¿Cuál es la mejor ciudad del mundo? La tiranía de los indicadores

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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Cada año algún organismo internacional, una revista de negocios, una consultora global o un think tank publica un nuevo ranking que responde una pregunta en apariencia sencilla y directa: ¿cuál es la mejor ciudad del mundo? Algunas clasificaciones evalúan la calidad de vida, otras la competitividad, la sostenibilidad, la innovación, la seguridad o la felicidad. Ciudades como Viena, Copenhague, Melbourne, Zúrich o Singapur suelen ocupar posiciones destacadas. Las ciudades mejor posicionadas celebran los resultados, los gobiernos locales los utilizan para promover su gestión y los medios los reproducen sin mayor inspección como si se tratara, sin lugar a duda, de mediciones objetivas y fueran irrefutables.
La fascinación por estas clasificaciones refleja en parte una tendencia más amplia de nuestro tiempo que es la necesidad de medirlo todo. No basta con afirmar que una ciudad es habitable, resiliente, inteligente, sostenible o incluyente; es necesario demostrarlo mediante indicadores, índices y puntuaciones. Por otra parte, la proliferación de rankings urbanos refleja que la vida urbana parece haberse convertido en una competencia permanente en la que las ciudades deben buscar mejores posiciones en una infinidad de tablas comparativas.
De tal forma que la expansión de estos instrumentos no es casual. Los indicadores cumplen funciones importantes. Por una parte, permiten ordenar información compleja, identificar problemas, establecer metas y realizar comparaciones. Gracias a ellos es posible conocer niveles de contaminación, acceso a servicios, tiempos de traslado o disponibilidad de espacios públicos. Sin algún tipo de medición, la toma de decisiones sería mucho más difícil.
El problema aparece cuando olvidamos que los indicadores son herramientas que orientan decisiones y comenzamos a tratarlos como si fueran la realidad misma. Todo ranking implica decisiones sobre qué aspectos incluir, cuáles excluir, y cómo medirlos y ponderarlos. Una ciudad puede obtener excelentes resultados en movilidad y sostenibilidad ambiental, pero enfrentar graves problemas de acceso a la vivienda. Otra puede destacar por su dinamismo económico y, al mismo tiempo, experimentar altos niveles de desigualdad. Dependiendo de las variables seleccionadas, ambas podrían aparecer como ejemplos de éxito.
En consecuencia, la pregunta sobre cuál es la mejor ciudad del mundo resulta mucho más compleja de lo que sugieren los rankings. ¿La mejor para quién? ¿Para una persona jubilada o para una familia joven? ¿Para un estudiante, un migrante o un trabajador de bajos ingresos? ¿Para quién busca oportunidades económicas o para quién prioriza la tranquilidad y el acceso a la naturaleza o a los espacios públicos? Las ciudades son espacios heterogéneos donde distintos grupos experimentan realidades profundamente diferentes.
En este sentido, detrás de cada ranking de las mejores ciudades del mundo se esconde una trampa ideológica; la transformación de la ciudad en un commodity. Con frecuencia, cuando las consultoras globales puntúan la habitabilidad de una urbe, no están midiendo el bienestar de la comunidad que lo habita, sino la eficiencia de un producto de consumo. La tiranía de los indicadores radica en su capacidad para convencernos de que el éxito urbano consiste en complacer a un algoritmo abstracto, forzando mutaciones perversas en las que la ciudad deja de diseñarse como un lugar habitable para gestionarse como una franquicia.
Al concebirse como un producto, la ciudad prioriza la predictibilidad sobre su identidad. El indicador premia que un inversor de Nueva York, un turista de París o un nómada digital se sientan exactamente igual de cómodos en sus calles que en las de su lugar de origen. Esto genera un urbanismo cosmético y homogeneizador. El mismo barrio bohemio, los paseos peatonales idénticos, los mismos cafés de especialidad estandarizados y los cascos históricos cuasi-convertidos en parques temáticos vaciados de residentes. Mientras el hogar es inherentemente imperfecto, rugoso y se construye sobre capas de memoria local, el producto exige una estética aséptica, pulida y lista para ser fotografiada y subida a Instagram.
Es una lógica corporativa que altera de raíz el tejido social, preponderando al usuario o cliente por encima del ciudadano. Bajo el imperio de los datos aglutinados en un ranking, el espacio público se privatiza sutilmente; ya no es la sala de estar colectiva donde se permite la fricción, la protesta o el encuentro imprevisto, sino un escenario regulado bajo una estricta lógica de consumo. Las plazas se llenan de terrazas comerciales y se expulsa activamente todo aquello que “afee” la experiencia del cliente o entorpezca el libre flujo del capital, desde el vendedor ambulante hasta el grupo de jóvenes que hace ruido.
Una de las consecuencias más graves de esta tiranía puede ser la distorsión de la política local. Obsesionados con escalar puestos en los índices de El Economista o Time Out, las autoridades locales se orientan a gobernar para el algoritmo de las consultoras extranjeras en lugar de para sus propios vecinos. Se vuelve más rentable para el marketing urbano financiar un espectacular museo diseñado por un arquitecto estrella que reparar la red de agua de la periferia o blindar el acceso a la vivienda social. El indicador empuja a crear ciudades de aparador donde todo funciona en el papel, pero donde la población local sufre la vida cotidiana. Los rankings nos están vendiendo maquetas perfectas a cambio de expulsar, precisamente, la vida que las hacía deseables en primer lugar.
Cuando determinadas métricas se convierten en referentes internacionales, los gobiernos se ven tentados a orientar sus políticas e intervenciones hacia aquello que es medible y visible en los rankings. Lo que no puede cuantificarse fácilmente tiende a recibir menor atención. Aspectos como el sentido de pertenencia, la vida comunitaria, la identidad cultural, la calidad de las relaciones sociales o la capacidad de los habitantes para apropiarse de los espacios urbanos suelen quedar fuera de las mediciones, a pesar de ser elementos centrales de la experiencia urbana.
Incluso cuando los indicadores intentan ponerse una máscara ética, la tiranía persiste. Los rankings de competitividad (como el Global Cities Index) miden el éxito urbano bajo la lógica del tablero de Monopolio; gana la ciudad que acumula más rascacielos corporativos y capitales extranjeros, aunque mutile la vida comunitaria a su paso. Y cuando miramos los rankings de sustentabilidad (como el índice Arcadis), nos topamos con maquetas ecológicas perfectas, aire purísimo y ciclovías idílicas que funcionan de maravilla, siempre y cuando puedas permitirte pagar los precios de exclusión de ciudades como Estocolmo o Copenhague. La sostenibilidad ambiental sin justicia social no es urbanismo, es un artículo de lujo.
La paradoja es que nunca habíamos contado con tantos datos sobre las ciudades y, sin embargo, seguimos enfrentando enormes dificultades para comprenderlas y solucionar sus problemas. Los indicadores ofrecen información valiosa, pero no sustituyen la interpretación ni el juicio crítico. Una ciudad no es únicamente un conjunto de variables agregadas ni una posición en una clasificación internacional. Es también un espacio de encuentros, conflictos, aspiraciones y formas de vida que difícilmente pueden resumirse en una cifra.
Por ello, la próxima vez que encontremos un titular anunciando cuál es la mejor ciudad del mundo, quizá convenga formular una pregunta distinta. No tanto cómo quedó clasificada nuestra ciudad en determinado ranking, sino qué aspectos de la vida urbana quedaron fuera de la medición. Después de todo, algunas de las características que hacen que una ciudad sea verdaderamente habitable son precisamente aquellas que los indicadores tienen más dificultades para capturar.
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México



