¿Cómo trinarán los pájaros en Marte?

Por: Irene González
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Dos niños juegan a las escondidas entre los escombros de una fábrica que explotó treinta años atrás. Se llaman Raúl y Arturo. Viven en el cascarón de un proyecto inmobiliario abandonado, comen lo que todavía se deja pescar del mar y se enferman del estómago más de diez veces al año.
Ese día, los humanos inauguran oficialmente su primera colonia en Marte. Los adultos se han reunido en torno al único televisor de la cuadra. Aplauden, entusiasmados, cuando la pantalla transmite imágenes de una pequeña ciudad montada dentro de un domo transparente. Los más viejos evocan memorias de globos de nieve apiñados en repisas empolvadas, recuerditos de visitas turísticas cuando todavía quedaban maravillas por visitar.
— Jamás pensé estar vivo para ver esto.
— Es el progreso, mi estimado.
A los más pequeños el progreso les trae con menos cuidado. Raúl se harta de esperar a que Arturo lo encuentre y le avienta piedritas cerca para llamar la atención del despistado. Cuando finalmente da con él, sale corriendo y se escurre en algún otro lado. Hasta que encuentra un pájaro muerto.
— ¿Qué crees que le pasó?
Raúl lo levanta sujetándole por las patas. De las tiesas alas se desprenden plumas, tierra y gusanos. Arturo se acomoda los lentes de fondo de botella estrellados y examina a la criatura más cerca. Saben lo que es un ave, pero son pocos los ejemplares con los que se han topado.
— Mi papá dice que los pájaros nomás viven unos meses y que es normal que se mueran rápido.
Raúl agita la cabeza y sacude el animalucho.
— ¡No es cierto! El abuelo Tato me dijo que cuando él estaba chiquito, había tantísimos pájaros que hasta podías tenerlos de mascota.
— ¿Cómo de mascota? Serás tonto, Raúl, si se van volando.
- Es que los amarraban en jaulas. Así no se les iban para ningún lado.
Arturo se echa atrás y observa fijamente a Raúl, buscando discernir si le está soltando mentiras. Su amigo tiene gusto por las historias exageradas y él no se cree que los pájaros pudieran ser mascotas nunca.
— ¡Lo juro! Me lo ha contado muchas veces. La abuela de mi abuelo Tato tenía en su casa una jaula llena de periquitos.
— ¡Pajaritos! — corrige Arturo, entre risas.
— ¡Periquitos, te digo! Así se llamaban. Eran así como un tipo de pájaros pero verdes y chiquitos. Bueno, eso me dijo a mí el Tato.
Raúl tira por fin el pájaro al piso y se cruza de brazos a la defensiva. Arturo echa la cabeza hacia atrás, mirando el cielo con los ojos entornados tras sus cristales rotos.
— ¿Crees que haya pájaros en Marte?
El otro niño mira hacia arriba también, hacia el punto exacto donde imagina que se encuentra el planeta rojo y la colonia humana, el domo transparente y el oxígeno artificial. Se habían llevado perros allá arriba, eso dijeron en las noticias. Algunos señores ricos que se mudaban para siempre se iban con todo y sus mascotas. También había vacas, cerdos, conejos y otros animales que utilizaban para hacerse la comida. ¿Por qué no habría pájaros entonces?
— Seguro que sí — contesta Raúl, moviendo la barbilla de arriba abajo —. Seguro que los astronautas se llevaron a los periquitos.
— Ya me dio hambre.
— A mí también. Vamos a ver si quedan frijoles del otro día.




