A la defensa de los cuentos tradicionales

Por: Sergio Hernánez Roura

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La niñez es una fuente inagotable de horrores. Se trata de una dimensión perteneciente a esa etapa de la vida que ha sabido captar de manera certera el videojuego Little Nightmares (2017). El protagonista es un personaje infantil que se desplaza en medio de la penumbra por pasillos laberínticos, lugares abandonados y destartalados en los que se reconocen camas de orfanato, pupitres y estanterías que remiten a ese mundo, pero, en este caso oscurecido también por el abandono y la violencia en diversas formas, personificadas por seres grotescos e inquietantes de brazos o cuellos alargados, así como de gustos caníbales. Ante esas imágenes y el diseño de los escenarios no sería raro pensar en las peripecias de un Oliver Twist o una Anita la Huerfanita distorsionados, en este caso, en los que prima el mundo del sueño; aspecto que nos lleva a esa dimensión onírica característica de algunos de los mejores cuentos de terror. En este caso estamos inmersos en un relato oscuro que describe la inmensidad, la lejanía e incomprensibilidad del mundo adulto frente a lo pequeño. Sin quitar mérito a su trama y a su espléndido arte es importante señalar que la efectividad de su historia radica en que se basa en los cuentos tradicionales que hicieron las delicias de nuestra infancia y nos dotaron de los primeros miedos.

Al pensar en este tipo de narraciones me vienen a la mente dos características que aprecio mucho, por un lado su manera de cautivar y mantener nuestra atención no obstante que conozcamos de antemano el desenlace; y, por el otro, su capacidad para dar lugar a la maravilla, presentarnos mundos en los que de acuerdo con sus propias reglas cualquier cosa es posible. Un buen relato, sea cual sea su tipo, siempre es como un truco de magia bien ejecutado. Por supuesto, en el caso específico de los cuentos tradicionales habría que añadir su interpelación a nuestro asombro y en la mayor parte de los casos al niño que todos llevamos adentro, aunque muchos de ellos no hayan sido concebidos para ese público en particular.

Uno de los componentes más atractivos de estas historias que se han transmitido de generación en generación es la lucha entre las fuerzas del bien y del mal. Por supuesto, cuando nos enfrentamos por primera vez a ellas durante la infancia siempre estamos del lado de los buenos. Y también gozamos o padecemos, por qué no decirlo, de la cercanía de la obscuridad que habita en ellas. No se trata únicamente de que acompañemos a los personajes cuando se internan en el bosque, lugar de la aventura por excelencia, sino también cuando se enfrentan a la maldad en estado puro. Las brujas, los ogros, y otros seres monstruosos, criaturas que asolan esos mundos, han poblado nuestras pesadillas, pero también nuestros sueños más luminosos. Una historia bien narrada es capaz transportarnos a la cámara de los horrores de Barba Azul oel castillo gélido de la Reina de las Nieves y hacer que imaginemos estos lugares escalofriantes con más detalles que los que transmiten las palabras. También aprovechan nuestra identificación con los héroes para que nos asomemos al destino que les espera a los personajes por medio de los atisbos de un destino terrible, ya sea la posibilidad de ser devorado en Hansel y Gretel, no volver nunca al hogar o sufrir un casamiento arreglado como en el caso de la pobre Almendrita. Tras el momento más oscuro y angustioso se vuelve a iluminar la escena, muchas veces gracias a la feliz conjunción entre la soberbia del mal y la astucia del bien. Llegado ese momento, no deja de haber sucesos espeluznantes, nada más que en esta ocasión han cambiado de dirección. Ahora se trata de un castigo muy merecido. El menú es variado: las zapatillas de hierro candente con los que la bruja de Blancanieves baila hasta morir; que los pájaros le saquen los ojos a las hermanastras de Cenicienta o que la bruja sea consumida por las llamas del horno en Hansel y Gretel, solo por mencionar algunos. Bueno, eso sin contar los momentos de crueldad que salpimentan el recorrido, como las mutilaciones que se infringen las hermanastras de Cenicienta con tal de que les quede la zapatilla en la versión de los hermanos Grimm.

Cierto, es desconcertante y siniestro el viaje, pero no hay que subestimar la inteligencia de los niños ante estos hechos ya que son capaces de entender en el relato una verdad simbólica. Por eso resulta absurda y realmente preocupante la pretensión de alejarlos de contenidos “delicados” o que requieren “discreción” (terrible anglicismo). Los paladines de lo políticamente correcto ven en los sucesos que se narran únicamente la prueba de una brutalidad pretendidamente ajena a sus hogares. Como si evitar referirse a algo, eliminara las cosas feas de su mundo caramelizado. Resulta preocupante que en algunos centros de enseñanza preescolar, para no herir la susceptibilidad de los niños, el lobo de los tres cochinitos no se quema o ya no se come a la abuelita en Caperucita Roja; la ronda de “Jugaremos en el bosque mientras el lobo no está” incluye un espécimen del canis lupus creado artificialmente que los puede perseguir, pero nunca se los come. Ejemplos de que el puritanismo aberrante del insípido vampiro de Crepúsculo creado por Stephanie Meyer ha alcanzado a las obras de la literatura tradicional. Hay cosas a las que realmente hay que tenerle miedo en la sociedad actual y dos de ellas son la caramelización del mundo y el consecuente sometimiento de la imaginación. Un poco de atención les ayudaría a estas personas a darse cuenta de que en nuestras sociedades deambulan monstruosidades de rostros dulces y atractivos mucho más terribles que una mala palabra o a la crudeza de un cuento, a los que no dudan en invitar a sus casas: la desigualdad, el racismo, el control, la destrucción de la naturaleza y la falta de libertad.

Lejos de eso, el acercamiento a los cuentos tradicionales ha permitido que los niños experimenten situaciones sin someterse a un peligro real y también que disfruten con la creación de mundos nuevos y de otras posibilidades. Las deliciosas obras de Basile, Grimm, Perrault, Andersen, Afanásiev o el autor colectivo que creó Las mil y una noches tienen un lugar de primera en nuestros corazones. Además de que nos brindan una resolución que no tiene lugar en la vida real, en la que hay muchísima violencia, en la que el mal triunfa con mayor frecuencia e incluso a veces dice ostentar la llama de la civilización.

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