Antropología y periodismo. Vecinos distantes

Por: Alejandro Agudo Sanchíz *
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La organización de asociaciones académicas para el estudio del periodismo en México ocurrió en un momento cercano al auge de la violencia durante la tristemente célebre “guerra contra el narco” del presidente Felipe Calderón, cuando las noticias sobre atrocidades sin precedentes incluyeron cada vez más entre sus víctimas a las propias personas del gremio. A la historia de la prensa en nuestro país se sumaron temas urgentes, aportados por especialistas en comunicación y medios, sociología y ciencia política. A la antropología, sin embargo, aún se la espera (o no) entre estas disciplinas reunidas en torno al creciente objeto de estudio.
Es cierto que los enfoques macroscópicos de algunos proyectos donde colaboran quienes estudian al periodismo, guiados por el objetivo de identificar modelos universales con muestras estadísticas, es suficiente para desalentar a la mayoría de los y las practicantes de la antropología, incluido quien esto escribe: se nos entrena para hacer trabajo de campo, por lo general prolongado, en el entorno natural de un número reducido de personas, adaptándonos a sus rutinas y participando en ellas en la medida de lo posible. No obstante, aunque esta “observación participante” y otros métodos propios de la etnografía deban mucha de su existencia a la antropología, ya no podemos reclamar el monopolio sobre ellos: hay especialistas en sociología, medios y comunicación que emplean estos procedimientos de una forma no muy distinta a la nuestra.
Entonces, ¿qué nos impide colaborar al menos con estas personas? Sus métodos etnográficos se concentran a menudo en los aspectos organizacionales y profesionales del oficio periodístico, dimensiones a las que parecemos tener cierta alergia en la antropología. Lo nuestro no es la sala de redacción, ni el seguimiento a reporteros en sus rondas por las fuentes, sino el estudio de las noticias como vía para acceder a los contextos culturales donde son empleadas por la gente para interrogarse sobre cuestiones de moralidad, religión o raza; no nos interesa tanto el periodismo en sí, sino lo que la producción, la recepción y el contenido noticiosos puedan revelar sobre las sociedades contemporáneas. De hecho, mientras que una antropología del periodismo aún sigue en ciernes, el floreciente campo de la antropología de los medios, fuera de México, ha volcado su interés en los medios de entretenimiento como la radio, la televisión o el cine –una muestra de la inclinación de la disciplina a alinearse más con las humanidades y los cultural studies que con sus vecinas más cercanas en las ciencias sociales.
Quizás como reflejo del escaso interés mostrado por la antropología, tampoco han llovido las invitaciones a bordo de los estudios periodísticos. Algo se atisba aquí y allá, en ocasiones, cuando unas especialistas en este campo llaman a entender el periodismo como producto social resultante de interacciones que incluyen a quienes consumen información;[i] o cuando un también reconocido investigador sobre periodismo en México recomienda sacar la producción de noticias de los medios para recolocarla en el ámbito de la comunicación pública.[ii] Una invitación más explícita nos llega desde por conducto de Karin Wahl-Jorgensen, profesora de periodismo y medios en la Universidad de Cardiff. En su contribución al ya clásico –y quizás solitario– volumen The Anthropology of News and Journalism, Wahl-Jorgensen presenta a la antropología como disciplina propicia para comprender los significados, contextos y prácticas cotidianas ignoradas por el enfoque prioritario en las grandes agencias de noticias: gran parte del campo periodístico en cada país está conformado por actores no profesionales en medios de menor tamaño, no comerciales o con menos recursos.[iii]
Esto podría tocar una fibra sensible en México, donde la mayoría de los periodistas asesinados durante el periodo 2018-2024 corresponde al perfil del comunicador precario local, que desempeña diversas funciones informativas en los márgenes del periodismo. Son personas sin preparación formal, aprendices del oficio mediante la práctica: voluntarias en radios comunitarias o trabajadores a tiempo parcial en sus propias empresas o páginas de Facebook, las cuales mantienen con el salario obtenido mediante otras ocupaciones como la venta de alimentos, el trabajo como taxistas, el empleo en maquilas o, en más de un caso, en los departamentos de comunicación social de los gobiernos locales. Uno de los subterfugios empleados por las autoridades para no investigar los crímenes en relación con la labor periodística de las víctimas es que dicha labor no suponía su principal medio de vida. Y, en efecto, estas personas no viven del periodismo; mueren por él.
Sin embargo, no es fácil suscitar el interés de los antropólogos por un oficio al que tradicionalmente hemos visto con desdén, tildándolo de superficial o, peor aún, de ética y políticamente impuro. Cualquiera podría preguntar si nuestra profesión no ha estado incluso más inmersa en turbias zonas de poder, y si siempre hemos sido capaces de teorizar adecuadamente nuestro contexto histórico de privilegio: el objeto de estudio original de nuestra disciplina fue un mundo estructurado de forma sistemática por la expansión colonial occidental.
