Apuntes sobre El guardián entre el centeno

Por: Juan Vadillo
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Para mi editor y profesor de historia del arte, Juan Luis Bonilla
Corría el año de 1989. La pelota de vóleibol rebotaba sobre los balcones grises, en el patio de la prepa del Colegio Madrid. Yo tenía 18 años recién cumplidos, y me volaba casi todas las clases excepto una: historia del arte. El profesor nos había dejado leer El guardián entre el centeno (1951), una novela muy famosa del escritor norteamericano J. D. Salinger (1919-2010). Confieso que no podía parar de leerla, cada página para mí era como un espejo. Si no recuerdo mal, el protagonista Holden Caulfield -un adolescente de 16 años extremadamente sensible- en algún momento le preguntaba a su hermanita Phoebe si es posible ser plenamente sincero, no sólo con los demás sino también con uno mismo. Esta idea está en el centro de la novela, Holden Caulfield nos cuenta su historia (a nosotros y a sí mismo) en primera persona intentando ser lo más sincero posible, pero dentro de su propio discurso se va dar cuenta de que no se puede llegar a ser sincero ni siquiera con uno mismo. El problema de Holden (y de muchos poetas y artistas) con la sociedad radica justamente en el ejercicio de ser plenamente sincero, el cual, a su vez entraña la aguda sensibilidad que va a detectar de inmediato la hipocresía y la mentira. Ambas, en mayor o menor grado, están presentes de manera inevitable en las relaciones humanas y, por lo tanto, en todas las conversaciones incluso cuando se conversa con uno mismo. Recordemos que máscara en latín quiere decir persona, es decir que, además de vestirnos, antes de salir al mundo nos ponemos una máscara, y vamos cambiando de máscara de acuerdo a las circunstancias. Quevedo en este sentido escribió que “nunca hay que decir lo que se siente, siempre hay que sentir lo que se dice” apuntando al carácter histriónico de nuestras relaciones sociales, donde el mejor actor, siguiendo el tópico Theatrum mundi, es el que sabe interpretar con más sentimiento su papel. Holden va a invertir la sentencia de Quevedo y se va a presentar en el escenario con una máscara muy delgada, sintiendo siempre lo que dice e intentando revelar de esa manera la verdad. Más aún, no sólo sintiendo lo que dice, sino también haciendo lo que verdaderamente siente. Con esta actitud, Holden consigue que lo expulsen de varios colegios; de hecho, la novela comienza justamente cuando lo expulsan del Colegio Pencey en Pensilvania. Holden nos cuenta la charla que tuvo con el director del Colegio, el señor Thurmer, en esa charla, el director le dice “que la vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.” Esta parábola del director del Colegio va ser fundamental para empezar a entender la psicología de nuestro narrador protagonista. “De partida un cuerno -nos dice Holden-. Menuda partida.” Porque para él, seguir las reglas del juego implicaría dejar de ser sincero, ya que para ser sincero hay que hacer lo que uno siente en ese preciso momento. Más aún si pensamos que uno deja de ser constantemente para ser otro. Este devenir inevitable corre por las venas de nuestro personaje, cuya gran sensibilidad advierte que todas las reglas tienen su fundamento en el tiempo cronológico. Dejarse llevar -como el vagabundo o el mendigo romántico- por la intuición, el deseo y las emociones, y no por las manecillas del reloj, implicaría ser plenamente libre y sincero con uno mismo. Esta libertad plena, paradójicamente, acaba por llevar a nuestro personaje al psiquiátrico, desde ahí empieza a contar su relato que, como él mismo apunta en la primera página, sólo abarcará lo acontecido “durante las Navidades pasadas.” La novela, de manera circular, nos va a regresar, en el último capítulo, a la misma institución mental donde nuestro personaje comienza su relato.
El destino trágico de Holden se parece mucho a la tragedia de otro héroe, don Quijote, que también regresa a su punto de partida, pero, mientras que Ingenioso Hidalgo reconoce en el último capitulo haber recuperado el juicio en plena lucidez, Holden, en cambio, sigue siendo el mismo soñador hasta el final de la novela. En la institución mental, un psiquiatra le pregunta si piensa aplicarse y estudiar cuando vuelva a un nuevo Colegio, para él -como es de esperarse- resulta una pregunta por demás estúpida. “¿Cómo sabe uno lo que va a hacer -nos pregunta Holden- hasta que llega el momento?”
