De villanos y villanías: aforismos para tiempos como los nuestros

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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El villano quiere ser el centro de atención de su época, el que diga la última palabra, el que dé el golpe final.

Hay villanos que perduran en su exagerada leyenda negra, que sobresalen en sus figuras públicas. Pero también hay villanos que prefieren pasar inadvertidos: criaturas que saben tirar la piedra y esconder la mano entre los intersticios de la historia.

Gustamos de unir al villano con enfermedades mentales. Decimos que la locura preside sus actos. Pero la historia nos enseña que ese tipo de villanos es minoría: en general, el villano es un tipo razonable, lúcido, metódico. Un administrador eficaz de sus propias tropelías.

Al principio, a los villanos se les maldecía. Ahora se les reza. Presiden templos y altares. Son mediadores entre la tierra ensangrentada y el cielo donde el gran Padrino rige a sus anchas.

Para ciertos villanos, sus villanías son obras de caridad, actos de fe.

En los tiempos actuales, el villano se publicita a sí mismo, se toma la selfie con sus víctimas, cuenta con un podcast para sus crímenes.

Para muchos villanos, el deber y la obediencia los exime de todo castigo, los vuelve puros de espíritu.

A los villanos la vanidad les gana: pagan para que hagan series de su trayectoria criminal, para que hagan montajes de sus hazañas en la televisión.

El villano es empresario del pánico: sabe destilarlo hasta volverlo producto de consumo, droga de moda.

Para un villano no hay vínculos sagrados. Para él o ella, sus cómplices son enemigos potenciales. Socios a sacrificar para sentirse seguros de su lugar en el mundo.

Al final, cuando está acorralado, hasta el peor verdugo pregunta a quién debe traicionar para salir de la cárcel, para escapar con vida.

En muchas ocasiones el villano es sólo un pretexto para mantener el control social. Cada vez que en las fábulas el niño grita que ya viene el lobo está imponiendo un mecanismo de seguridad pública a su comunidad, está haciendo que los leñadores tomen el poder.

Al villano le encanta mentir. Pero necesita lacayos que difundan sus mentiras, periodistas que divulguen sus falsedades. Lo que el villano pide es el aplauso por sus fechorías, es la repetición de sus infundios como diversión, como entretenimiento.

Los villanos han hecho del mundo un matadero, es decir, una exterminio sin limitaciones, un aniquilamiento orgullosamente publicitado.

En estos tiempos de Fake News, el villano es un bot. Un repetidor de engaños, exageraciones, campañas de odio. Alguien que miente por costumbre. Alguien que engaña para mantenerse como discurso público, como oferta de la semana.

Como nos enseñara Agatha Christie, en el sitio menos esperado salta el villano.

¿Han notado que contamos con decenas de nombres para los villanos? Podemos llamarlos forajidos, hampones, bandoleros, pillos, sicarios, salteadores, malhechores, asaltantes, delincuentes, bandidos, transgresores, terroristas, atracadores. Pero hay otros villanos que reciben nombres honestos: banqueros, inversionistas, conquistadores, políticos, líderes, empresarios, sacerdotes. Los villanos abundan en nuestra sociedad y gustan de disfrazarse de personas honorables, de individuos sin tacha. De los villanos hay que decir que el nombre de muchos de ellos lo portan ciudades, calles, plazas, edificios públicos, templos, corporativos, empresas de clase mundial. En cambio, de sus víctimas, pocas salen del anonimato, pocas se les recuerda con una calle, con una avenida, con un memorial.

La villanía perdura porque corrompe a fondo, porque compra el silencio de sus víctimas, porque sus actos quedan lejos del escrutinio público.

En tiempos de redes sociales, los villanos acusan a otros villanos de las villanías que ellos mismos cometen. Como dijo un político villano, no se trata de ser honesto sino sólo de parecerlo.

El héroe es un personaje irreductible. El villano, en cambio, es dúctil, todo lo negocia. Es un comerciante en activo.

El villano aparenta ser un hombre decente, decoroso, que no rompe ni un plato. Por eso cuando se le descubre el chanchullo todo mundo dice que no lo puede creer, que parecía tan buena persona, tan afable. Se olvida que aparentar ser una persona bien portada es el mejor disfraz de un villano.

La mejor definición de villano: personaje que hace de un cuento de hadas un relato de terror.

Los villanos del siglo XIX usaban capa y antifaz. Los del siglo pasado utilizaban la radio para arengar a sus tropas o disfrutaban el olor a Napalm por las mañanas. Los de este siglo te repiten una y otra vez: ¿Verdad que te caigo bien?

Ante los villanos se escondían para realizar sus maldades. Hoy lo hacen a la luz del día, orgullosos de sus actos, felices de tener un público que atestigüe sus delirios de grandeza.

