Armisticio

Por: Marcos Límenes

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Me entero que ha muerto el vecino que durante los largos meses de confinamiento conversaba con un gallo salido de quién sabe dónde. Dicen que “perdió la guerra contra el cáncer” como si se hubiera batido contra un enemigo en igualdad de condiciones. A últimas fechas varios amigos y conocidos han perdido la supuesta batalla lo que me entristece a la vez que me pone en guardia. La gran mayoría pertenece a mi generación -o sea más o menos viejos- que, al igual que nuestros padres, debería alcanzar los ochenta o noventa años pero la mala alimentación, el sedentarismo ola pura y llana tristeza hacen que la meta sea difícil de alcanzar.

Poca gente ha asistido al velorio lo cual no me extraña dada la naturaleza del personaje. Entiendo que estos rituales “laicos” son necesarios para procesar, de cierta manera, el dolor de los que se quedan pero por lo que veo ningún pariente se encuentra presente. Vivía muy solito me dice una señora en voz queda como para no llamar la atención de los demás. ¿Quién era, cómo se llamaba? le pregunto pero nomás se encoje de hombros. Por lo visto su único compañero era el gallo.

Cerca del féretro se encuentra un florero con un par de nardos y la fotografía de mi vecino, años más joven. Botas de leñador, gorra, paliacate al cuello. Detrás de él una cabaña con la puerta abierta y una mujer –algo borrosa- atravesando el umbral. No cabe duda que se encuentra en el campo; los troncos de los árboles son gruesos y el estilo de la cabaña, por lo que se alcanza a ver, no es de por aquí.

Trato de hacer memoria: jamás lo vi acompañado, si acaso le di los buenos días con un gesto de la cabeza que nunca respondió. Llegó al vecindario un par de meses antes del inicio de la pandemia –otro gringo retirado pensé- y me desentendí hasta el día de hoy. Ha sido la señora que una vez por semana le hacía la limpieza quien me ha comunicado su deceso.

Han pasado varios días desde el entierro -¿quién lo habrá pagado?- y un camión de mudanza se ha estacionado frente a la casa deshabitada para llevarse muebles y cajas. El molesto gallo se encuentra ahora en mi jardín y no me queda más remedio que adoptarlo, tan sólo sea para compensar mi reprobable comportamiento.

A diferencia de los elefantes mi vecino -¿podré llamarlo así todavía?- decidió morir lejos de su lugar de origen. Nada sé de su historia personal salvo que, aparentemente era infeliz. Esa fue, en realidad, la batalla perdida.

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