Texto sobre César Moro

Por: Emilio Adolfo Westphalen
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El siguiente escrito es parte sustancial del texto de presentación del catálogo de la muestra retrospectiva de César Moro realizada en Lima -del 2 al 11 de Julio de 1990- en la Galería “L’imaginaire” de la Alianza Francesa de Miraflores (Lima. Perú).
La compartimos como una antesala al libro de Ensayos sobre Arte de Emilio Adolfo Westphalen que pronto podrán conseguir en la Editorial Bonilla:
“A contraluz marino: El Arte la pintura los pintores.”
Moro está plenamente consciente de los riesgos y asechanzas que amenazan todo acto de creación. Reconocía también los requisitos obligados en quien se propone emplear lápices o pinceles con finalidades artísticas: no sólo ser experto en el oficio y conocer lo obtenible con los recursos los instrumentos los materiales los trucos y las tretas de usanza vieja o novísima (la equivalencia del dominio del lenguaje en el escritor) – sino saber (ante todo) cómo utilizar los ojos – haberse dado cuenta que la visión igualmente puede (y debe) ser objetivo de formación y perfeccionamiento. Siempre insistió Moro en la ceguera que comprobaba a diario en la mayoría de la gente – incapaces de reconocer las maravillas de la realidad – de los colores – de las formas cuya indiferencia es total frente a las cualidades misteriosas (pero visibles para quien sabe ver) que confieren atracción o embeleso a personas – a disposiciones de objetos o seres – a efectos de luz y sombra – a impresiones de profundidad o de relieve. La riqueza del mundo puede ser inagotable para quien tiene “ojos para ver” (condición pardójicamente indispensable para inventar otros mundos – para perderse (o hallarse) en las regiones ilimitables de la imaginación más desatada pues ¿cómo ver lo posible y lo imposible si no se les distingue de lo “real” simplemente?).
En una época se pretendió descalificar la obra de los (mal) llamados impresionistas y de sus descendientes – tildándola de simple reflejo de retina. En verdad fue imprescindible un largo y difícil aprendizaje para pintar (para “ver”) como lo hiciera un Monet o posteriormente (o casi contemporáneamente) un Bonnard o un Matisse. Apelo aquí al testimonio del propio Monet sobre su experiencia como aprendiz de pintor: “Jongkind* quiso que le mostrara mis bocetos – me invitó a que trabajara con él – me explicó cómo y porqué pintaba como lo hacía y -completando la enseñanza que yo había recibido de Boudin – fue a partir de entonces mi maestro. Es a él a quien debo la educación definitiva de mi ojo”. Es decir – sólo cuando logró una visión “elaborada” – “superada” (son estos adjetivos de Moro) estuvo Monet en condiciones de acercarse a una realidad y a una belleza inéditas y proponérnoslas.
No sé cuál sería el proceso de aprendizaje seguido por Moro. Sospecho que su práctica fue en gran medida la del autodidacta (al menos al tiempo de su iniciación en Lima -según será perceptible a quien examine sus trabajos primeros). Una observación suya en un escrito tardío (1950) hace presumir que en París pudo aprovechar del sostén y la ayuda de pintores amigos – “que apreciaron su esfuerzo – colaboraron con él y lo aprovecharon al mismo tiempo – estableciéndose así un cabal sistema circulatorio”.
Dicen Laurence Breysse-Chanet e Ina Salazar:
“Pocos son los autores que como Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001) contribuyeron en el siglo XX a vivificar y darle un sentido pleno al término «cultura», y a recordarnos obstinadamente hasta qué punto es necesario oxígeno para el hombre y ello desde diferentes frentes, aunque la palabra no sea la adecuada para alguien tan poco afín a las demostraciones de fuerza o de aparato. Poeta, ensayista, animador cultural, fue una de las figuras mayores de las letras y de la cultura peruana contemporáneas. Su obra poética, como la de César Vallejo, José María Eguren o Martín Adán, constituye piedra angular de la lírica peruana moderna y a él le debemos dos de las revistas latinoamericanas de artes y letras más rigurosas y dinámicas del siglo XX, Las Moradas (1947-1949) y Amaru (1962-1971). Su acción y su obra marcaron de manera profunda al medio artístico e intelectual, permitiendo enriquecer el imaginario nacional y afirmar el vigor de la poesía hispanoamericana, desde la provocación o la conciencia crítica, desde una apertura al mundo y a la modernidad estética cuya otra cara fue el reconocimiento de los propios tesoros ignorados y soterrados.”
– (Iberic@l Revue d’études ibériques et ibéro-américaines. N°3, printemps 2013 – Dossier monographique « Las ardientes pisadas », Paris- Sorbonne, CRIMIC, 169p)
* Johan Barthold Jongkind (1819-1891) Pintor holandés predecesor del impresionismo.




