ALMA ATA o la importancia de la memoria.

Por: Alonso Leal Güemes

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ALMA ATA[1], el nombre de la novela de Juan Vicente Pérez que corresponde a la antigua capital de la República Soviética de Kazajistán, de inmediato nos recuerda el nombre de León Troski, porque éste cumplió allí la primera fase de su destierro cuando empezó la persecución de Stalin y, que según nos enteramos en la posterior lectura, hoy ha sido cambiado por el de Almaty. El título ALMA ATA resulta entonces naturalmente pertinente para citar la siguiente reflexión de Silvina Jensen:“Siempre que se habla de memoria se habla de un pasado vivo, de un pasado resignificado por el presente. Porque esta novela resulta un perfecto ejemplo de la importancia de la memoria en nuestras vidas. Al mismo tiempo que durante el desarrollo de la historia esta designación adquiere un significado poético. Tal como lo dice uno de los personajes: «Alma Ata…en español suena a poesía… A Ginés se lo dije en una carta: “tenemos nuestras almas atadas…”»[2]

Pues bien, si la novela que nos ocupa resulta un ejemplo destacado de la afirmación citada y podemos proceder a su reseña asociándola al tema inagotable del recuerdo, cabe entonces preguntarse: ¿Por qué darle un nuevo significado al pasado en el presente por medio de la memoria? E incluso si de esta manera queremos hacerlo ¿Cómo se puede lograr dicha resignificación?

Empecemos por las razones que explican el por qué de este énfasis en la memoria. En primer lugar, están las razones personales. Éstas advierten que el pasado ignorado condena a su repetición. Así, cultivar la memoria y encontrar la debida dimensión de las vivencias, permite eludir la trampa señalada en el famoso título del libro del psicoanalista mexicano Santiago Ramírez: Infancia es destino[3]. Justamente, el propósito último del pscioanálisis aspira a prevenir la repetición inconciente de lo vivido por medio de un ejercicio de rememoración y análisis. Después están las justificaciones sociales. Para éstas resulta más que pertinente repetir el dictum del filósofo español-estadounidense George Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”[4]1. Pero también es indispensable reiterar la famosa frase de Marx que da comienzo a su libro 18 de brumario de Luis Bonaparte y establece: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.”[5] De forma tal que si queremos evitar la repetición de la farsa más vale no olvidar el pasado. Y teniéndolo presente es necesario analizarlo para aprender las lecciones que éste nos enseña.

Ahora bien, entendiendo el por qué pensemos entonces en el cómo. Sin duda, una herramienta privilegiada para esta resignificación es, en general, la ficción. Así como se afirma habitualmente que una imagen vale más que mil palabras, bien podemos decir que una novela vale más que mil artículos académicos. Una novela que cumpla con todas las de la ley, por supuesto, escrita por un profesional. Que sea entretenida, ágil, conmovedora, atrayente e incluso por momentos desgarradora, terrible. Que no caiga en el melodrama ni se solace en el lugar común. Qué despliegue el reto de resolver el misterio de una buena novela policiaca. Como lo es, en todas sus facetas, el caso de ALMA ATA. En ésta, la pregunta central que apresura la trama y la curiosidad del lector es: ¿Cómo se explica la misteriosa desaparición de Ginés Santaolalla, el abuelo de la protagonista Ángela? El nombre de Ginés nos ofrece además un guiño. Nos recuerda al inigualable Ginés de Pasamonte cervantino, personaje que además de ser un galeote estaba orgulloso de sus muchas fechorías. No olvidemos, por supuesto, que el autor del texto que nos ocupa es egresado de la carrera de Filología Inglesa así que tiene muy a la mano a sus clásicos, empezando por el padre intelectual de la novela inglesa desde el siglo XVII, que es nada más y nada menos que El Quijote.

Bajo el pretexto de seguir la indagación que Ángela sostiene respecto a la desaparición de su abuelo, unos veinte años antes de la historia que ella protagoniza, la novela presenta en una línea narrativa paralela, la historia de Ginés Santaolalla en la España franquista a partir de la terminación de la guerra civil. Y esta historia no deja de ser doblemente estremecedora y terrible. Porque sabemos por boca del propio autor, que muchas de las anécdotas sobre las que se basa esta historia, no son mera invención, sino que fueron vividas en realidad por seres de carne y hueso. Con frecuencia, suele ocurrir que cuando lo acontecido o lo experimentado por un conocido, por alguien relativamente cercano, resulta extraordinario, tendemos a pensar casi en automático que es un tema digno de novela. Pero lograr hacerlo, es decir, transformar la realidad para que sea materia perfecta de ficción requiere el oficio del verdadero escritor porque es un reto con frecuencia insuperable para la mayoría de los aficionados. En el caso de ALMA ATA, esta conversión se logra con creces y así, por ejemplo, leyendo los capítulos brutales que describen a la perfección la realidad de España en esos años posteriores al término de la guerra, quedamos conmovidos y estremecidos con una gran economía de medios, sin que el autor incurra ni el melodrama ni el lloriqueo, sino siendo tremendamente escueto con las descripciones elegidas. Bastan dos muestras de episodios medulares en la historia.

