Artemisia Gentileschi y Margarita Matisse en París

Por: David Noria
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I
El museo Jacquemart André de París exhibe actualmente con el concurso de la embajada italiana la exposición “Artemisia, heroína del arte”.
En el nombre de Artemisia hay “arte”. Así la hizo bautizar, ciertamente a propósito, su padre el pintor Orazio Gentileschi, sellando un destino. Es la sociedad gremial, donde las familias ejercen oficios por generaciones. Es la Italia del XVII, ávida de cuadros, sobre todo de tema bíblico y pagano, pero también de retratos de notables. Se trata de un circuito europeo: la inquieta Artemisia (1593-1656), promovida por su padre y por su propia maestría, reside alternativamente en Roma, Nápoles, Venecia, París y Londres, siempre solicitada por mecenas y protectores, entre ellos Felipe IV de España.
A todas luces orgullosa y consciente del valor de su arte, la mirífica artista concentra sus energías en la recreación de motivos femeninos: Judith, Venus, Cleopatra, además de retratos de potentadas de la época. No que los temas fueran novedosos, por supuesto. Ya se sabe que la pretensión de novedad es prácticamente desconocida en el mundo del arte hasta bien entrado el siglo XIX. Aquí, en el seiscientos, los artistas se jactan, por el contrario, de pertenecer a la tradición. Así también Artemisia retoma a veces al pie de la letra los cuadros de su propio padre, la famosa Judith y su sirviente, por ejemplo. Pero lo que ella ofrece es una penetración dramática y psicológica diferente, casi diríamos más profunda. Sus heroínas están “nobilizadas”, dignificadas: gestos más sutiles, ropas más finas, joyas y coqueterías donde antes había afeites más simples, posturas más bruscas. Incluso asoma una complicidad femenina entre las sirvientes y sus señoras. En cuanto al erotismo, es difícil pensar en un cuadro más sensual que su Cleopatra de alrededor de 1620-1625, donde asoma asimismo la truculencia del suicidio. Más beatífica, la Venus dormida de 1626 canta la dicha de la satisfacción –del regodeo– de la diosa después de ser visitada por alguien que acaba de salir por el balcón. Las sábanas azul celeste sostienen al albo cuerpo semejante a una nube. Eros, al pie de la cabecera, la refresca con un abanico de plumas de pavo real; almohada aterciopelada y mejillas sonrosadas rematan esta composición de una rara audacia.
El mundo de Artemisia no fue muy diferente del de Louise Labé (1524-1566) y de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695). Tres cortesanas ampliamente reconocidas en sus días.
II
Otra exposición parisina notable es “Matisse y Margarita” en el Museo de Arte Moderno. Henri Matisse (1869-1954) retrató a su hija “Margot” a lo largo de toda su vida. La muestra ha reunido los más de cincuenta cuadros en cuestión. Se diría que ni una sola vez Margarita tiene el mismo rostro: lo que le importa a Matisse es la composición de los colores, obsesionado por el contraste entre los colores fríos y calientes, generalmente ensamblados alrededor de un centro brillante. La niña lectora de mirada agachada, tema reiterado, alcanza su expresión más lograda con el cuadro de 1906, Margarita leyendo, donde el gusto por los vestidos y la buena costura son casi connaturales a la sensibilidad visual del pintor y de la modelo, ella misma interesada en la confección de moda.
El sumo pudor que puntea toda la serie, que abarca prácticamente de la infancia a la madurez de Margarita, no está exento de captar el despertar del fuego en los ojos de la adolescente, en unos cuadros cautivantes. Significativamente, justo después de este momento Matisse cambia de modelo durante algunos años. Sutil tratado de psicología codificado en los trazos del padre dibujando a su hija, esta muestra tiene además la virtud de mostrarnos a la sociedad burguesa francesa en uno de sus momentos cúspides.
El contraste con la exposición de Artemisia –coincidencia coyuntural, cierto, pero productiva–, ayuda a comprender mejor la tajante diferencia entre la sociedad señorial del Renacimiento y la sociedad burguesa, infinitamente más controlada, del siglo XIX. Entre un punto y otro había nacido el Estado moderno, la desacralización, y algo como un repliegue –una implosión puritana– había confinado a los cuerpos al hogar, a los modales, a las normas de un mundo mental y físico constreñido, no exento de una elegancia fría, que sin duda nos toca menos, hijos como somos al cabo de un mundo ibérico y mestizo.
París, 17 de abril de 2025
La pintura es un autorretrato de Artemisa Gentileschi




