía para trascender esta realidad sangrienta: no lo hace, por supuesto, de manera simple ni unívoca; en poemas que van desde la entrega incondicional (como en “Entre la espuma…”, “Soy de los que no tienen paciencia…” y “Circe”) hasta la lujuria más descarnada (“Larva de la lujuria”), Reyes explora toda la gama de emociones que se derivan del encuentro casual y el vínculo de pareja, manifestaciones de una visión del sentimiento que le debe muchísimo al concepto de “Amor loco” de los surrealistas. Hay, sin embargo, un matiz que debe ser mencionado: para Reyes, tanto el deseo como el afecto, aunque compensan, en parte, la sensación de catástrofe a la que he aludido con anterioridad, no la eliminan y se encuentran además inextricablemente ligados al odio, un sentir que parecería opuesto por completo al de la entrega que implica el amor, pero que no lo está demasiado, si consideramos tanto la tradición latina (hay que recordar, por ejemplo, el Odi et amo de Cátulo) como nuestros propios antecedentes latinoamericanos, donde figuras como Efraín Huerta y Pablo Neruda han configurado su presencia en textos emblemáticos.
La relevancia que adquiere el lazo entre amor y odio en los poemas del libro de Jaime Reyes me hacen reflexionar acerca del efecto demoledor que tuvo la experiencia del 68 sobre todos los que la vivieron: en ningún poema se expresa esto mejor que en “Los derrotados”, quizás uno de los textos capitales de Isla…, pues en él se evidencia de qué manera el impacto de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas ha cimbrado a Reyes y agriado su raíz hasta volverla amarga. “Los derrotados” no sólo es una invectiva contra el estado de cosas suscitado tras el 2 de octubre, sino también, y, por sobre todo, un ejercicio de autocrítica feroz (del que habla Iván Cruz a propósito de la militancia de Reyes en el prólogo del libro) que, desde mi punto de vista, no podía más que conducir al poeta hacia una exigencia mayor, que culminó como todos sabemos en La oración del ogro y su audaz experimentación con los testimonios de los desalojados y migrantes chiapanecos. Encontramos entonces que esa amargura, esa rabia que vertebra Isla… no será un sentimiento que limite creativamente a Reyes sino que le ofrecerá la posibilidad de ir más lejos en sus búsquedas formales y temáticas, convirtiéndose en un modelo para la poesía política mexicana y latinoamericana, cosa que no habría podido lograr sin el impulso dado por Isla de raíz amarga, insomne raíz.




