La atención al embarazo y el parto en las comunidades nahuas de la Sierra de Zongolica en Veracruz, México.

Por: Nelson Álvarez Licona

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La práctica de la partería en México prehispánico era entendida como un trabajo muy prestigiado, Fray Bernardino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de la Nueva España, nos brinda un relato de esta práctica, donde muestra el trato que recibían estas mujeres: “Persona honrada y digna de veneración” (Sahagún, 1999: 374). La importancia de las parteras también fue reconocida en la Nueva España y en un intento de enfrentar los problemas de salud se crea “un esquema de especialistas en medicina, en el cual aparece en primer término el médico; en segundo, el cirujano; en tercero, el sangrador-barbero; en cuarto, el boticario, y finalmente, en quinto la partera” (Quezada, 1989: 15); la vigilancia y supervisión de estas profesiones queda a cargo del Tribunal del Protomedicato, ante el cual se debería presentar un examen que acreditara el conocimiento y por lo tanto avalara el derecho a ejercer este tipo de oficios. Aunque las parteras se contemplaban dentro de los especialistas que deberían registrarse y evaluarse en el protomedicato, esta práctica no estaba controlada y se ejercía con plena libertad en la Nueva España; este tribunal funcionó hasta 1831. La importancia de las parteras también fue reconocida en la Nueva España por la iglesia, quien les dio el encargo de salvar el alma del feto en peligro de muerte. En los siglos XVIII y XIX en México, nos encontramos, por un lado, a la iglesia preocupada por el aborto y la salvación del alma del feto, a la vez que los médicos mantenían una obstinada lucha para quitar de manos de las parteras los alumbramientos (Dávalos, 1996: 196). La medicina científica iba a quitar de las manos de las parteras el alumbramiento de las mujeres, ya que no existía la infraestructura que las pudiera sustituir. Muchas de las mujeres en México no tenían otra alternativa diferente a las parteras empíricas. Condición que aún hoy se mantiene en algunas comunidades indígenas del país, como en el caso de las comunidades nahuas de la Sierra de Zongolica.

En México, el programa de capacitación para parteras empíricas se inicia en 1937, en Torreón Coahuila, y este programa piloto se extiende a todos los Servicios Médicos Ejidales de la SSA, creados en 1934. De 1978 a 1982 se implementa un programa que incorpora a las parteras empíricas al programa de salud rural y extensión de cobertura, capacitándolas en planeación familiar. En 1989 la Secretaría de Salud crea Las Posadas de Nacimiento, donde se acondiciona en las comunidades indígenas más alejadas de las unidades de salud, un lugar con mejores condiciones higiénicas y se les dota del instrumental y equipo necesario para que las parteras puedan realizar su oficio lo mejor posible. El mantenimiento del lugar queda a cargo de las parteras o de la comunidad (Senties, 1991: 340). En la actualidad se ejerce con libertad la partería y no solo eso, sino que las mismas autoridades de salud entienden que en nuestro país son estas mujeres las que atienden los alumbramientos en las comunidades más aisladas, a donde no llegan los servicios de salud de manera efectiva. Existen además otros programas de capacitación como los del IMSS-Bienestar y el programa de capacitación del Instituto Nacional Indigenista. Pero si bien el oficio de la partería cuenta con cierta protección legal, continúa siendo muy estigmatizado e incluso perseguido y hay estado, como en Oaxaca, donde se tiene que realizar en la clandestinidad; a eso hay que agregar la actitud prepotente y desde su perspectiva intolerante de mucho médicos que no alcanzan a observar el aporte de las parteras empíricas que atienen los embarazos y partos en comunicades indígenas, sobre todo las más alejadas de los centros urbano, debiendo de reconocer que son ellas las que están presentes en el momento de atender estos alumbramiento, con base al acompañamiento – atención que realizan en el embarazo.

