Cómo escribí algunos de mis sonetos (XIII)

Por: Dan Russek
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Abrigaba esta expectativa.
Todos mis sonetos me agradan, pero unos me agradan más que otros. Están los que denotan destreza, humor o intuición, pero debo decir que guardan un lugar especial en mi estima los que aspiran a calar más hondo o volar más alto. Esperaba (espero) con gustosa anticipación el momento de comentarlos. Pienso en esos que se atreven a coquetear con una visión mística del mundo (en el sentido en que escépticos, descreídos, desengañados, agnósticos y ateos le damos a ese término: véase, para un desarrollo de tal actitud, mis Ejercicios de mística urbana, donde me explayo al respecto). Pienso en los que exponen poéticamente nuestra condición metafísica, y los que redimen la tragedia de esa condición a fuerza de arte y música.
He dicho que espero ese momento, como si no estuviera en mi poder satisfacer esa expectativa ahora mismo. Lo cierto es que lo afronto con no poca aprehensión, incluso con un regusto de temor, por aquello de no estar a la altura del tema. Como si me inquietara quién sabe qué sospecha –o peor, certeza furtiva– de que no acabaré de captar del todo eso profundo o elevado que creo haber creado. Estar-por-debajo, en tanto prueba de humildad, siempre ha sido mi caso, pero aquí se trata de otra cosa: el temer no estar del todo a la altura, de una que lo
amerita.
Mientras llegue ese momento, me limito a comentar lo que hallo a mano, lo que salta a la vista, lo que encuentro en mis pasos y lo que ofrece el día a día. Metidos en desdoblamientos (me dice mi espíritu crítico, por encima del hombro): esos son meros consuelos inmediatos para no enfrentar el reto que plantea dar plena cuenta de las realidades del espíritu… Tal vez. Sea de ello lo que fuere, elijo hoy, entre mis sonetos de ocasión, éste, sobre un objeto peculiar, uno que más de una vez habrán encontrado en sus caminos el conductor citadino y el paseante urbano.
Se trata de los zapatos deportivos que cuelgan de un cable sobre una avenida. Alguien (siempre anónimo, siempre protegido por las prisas del día o las sombras de la noche) se tomó la molestia de descartar sus zapatos viejos amarrándolos con duro nudo y arrojándolos, como si fueran la honda de David o una boleadora de gaucho, hacia arriba, para que queden atorados estratégicamente y cuelguen –capciosos pero insignificantes– encima de una calle cualquiera. Me imagino la habilidad de ese alguien, las varias maniobras del joven, que a primera hora, o a la última, se planta a la mitad de la avenida, lanza las zapatillas a lo alto, y luego de dos o tres intentos viendo el objeto volador en su torpe parábola, logra dejarlo alojado allá arriba, por fin, como un trágico pendiente que aparece al azar sobre las vías de la urbe.
Mi soneto, inédito, se llama “Soneto a los zapatos tenis que, sostenidos por sus agujetas, cuelgan de un cable de electricidad sobre una calle cualquiera”:
Penden hoy, deportivas zapatillas,
de un cable firme sobre la avenida.
¿Adónde las llevaron tantas millas?
¿Qué divisó su marcha decidida?
¿Qué heroicos campos de entrambas orillas
vieron su gol anotar en cumplida
lid, o de qué depravadas pandillas
raudas corrieron en graciosa huida?
Pasados son ya sus mejores días.
Consideren su grave detención
Evoca su colgar cosas sombrías:
el abandono, la atrofia, el rastrojo
bien ostentan su triste situación:
ser nada más que público despojo.
Los zapatos ahí colgados, obsceno objeto de cuerda y plástico, se dejarán interpretar de varias maneras, pero dudo que alguien los vea como un pendiente primoroso que adorna las vías de transporte de la ciudad, o una instalación artística fuera de los circuitos de prestigio del arte contemporáneo, o un mensaje que los descalzados (primos de los desclasados y sobrinos de los descastados) envían a las clases pudientes, con sus zapatos de charol bien lustrados (ellos) y sus zapatos de tacones altos (ellas).
Los tenis colgantes tienen, como lo consigna mi soneto, algo de dramático, de desecho público (la extrapolación con la infinidad de personas que a lo largo de la historia han sido colgadas, con justicia o no, de cadalsos o postes, para no hablar de los suicidas domésticos, no es del todo injustificada).
Olvidemos por un momento el lado escabroso que evoca el acto de colgar. Los zapatos tenis me traen a la memoria mi larga convivencia con ese artículo de calzado (diré, por mor a la verdad, que esa memoria contribuyó a la escritura del soneto). La versatilidad del tenis es extraordinaria: sirve para huir de alguna situación molesta (la proverbial pandilla rival de la colonia) o para perseguir al que escapa de nuestro dominio (el chaval, ladronzuelo precoz, que en un acto de notable prestidigitación, ha metido su tierna manita en el bolsillo de nuestro pantalón, y en un dos por tres, o incluso antes, ha extraído las monedas y el billete que ahí se alojaban). Sirve para competir en las justas atléticas en eventos individuales o cooperar en el esfuerzo colectivo en el futbol, voleibol o baloncesto. Pienso en todo lo que mis tenis de niño, y joven, y joven adulto, podrían contar, desde las caminatas por la ciudad con amigos hasta la gloria de los goles anotados en el patio escolar. ¿Quién no tiene una historia de gloria secreta que compartir?
Ahora que he mencionado a los descalzados, habría que ponderar el factor socioeconómico que trae aparejado este tipo de zapato. Como todo artículo de consumo en la edad del capitalismo desatado, hay toda una gama de tenis que van de lo muy barato a lo muy caro, austeros, de medio pelo, de marcas fifí, de vestir informal y de corte especializado. En Machuca, película chilena del 2004 dirigida por Andrés Wood, la tajante división de clases se
deja ver en una escena en la que los niños protagonistas –Gonzalo el burgués, Pedro el lumpen- proletario—confrontan su estatus social. En una visita que hace Pedro a la casa de Gonzalo, éste le muestra sus tenis Adidas, artículo que en Latinoamérica en los años setenta, cuando sucede la acción del filme, sólo los hogares de dinero podían pagar. Pedro se los prueba con una mezcla de gozo, fascinación y estupor, tal vez entendiendo que, dada su situación en la vida, nunca tendrá los medios para adquirir tal producto.
Y es así que los tenis provocan toda una gama de emociones: desde la alegría inconmensurable del niño de siete años que recibe un par de simples tenis que su padre, de regreso de la ciudad al pueblito perdido allá en la serranía, le ha traído de regalo, hasta la ambición desalmada del torvo adolescente que mataría (matará) por hacerse de unos exorbitantes tenis de marca en un gueto cualquiera de las afueras de Los Angeles o Filadelfia.
Leo que los primeros tenis provienen de Inglaterra, y su invención se remonta a la tercera década del siglo XIX, donde las primeras zapatillas de lienzo y suela de hule se usaron para caminar en la playa. Quién hubiera previsto entonces verlos colgando, inermes, de un cable, sobre una calle cualquiera.