Incluso los intentos de integrar la antropología en la práctica periodística, en apariencia auspiciosos, resultan en realidad condescendientes e incluso descaradamente utilitarios. La colaboración “anthro-journo” que proponen algunas autoras se limita a invitar a los antropólogos a acercarse a periodistas en busca de contactos y espacios para la divulgación y reforzar, así, la relevancia de la disciplina mediante la colocación de su trabajo “en el ojo público”; a cambio, los antropólogos beneficiarán el trabajo de los comunicadores con más detalle, profundidad analítica y reflexividad, remediando sus supuestas dificultades para “encontrar historias emergentes”, “ganar confianza” con diversas fuentes y llevar a cabo entrevistas significativas (algo para lo que se recomienda la introducción de cursos de antropología en los programas académicos para la formación de periodistas).[iv] Aquellos que recetan mayor humildad, argumentando que son los antropólogos quienes deberían aprender de los periodistas, mantienen el objetivo de volverse ellos mismos creadores de medios. El énfasis continúa puesto en la figura del “periodista antropológico” –practicante de una suerte de antropología pública buscada por ciertas variantes del compromiso en la academia–, y en las piezas de opinión y los reportajes del reputado periodismo de investigación. Sigue pendiente la contribución que pueda hacer la antropología a la comprensión del periodismo, la organización social del trabajo con las noticias y la recepción de éstas en el ámbito de las disputas domésticas de poder y las rutinas de las audiencias.
Muestra de una incomodidad profundamente arraigada en el corazón de la antropología, la renuencia de sus practicantes a elegir al periodismo como objeto de estudio delata el temor a que se vuelvan demasiado obvias nuestras semejanzas con quienes trabajan en los medios de noticias. Los periodistas constituyen una más de esas “tribus vecinas” de las que hemos procurado distanciarnos, anhelando que “nuestro producto sea diferente al de ellos”:[v] espías, misioneros, guías turísticos, consultores expatriados, emprendedores transnacionales de negocios e, históricamente, colonizadores no muy distintos del Kurtz de El Corazón de las tinieblas (“¡el horror!”), con los que muchos Conrads antropológicos han tenido roces y peligrosas relaciones en campo.
No se trata sólo de hacer trabajo con sujetos en movimiento, conduciendo investigaciones in situ y a distancia en áreas interconectadas translocalmente (un desafío común a los antropólogos y los corresponsales extranjeros). De forma más general, aunque con diferentes objetivos, constreñimientos y marcos temporales, tanto etnógrafos como periodistas nos dedicamos a recabar información sobre la gente y a construir narrativas sobre lo que aprendemos para un público determinado, lo cual depende a menudo de técnicas compartidas de obtención de evidencias. Existen también reportajes y testimonios periodísticos que se leen como relatos etnográficos que, incluso, sirven a los antropólogos para refrescar sus ideas acerca de importantes dilemas ético-metodológicos, como el libro Los muertos y el periodista (2021) de Oscar Martínez, jefe de redacción del periódico digital salvadoreño El Faro (cuya edición de julio de 2025 hubo de ser enteramente producida desde el exilio ante la persecución de la dictadura de Bukele).
Es tiempo de convocar a un diálogo con, al menos, las pocas personas que estudiamos al periodismo desde la antropología en México. A veces se investiga un mismo tema u objeto por separado, sin saber qué está haciendo la otra parte. La dispersión de los estudios sobre periodismo digital inhibe el debate sobre sus alcances como alternativa a los medios sujetos a constreñimientos financieros, políticos y criminales. Los valiosos trabajos sobre medios no convencionales, quizás demasiado enfocados en sus innovaciones y rutinas informativas, financiamiento y uso de tecnologías, pueden complementarse con investigaciones antropológicas sobre las condiciones de trabajo de sus practicantes, incluyendo experiencias asociadas con su inseguridad existencial, financiera y social.
La etnografía, con su componente clave de “estar ahí”, puede ser especialmente relevante en lugares donde los medios de información tradicionales han sido acallados e ignoraríamos, por tanto, lo que ocurre en ellos de no ser por la información que circula a través de canales no convencionales y figuras que no siempre se adaptan a la definición del periodista profesional. Pero la antropología no es etnografía. Aparte de su amplio alcance geográfico (al extender la agenda de investigación más allá de las grandes ciudades y agencias de noticias), su empleo de teorías alternativas para entender la complejidad sociocultural puede llevarse bien con quienes, en el campo de los estudios sobre periodismo, piensan que los artefactos y prácticas mediáticas son una parte de los mundos sociales analizados.
*Profesor-investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana
[i] Hernández Ramírez, M. E., y Rodelo, F. V. (2010). Dilemas del periodismo mexicano en la cobertura de “la guerra contra el narcotráfico”: ¿Periodismo de guerra o de nota roja? En Z. Rodríguez Morales (coord.), Entretejidos Comunicacionales. Aproximaciones a objetos y campos de la comunicación. Guadalajara: Universidad de Guadalajara, pp. 193-228.
[ii] De León, S. (2019). Estrategias etnográficas para aproximarse al periodismo contemporáneo: propuesta y desafíos. Anuario de Investigación CONEICC 1 (26): 43-56.
[iii] Wahl-Jorgensen, K. (2010). News Production, Ethnography, and Power: On the Challenges of Newsroom-Centricity. En E. Bird (ed.), The Anthropology of News and Journalism: Global Perspectives. Bloomington: Indiana University Press, pp. 21-34.
[iv] Kennedy, E. (2024, 12 de noviembre). The Timing is Right for Anthro-Journo. Anthropology News: https://www.anthropology-news.org/articles/the-timing-is-right-for-anthro-journo/#citation.
[v] Hannerz, U. (2004). Foreign news: Exploring the world of foreign correspondents. Chicago: University of Chicago Press.
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