El prestigio del que gozan las parteras de la Sierra de Zongolica se finca en la labor de seguimiento del embarazo, la atención hacia la parturienta, la familia y el recién nacido el día del parto, y en el importante servicio que han de realizar los 40 días siguientes al alumbramiento. Así vemos que el servicio de las parteras no se restringe a la atención en el momento del parto, es todo el trabajo previo y posterior lo que nos ayuda a entender por qué continúan siendo muy solicitadas. Esto junto con la falta de asistencia médica que hay en estos lugares tan alejados de los centros urbanos.

            Resumo una entrevista que realizamos a Doña Licha, quien es una prestigiada patera de la Sierra de Zongolica, quien nos describe el proceso de parto y donde se puede apreciar la vigencia del pensamiento mágico, donde la adoración a la tierra como madre generadora de lo que existe está presente, pues es lugar de donde parte y a donde regresa la vida. Las parteras asisten con visitas periódicas mensuales a las mujeres que están embarazadas, calculando con ellas el día del alumbramiento. El seguimiento se acompaña de una revisión en la que han de dar un ligero masaje en el vientre de las embarazada, aceitándolo. El masaje que es muy suave y se realiza de la cintura hacia el pubis, servirá para estimular al producto y hacer que se vaya acomodando, a la vez que se le aplica aceite a la piel del vientre para que este no se lastime por la resequedad que va a sufrir en el proceso, nos dice Doña Licha: Bueno decimos nosotros que su matriz vaya acomodando su misma criatura. Para nosotros se tiene que dar el masaje, aunque nos digan los médicos que no. Es para que su piel también se ponga flexible, no se agriete. Es muy difícil que una mujer del campo se le agriete esto, porque como vivimos aceitándola. Y es lo que necesita la piel. Tal vez no le arreglemos nada por dentro, pero la piel de encima si, porque al estar engrasada ya no se le agrieta. En esta Sierra es muy poco frecuente que se realicen cesáreas y el IMSS capacita a las parteras para que dirijan al hospital a las embarazadas a las que se les detecte un parto de riesgo; sin embargo, la mayoría de los partos se realizan en las casas de las mujeres, lo que sucede en una Sierra escarpada con pendientes por lo general de 40º en un suelo arcilloso y muy resbaladizo, y son estas mujeres, parteras, algunas de avanzada edad, quienes asisten en la atención del parto, de ahí el reconocimiento social, prestigio, que estas mujeres tienen en la comunidad.

            El día del parto la mujer es acomodada en cuclillas, en ocasiones ayudada del esposo, si no, se detiene de una cuerda que fijan en el techo de la vivienda. La mujer va a parir, mientras la partera recibe al niño, le corta el cordón umbilical y lo persigna. Después de darlo a otra persona, ayuda nuevamente a la mujer para que arroje la placenta, apretándola con un reboso o una cinta gruesa en el vientre, mientras va arrojando agua caliente para que se dé el segundo parto, como le llaman a expulsar la placenta. Al niño lo envuelven y debe llevar alguna prenda del padre, generalmente con una camisa o parte de esta, nos explica la partera: si no va a tener nada de trapo del papá, el niño va a ser irrespetuoso, no siente la protección paternal, la sombra, ¿cómo va a tener respeto el hijo al padre o el padre al hijo si no tuvieron al momento de la llegada el acercamiento. Para que nazca, tiene que recibirse con el trapo del papá.

            A continuación, prepara la placenta que el padre ha de enterrarse en el horcón de la casa y de esta manera dar continuidad al sostenimiento de la familia: Y la placenta (continúa la partera) también no debe de irse sola, tiene que ir con un pedazo de la camisa del papá, como se va a enterrar, casi por lo regular al pie del horcón de la casa, y se le va a echar palma bendita.