Cualquier cosa que yo quisiera escribir sobre El guardián entre el centeno sería para Holden una mentira; aun si entendemos que la escritura es un camino hacia la verdad de nosotros mismos, siempre al final terminaríamos fingiendo. Porque incluso nos engañamos cuando hablamos con nosotros mismos. Escribir es un diálogo engañoso con las voces que nos habitan, no obstante, es el diálogo más sincero que podamos entablar. De ahí que el poeta sea un fingidor como advierte Pessoa en sus versos, el fingidor más sincero, “que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente.” No en vano Jane (la exnovia de Holden), ávida lectora de poesía, sea la persona más sincera que Holden haya podido conocer.
En un discurso de poder, lleno de hipocresía, que busca estructurar de manera ordenada al mundo, Holden encuentra una salida, la digresión, un recurso retórico que evade las reglas del juego, que, como el camino del vagabundo, puede tomar cualquier vereda. Por eso es que a nuestro personaje le gusta tanto el discurso de su compañero de clase Richard Kinsella, a quien los muchachos de mente ordenada y clara todo el tiempo le gritaban ofensivamente “digresión,” porque siempre se andaba por las nubes. La digresión es subversiva, escapa del discurso académico, ordenado; es laberíntica, es una manera de perderse para encontrarse, busca lo que no encuentra y encuentra lo que no busca.
Para ser sincero, no sólo en el discurso sino también en la vida, hay que tomar el camino digresivo, irse por los cerros de Úbeda, perderse para encontrarse, hacer lo que uno verdaderamente siente, cada segundo, cada instante, como en la famosa canción de Kiko Veneno, que también cantaba Camarón: “Volando voy / volando vengo / por el camino / yo me entretengo / enamorado de la vida / y a veces duele / si tengo frío / busco candela / yo no sé quien soy / ni lo pretendiera. No puede haber nada más sincero que reconocer que uno no sabe quién es, y al mismo tiempo afirmar que no pretende saberlo. De esa manera -como en la canción- Holden se enamora de la vida: de la manera en que su hermanita Phoebe juega con su barquito, de los patines de Phoebe trazando el azar del hielo, del destino incierto de los patos, de la manopla de llena de poemas de su fallecido hermano Allie; de la manera como Jane juega a las damas hasta que una lágrima suya cae sobre el tablero. Porque como dice la canción de Veneno, enamorarse de la vida a veces duele, y la lágrima sobre el tablero alegoriza el dolor que implica no seguir las reglas del juego.
Por otra parte, la manopla llena de poemas simboliza la posibilidad de salvarnos por medio de la poesía, de recuperar la infancia por medio del poema, las emociones vírgenes, la frescura, la inocencia. En este sentido Holden se imagina a sí mismo en un campo de centeno, donde miles de niños están a punto de caer al precipicio, pero antes de que caigan, él los va a cachar con la manopla (se trata de la manopla del guardián, del catcher) de ahí el nombre original de la novela: The Catcher in the Rye; los va a cachar para que no caigan en el precipicio de la adultez, para que no pierdan la sinceridad de la infancia; los va a salvar de ese mundo en el que hay que seguir las reglas del juego.
Vivimos ocultando que seguimos siendo niños. Fingimos no sentir las emociones de la infancia donde aún está latente la autenticidad del deseo, el primer atardecer, un regalo en el árbol de navidad, la leche materna a borbotones. Poco a poco nos van enseñando a no sentir, a cerrar la boca, a construir nuestra propia hipocresía. Fingir es la única manera de mantenerse de pie, en una sociedad donde todo el mundo tiene que estar OK aunque se esté muriendo por dentro; fingir aunque el alma se esté desangrando, para poder seguir las reglas del juego que nos lleven a una posición lo más arriba posible del prójimo.
El guardián entre el centeno coloca las reglas del juego, no sólo ante mirada del personaje, sino también ante nuestra propia perspectiva, en esa lucha entre la verdad y las apariencias, entre las emociones químicamente puras y la responsabilidad, entre el deseo y el deber; nos deja vislumbrar qué tan lejos estamos de ser libres. Hasta qué punto podríamos salirnos del camino para encontrar lo que verdaderamente somos.
No está por demás señalar aquí una paradoja controversial que surge tanto si pensamos en la psiquiatría como en el psicoanálisis: ¿por qué razón hay que adaptar al individuo a las reglas del juego de un mundo corrupto, cuando su espíritu está lleno de pureza y honestidad? Acaso la respuesta está en el viento, en el grito de Edvard Munch, en el suicidio de Virginia Woolf, en la contradicción que nos mueve, en el espejo de la locura donde nos miramos al borde del precipicio, donde peligrosamente podría derrumbarse toda estructura, donde peligrosamente podríamos reconocernos.
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¡Excelente texto!