“Esa misma noche, cuando se disponía a sacar un billete de tren para Madrid en la estación, dos individuos se abalanzaron sobre él al advertir que sacaba la cartera del bolsillo, y no solamente le robaron el dinero, sino que lo empujaron, le hicieron caer en el suelo y le cayó una lluvia de patadas y puñetazos. Malherido en medio del vestíbulo de la estación, doblado sobre sí mismo como un ovillo, ningún transeúnte se acercó a socorrerlo o interesarse por su estado. Cuando consiguió incorporarse, aturdido, se palpó el cuerpo, miró a su alrededor y se dio cuenta de que no sólo se habían llevado su dinero, sino también un pequeño petate en el que guardaba algunas pertenencias que había podido adquirir —una muda, calcetines, tabaco— y su bien más preciado: el salvoconducto que le habían proporcionado en el penal y que era su pasaporte a la libertad. Eso le dolió más que los golpes recibidos.”[6]

“Cuando llegó a casa, después de casi una hora, se encontró la estancia que hacía las veces de comedor, cocina y sala de estar, completamente revuelta: platos y vasos rotos, sillas por el suelo, la mesa partida en dos. Desde el único dormitorio de la vivienda oyó los llantos de sus hijas; descorrió la cortina que separaba la habitación del comedor y se encontró a su mujer acurrucada en un rincón, semidesnuda, con la ropa hecha jirones, y a las dos niñas llorando abrazadas a su madre. A Ana, que entonces tenía seis años, sólo le quedaba un trozo del pijama encima de la piel. Dolores no lloraba.”

—Esto es lo que pasa cuando no estás donde tienes que estar.”[7]

Precisamente, la historia descarnada de Ginés y de su esposa Dolores, en esa España franquista, descubierta y recobrada gradualmente por su nieta Ángela, nos permite entender la tremenda importancia del pasado porque, una vez que conocemos la historia de ese abuelo desaparecido, podemos entender la tristeza, la dureza, la parquedad y el aislamiento emocional de cada uno de los esposos, heredados silenciosa e inconscientemente a sus dos hijas e incluso a sus nietos. Una historia en la cual el protagonista: “Nunca antes había hecho memoria de su paso por el mundo. No había tenido tiempo; desde que tenía consciencia, cada día había sido una lucha por llegar al día siguiente, por atender a los que estaban a su alrededor, por sobrevivir a las adversidades; por buscar un refugio —o una trinchera, como en la guerra—por donde las balas de la vida pasaran sin impactarle o con el menor daño posible.”[8]

Para evitar los actos inconscientes y los prejuicios heredados a los que la infancia nos puede condenar como un destino; para evitar la repetición ciega de las injusticias de la historia o su nueva puesta en escena como una farsa; para evitar esconder en el silencio todo el dolor y el sufrimiento de una generación, es indispensable no transitar por la vida sin haber hecho memoria de nuestro paso y el de nuestros padres y abuelos por el mundo. ALMA ATA demuestra cómo el mantener vivo el pasado y el cosechar los frutos de la memoria nos permite transitar, más “ligeros de equipaje” (como dijera el poeta) hacia el mañana. Nos permite tener conciencia de nuestra propia humanidad y prevenir en el futuro encontrarnos con el retrato que de Ginés Santaolalla hace su nieta:

“Creo que esa imagen define a Ginés: conforme, satisfecho por haber sobrevivido a tantas adversidades, ajeno al ruido y a la furia que lo rodea; impenetrable, enigmático —para todo el mundo excepto un poco, sólo un poco, para mí—. Tan enigmático que para recuperar el recorte que contiene la única noticia de periódico en la que fue protagonista he tenido que viajar hasta Alma Ata.”[9]


[1] Pérez, Juan Vicente (2024) ALMA ATA, Editorial Amarante, Salamanca.

[2] Pérez, Juan Vicente (2024), Op. cit, p. 317.

[3] Ramírez, Santiago (1983), Infancia es destino, Siglo XXI Editores S.A. de C.V., México, D.F.

[4] “Those who cannot remember the past are condemned to repeat it”.  En Santayana G. (1905), The Life of Reason Vol. 1: Reason in Common Sense. London Constable, London 19.

[5] Marx, Karl (2013), 18 de brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels, Madrid, UNL Virtual en Abierto, https://aulavirtual4.unl.edu.ar/pluginfile.php/7094/mod_resource/content/1/18_brumario_de_luis_bonaparte_Karl_Marx_.pdf. Recuperado el 1/VII/2024.

[6] Pérez, Juan Vicente (2024), Op. cit, p. 37.

[7] Pérez, Juan Vicente (2024), Op. cit. p. 236.

[8] Pérez, Juan Vicente (2024), Íbid, p. 329

[9] Pérez, Juan Vicente (2024), Íbid, p. 344

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