Villanos etéreos, elusivos, que se expresan en un monólogo interminable. Si logras mirarlos de frente resulta que tienen tu rostro, que hablan como tú.

Hay veces que una novela atrae no por sus héroes sino por sus villanos. O por el héroe que deviene en un monstruo más allá de lo humano, como ocurre en la saga de Dune de Frank Herbert: la historia de un mesías que advierte sobre el dios que está por llegar, sobre el monstruoso gusano de arena que está por nacer. El villano como desastre apetecido, como deliciosa calamidad, como evangelio del desastre por venir.

Hay villanos que convencen, que persuaden, que conmueven, que conmocionan. Ser villano no es dejar de ser humano: es serlo hasta las últimas consecuencias. No las suyas sino las del prójimo que les cree a pie juntillas.

Los villanos de Emilio Salgari no son los piratas ni los bucaneros ni los indios. Son las grandes compañías europeas que explotan las riquezas del mundo y llevan el dolor de la esclavitud a pueblos de otros continentes. El villano al que se enfrenta Sandokan es el imperialismo con todos sus estragos, es el colonialismo con todos sus expolios. Su escudo de armas es la codicia como compañía comercial, como monopolio.

Villanos son, para muchos, los que no piensan como ellos, los que no creen en lo que ellos creen.

En el espejo del mundo, por más que nos consideremos caballeros andantes, héroes en potencia, para otros somos los villanos, los malos, los odiosos, los impertinentes.

Al villano ni se le ocurre pedir perdón. Es demasiado soberbio para dudar de sí mismo.

Excepto por el bigote, Hitler es un espléndido villano. Pero las apariencias engañan. Sobran los villanos que tienen una pinta de gente bondadosa, de personas benévolas. Como los burócratas que pueblan las obras de Franz Kafka: tan atildados, tan precisos, tan escrupulosos. Los que parecen tan inofensivos porque no hacen nada que no haríamos nosotros.

El villano no pide permiso para serlo. Solo más tarde se saca de la manga, como un truco barato, sus excusas.

Hay villanos que se regodean en las sombras, como los asesinos en serie. Hay otros que apetecen los reflectores, el espectáculo, el fasto ceremonial, como los representantes de los imperios.

Como público, somos los proxenetas de la villanía: nos regodeamos en el odio como simple diversión, ejercemos la violencia sin más limitaciones que el aburrimiento.

Un villano sólo tiene una misión a llevar a cabo: destruir su entorno, hacer odiosa la convivencia humana, convertir lo que otros levantaron con tanto esfuerzo en cascajo, ruina, fosa común.

Como padre bondadoso, como salvador de la patria, como servidor de Dios, el villano te vende el fin del mundo como una panacea, el apocalipsis como una fiesta corporativa, la masacre como un espectáculo previamente pagado.

La violencia se ejerce hasta que se transforma en lugar común, en norma establecida. La sociedad deja de verla como una anomalía y se adapta a ella, se vuelve ciega a sus acciones, se acostumbra al tiroteo diario, a la sangre en el pavimento. Lo que al principio era una conmoción ya no es más que algo habitual. A ese comportamiento comunitario apuestan los villanos. Para que un día ya no los vean como una amenaza exterior sino como una identidad colectiva, como un mal necesario. Como parte del paisaje en que se vive y se trabaja.

Al villano ahora se le elogia. Es ejemplo a seguir, modelo a emular.

El villano da sabor al caldo del relato, es el condimento ideal para contar historias.

Sin los villanos, ¿quién leería una novela, vería una película, seguiría una serie? Lean la Biblia. ¿Qué valor tendría tal libro sin Luzbel, sin los no justos habitantes de Sodoma y Gomorra, o sin ese extraordinario traidor de Judas Iscariote?

Antes los villanos eran figuras patriarcales, luego fueron adultos obsesivos. Hoy son niños caprichudos, aficionados al noble deporte de hacer trizas la vida de los demás.

Shakespeare siempre supo que, en términos dramáticos, un villano vale cien veces más que un caballero andante, mil veces más que un puro de espíritu.

La villanía condescendiente. Como esos que pretenden sacar de su locura a don Quijote. Como esos que prefieren la crueldad en vez de la fantasía.

En los tiempos de la Guerra Fría y la guerra contra el terror, la represión era ejercida en las lejanías, donde los ciudadanos no supieran de su existencia: en Siberia, en Villa Grimaldi, en Guantánamo, por ejemplo. Hoy en día, la represión se localiza en sitios que todos pueden ver y temer: en campos deportivos, en guarderías, en centros comerciales, en almacenes rentados. Aquí la villanía pavonea su impunidad, muestra cuán poco le importa la opinión de la gente.

A los villanos dejamos de despreciarlos y ahora los admiramos por su crueldad, los imitamos en su prepotencia. Son moda a seguir. Caprichos del mercado.  Influencers que sólo quieren obtener más seguidores, más caritas felices.