            Hay parteras que desde antes del parto ya han dejado preparando un caldo de gallina para madre y la familia, por lo general ya se tiene apartada la gallina para esa ocasión. El compromiso de la partera termina hasta los 40 días, en que ha de ir a ver a la madre para darle un baño de yerbas y apretarla, sin embargo, si en el transcurso de los 40 días hay algún problema, la partera ha de asistir a la mujer y al niño. A los 40 días, el mismo día que baña y aprieta a la mujer, la partera realiza un Xochitlalli – flores para la tierra (xochi, de xochitl-flor y tlalli-tierra), que es un ritual de fertilidad, en el que se le agradece a la tierra mediante rezos, ante una cruz cubierta de flores y ofreciéndole a la Madre Tierra aguardiente, tabaco, pulque, café y miel de caña fermentada (Alvarez, Ricardo: 2020).

            Así las parteras se convierten en madrinas: Nosotros somos las madrinas y las abuelas. Yo tengo compadres que me dicen comadre, no soy madrina de ellos, nomás por el hecho de haber atendido su parto. Caminar junto a una partera prestigiada por las calles de Zongolica o por los caminos de la Sierra es ver como la gente las saluda les besa la mano y les entrega obsequios, nos decía doña Gerónima, prestigiada partera de esta sierra, me dicen mamá porque yo traje a todos estos al mundo y es que se le acercaban las personas a saludarla.

            Por lo que hace a su salario, este no está establecido; lo mismo pueden recibir el día del parto un kilo de azúcar, 20 pesos, 100 pesos, una gallina o incluso nada. Pero el reconocimiento de la comunidad es claro hacia estas personas, que no solo atienden el parto, sino que además son, por lo general, curanderas de la comunidad. Este trabajo de la partería también se explica por la falta de recursos que les permiten conseguir lo indispensable para la subsistencia. No hay alternativas de empleo en estas comunidades, y aunque sea poco lo que se obtiene, es mejor a no tener nada. También hay que reconocer en estas mujeres el precario ingreso que reciben por sus servicios como médicos tradicionales. El gozar de prestigio les permite conseguir ayudas de los miembros de la misma comunidad, y eso en una emergencia llega a ser muy valioso. En el caso de mujeres que no tienen la necesidad económica para seguir ejerciendo la partería, podemos ver que esta actividad les brinda la posibilidad de aprender nuevas cosas, salir de su comunidad y tener una vida social más activa. Muchas de estas mujeres se van actualizando mediante los cursos que imparten las dependencias del sector salud y otras instituciones como la Secretaría del Trabajo o el Instituto Nacional Indigenista. Lo que les provee de un pequeño ingreso que se les da como beca o, mínimamente, se les apoya con los pasajes y el alimento del día que acuden a algún curso. Aunque, en nuestra experiencia, al capacitar a estas parteras como replicadoras de información básica para el combate a las infecciones de trasmisión sexual, al reconocerlas como sujetos de prestigio en las que basamos la posibilidad de generar cambio de prácticas, resulto realmente triste ver como estas mujeres guardan parte de la comida que se les dio en los cursos de capacitación, para llevarla a sus casas y compartirla con su familia, que nos habla de la situación marginal que siguen padeciendo al estar en condición asimétrica respecto al modelo médico hegemónico.

BIBLIOGRAFIA

Dávalos, Marcela, 1996. “El caso de las parteras”; México: Cuicuilco, Revista de la Escuela Nacional de Antropología e Historia; Nueva Epoca, vol. 2, Número 6, Enero/Abril.

Quezada, Nohemí, 1989. ENFERMEDAD Y MALEFICIO. El curandero en el México colonial; México: UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas.

Sahagún, Bernardino de, 1999. HISTORIA GENERAL DE LAS COSAS DE LA NUEVA ESPAÑA; México: Editorial Porrúa, Décima Edición.

Alvarez, Ricardo et all; Xochitlalli System, an Adoration Ritual to Mother Earth among the Sierra  Zongolica Nahuas in Veracruz, México; Advances in Anthropology, 2020.

Senties, Yolanda, 1991. “Higiene materno-infantil. Adiestramiento de parteras empíricas”; México: Secretaría de Salud, Circulo de Estudios Sobre Salud y Enfermedad en el Medio Rural de México.

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