El nazismo nos enseñó una dura lección: tan villano es el que mata en los campos de exterminio como el que diseña las cámaras de gas, el que cataloga las posesiones de las víctimas, el que nunca supo lo que ardía en los hornos cercanos a su aldea. El ciego por propia conveniencia.

El traidor se piensa un héroe que ha hecho lo debido por pura abnegación, una criatura que ha cambiado desinteresadamente el rumbo de la historia.

Los villanos de Juan Rulfo son efigies petrificadas, hacendados pendencieros. Ahogan la vida con su sola presencia, provocan murmuraciones a su paso. Su poder es fantasmal: aun después de muertos causan estremecimientos comunales, miedos atávicos.

El villano cultiva la ambigüedad para no ser blanco de la justicia, para no tener que dar cuenta al mundo de sus actos.

Los villanos, habitualmente, caen en dos categorías: los lobos solitarios, los que van por la libre; y los que andan en manada, los que cazan en jauría. Los primeros se ocultan tras la fachada de una vida ordinaria y hacen de sus atropellos juegos personales, mientras que los segundos bien pueden ser mandatarios de una nación, líderes empresariales, generales con ejército en activo.

Para muchos, la villanía con clase no es villanía: es arte.

En el siglo XXI hemos aprendido que los peores verdugos, los más crueles, los más desvergonzados, nunca aprendieron la lección de cuando fueron víctimas: nunca hagas lo que a ti te hicieron. Nunca te conviertas en tu propio abismo.

Nos hemos acostumbrado a pensar en los villanos como personas, pero los que más estragos han causado son organizaciones armadas: la inquisición española, el Ku Klux Klan, la Gestapo, la KGB, la CIA, Al Queda, las FDI. Ejércitos oficiales o clandestinos que sirven al poder en turno para la limpieza étnica, las cruzadas religiosas o los intereses políticos y económicos. Dicen ser grupos de defensa, pero no perdonan a nadie. Su norma de trabajo es el exterminio del adversario, su aniquilamiento en masa.

Villanía es destino. Eso dicen los oráculos antiguos. Si no lo crees, pregúntale a Edipo.

Para entender a los villanos hay que hablar de sus víctimas, hay que darles nombre, hay que hacerlas visibles. Son ellas, las víctimas, las que deben importarnos más, las que deben merecer nuestra atención.

Para algunos villanos, su interés mayor es borrar sus escenas del crimen. Para otros, es darlas a conocer, presumirlas.

La maldad se ha infantilizado. Ahora los malvados actúan como niños berrinchudos, se sueltan llorando si no se les hace caso, patalean si no consiguen sus demandas.

El antídoto más efectivo ante un villano es el humor. Chaplin lo sabía: hacer de sus ambiciones pelotas de playa, de sus exabruptos, comedia. Ridiculizarlo sin excusas ni pretextos.

Bertolt Brecht decía que al malo le cuesta mucho mostrarse como malo todo el tiempo, que era un esfuerzo que demandaba excesiva energía. Lo curioso es que ahora pasa algo parecido con ser bueno: se requiere de una apasionada intensidad para defender a las víctimas, para parar los abusos, para detener la marejada de lo injusto. Es una labor necesaria, sí, pero cuántas congojas trae consigo, cuántas aflicciones.

Desde la historia, el villano es una persona con poder descomunal, un tirano, un dictador, un mesías que quiere imponer su voluntad al mundo. Pero cuando el villano resulta ser una mujer, vemos que su poder es más sesgado: el de la corte imperial, el de la alcoba del emperador. Su mandato es desde las sombras, detrás del trono, en susurros. Macbeth no sería Macbeth sin su esposa. O sin las brujas que le indican el camino de sangre, la traición a seguir. Ellas son, simplemente, el pretexto para que Macbeth haga lo que ya pensaba de todas formas hacer.

El villano es un emprendedor nato: aspira a mejorar su posición en el mundo a cualquier precio. A diferencia de los demás, toma atajos para conseguirlo. O mejor dicho: toma a tajos lo que cree le corresponde, lo que siente suyo por pura codicia.

Nos acostumbramos a los villanos como lo hacemos con un diente malo o con una llanta ponchada. Tal vez porque creemos que el villano es un elemento del destino, una fuerza entrópica, un accidente inevitable.

En realidad, el villano, en su fuero interno, se considera inocente, un producto de sus circunstancias, un hijo de su sociedad y de su tiempo.

La urbe donde prevalece el anonimato es el campo de juegos del villano, su hogar, su casa de trabajo.

Si se le escarba, todo villano tiene cuentas pendientes con el mundo, rencillas por cobrar, enconos por resolver.

El mejor villano, el más artero, el más insidioso, es el que nos devuelve la mirada desde el espejo, el que sonríe a nuestro pesar.

De villanos está hecha la novela. De villanos está hecha la vida.

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